¿Quién quiere libros electrónicos?

The Economist en La Nación
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21 de octubre de 2000  

LONDRES (The Economist)

El 14 de marzo, Stephen King publicó un libro en Internet, antes que en forma impresa. Lo hizo a título experimental. Con 66 páginas, Riding the Bullet ("Cabalgando la bala") no alcanza la longitud estándar de una novela. En veinticuatro horas la "bajaron" unos 400.000 usuarios, pese a que, en su mayoría, tuvieron que bajar también el programa de lectura. Reventaron los servidores. Jack Romanos, presidente de Simon & Schuster, editores de King, declaró a The New York Times : "No creo que alguien haya podido prever cuánta gente estaba dispuesta a aceptar la palabra escrita sin el soporte del papel". Pareció marcar el advenimiento de la era de la novela electrónica.

Dada la facilidad con que se envían textos por Internet, cabía esperar que las editoriales sintieran el impacto aun antes que la industria musical y mucho antes que la cinematográfica. Si bien es cierto que las enciclopedias en varios tomos han sido barridas del mapa y los textos están pasando rápidamente al medio electrónico, las formas de venta tradicionales de la palabra impresa apenas si han sido alteradas. De ahí el sobresalto provocado por el libro de King. Se diría que los consumidores querían ir por un camino que la industria era reacia a señalar.

¿Fue realmente así? La novela de King era de acceso gratuito: nada había, pues, que desalentara la curiosidad natural de los cibernautas. Dentro de la industria, se rumorea que el 75 por ciento de los que bajaron el libro no lo leyeron. "Yo soy dos de ellos", dice Youngsuk Chi, máximo ejecutivo operativo del Ingram Book Group y, posiblemente, el hombre de la industria editorial más conectado a la Red. La bajó en su casa y en su oficina para probar los equipos, pero no la leyó. El género terrorífico no le gusta.

Una de las razones por las que las editoriales aún no distribuyen libros por Internet es que resulta mucho más complicado de lo que parecería. Por empezar, la mayoría de ellas no han computadorizado sus listas de títulos de poca venta. En cuanto a las listas en curso, probablemente estén en uso 2000 formatos distintos de almacenamiento electrónico de libros, por cuanto cada editorial utiliza su propia combinación de programas internos y en lotes.

Será imposible poner orden en este caos si la industria no llega antes a un consenso sobre formatos de almacenamiento y distribución electrónicos. Las grandes editoriales del mundo ya han entablado conversaciones al respecto, pero, no estando sometidas a las presiones que sufre la industria musical, estas cosas les pueden llevar mucho tiempo. Una vez convenidos los formatos, tendrán que invertir dinero en computadorizar, almacenar y transmitir sus listas. Sólo podrán hacerlo las más grandes. Ingram y unos pocos competidores vislumbran un mercado: comprarán los sistemas y trabajarán para las editoriales.

Con todo, el problema mayor es que a la gente no le gusta mucho leer en la pantalla. La industria electrónica para usuarios ya produce dispositivos para vencer esa resistencia. Hasta ahora, las minipantallas portátiles Rocket eBook y SoftBook Reader han despertado poco interés. La PocketPC de Microsoft, lanzada en abril, ofrece el programa Microsoft Reader, que facilita la lectura de libros electrónicos. Se vende bien, pero todavía no está claro si la gente lee muchos libros en ella.

Resta un problema, parecido al del huevo y la gallina, que afecta varios sectores de la industria de los entretenimientos electrónicos: el público no comprará los facilitadores de lectura mientras no haya muchos títulos disponibles.

Piratería innecesaria

Y, una vez más, el problema de la piratería frena a los editores. Pese a su transmisión gratuita, el libro de King fue pirateado de inmediato sólo para alardear. La piratería plantea un dilema a las editoriales. Por un lado, no quieren ser explotadas por comerciantes piratas. Por el otro, un sistema de seguridad que impidiese al usuario enviar extractos de libros a sus amigos se opondría a la intuitiva convicción de cualquier escritor sobre la importancia de las ideas compartidas. Y aun desde una óptica más materialista, prestar libros siempre ha sido una de las herramientas de venta más eficaces.

No obstante, los libros empiezan a salir on line aunque, por ahora, en su mayoría sean obras marginales, difíciles de clasificar. Algunos creen que esta Navidad podrían abrirse camino en el mercado. Sin embargo, cuesta comprender por qué alguien va a estar dispuesto a gastar cientos de dólares en un programa de lectura habiendo tan pocos libros electrónicos disponibles, especialmente cuando en el mercado ya compite otra tecnología portátil, de arquitectura abierta e interfaz accesible, distribuida por canales establecidos a un costo relativamente bajo: el libro impreso.

© La Nación

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