Recorridos de un naturalista inquieto

El autor de El origen de las especies gozó de seis semanas en Punta del Este en 1832 y visitó desde Río de Janeiro hasta la Patagonia y Puente del Inca
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9 de diciembre de 2001  

No accedió a folletos promocionales ni agencia de viajes alguna. A la buena de Dios, el 27 de diciembre de 1831, Charles Robert Darwin se echó a andar por el mundo durante cinco años que pasó embarcado o a lomo de caballo. No pudo imaginar que ocho décadas más tarde comenzarían, a todo vapor, travesías oceánicas con cierto confort, tan útiles para satisfacer la curiosidad viajera. Tampoco existía el turismo aventura, un juego de niños comparado con lo que fue aquel viaje.

Su privilegio fue vivir en un siglo hecho a medida para el coraje y lo romántico. Darwin no hubiera desdeñado lo que un siglo más tarde conformó la aviación comercial, algo que ayudó a desatar la redituable industria sin chimeneas, pero puesto en el túnel de tiempo preferiría el regreso.

No era un turista convencional. Entre otras cosas, porque se embarcó el mismo año en que comenzaron las primeras experimentaciones fotográficas, aún temprano para que surgieran los armatostes iniciales fabricados como cámaras de retratos posados. De manera que partió desde el puerto de Devonport en la Beagle –el buque con diez cañones de la marina real inglesa al mando del capitán Fitz Roy– con acopio de papel y un buen atado de carbonillas: era más habitual dominar el arte del dibujo. Tras remontar la planchada con sólo 23 años y su bagaje, pasó a ser un agregado científico a la tripulación. El joven entendió que la navegación no descartaba grandes peligros y tempestades como las que obligaron a Fitz Roy a posponer tres veces la partida y protegerse en puerto. Pero también sabía que se trataba de un viaje científico que intentaba completar estudios sobre la Patagonia y Tierra del Fuego, las costas de Chile y del Perú, ínsulas del Pacífico y a la vez alzar cronometrías alrededor del mundo.

Trepó por la ventana

Más allá de ser naturalista, resultó un buen cronista. En el encuadre deportivo lo precedió a George Chawhort Musters, que cruzó la Patagonia tres décadas después y resultó también pionero en hazañas parecidas que se leen en su libro Vida entre los patagones . Así como Darwin fue el primero en trepar al tope de la Sierra de la Ventana bonaerense y alcanzó varias modestas cúspides chilenas para observar el panorama, Musters hizo cumbre en el Pan de Azúcar, donde plantó una bandera inglesa que permaneció allí por años. Darwin remontó el río Santa Cruz y consumó larguísimas cabalgatas; cruzó la provincia de Buenos Aires y bordeó el último tramo del Paraná, mientras que Musters fue pescador con sedales de percas patagónicas y hasta patinó sobre hielo en congeladas lagunillas de la isla Pavón.

Es algo frecuente que los turistas de hoy, autoproclamados como muy "viajados", tropiecen con una placa que diga "Aquí estuvo el naturalista Charles Darwin", como sucede en algunas islas del Pacífico y hasta en el cabo de Sudáfrica. Y aunque semejantes hitos no se avistan en los destinos de nuestro turismo regional, bien vale repasar breves testimonios descriptos por el naturalista.

No pudo, por ejemplo, sustraerse a la placidez de Punta del Este, donde pasó diez semanas y lo consideró el lugar más barato de los que conoció cuando allí sólo estaba el viejo pueblo de Maldonado. Lo describió como "una pequeña ciudad en abandono, pero muy tranquila" y con una gran plaza de tenderos y artesanos. Estaba separada de las aguas por "una línea de colinas de arena" del ancho de una milla, confín de una región con ausencia total de árboles. De allí el valor de la forestación de tiempos modernos que embelleció la comarca y acotó los médanos, costa que hoy conocemos sin los "setos de cactos" que, entonces, a falta de alambrado, protegían a pequeñas huertas y unos pocos trigales.

La "baratura de todas las cosas de este país" la midió por contratar a dos hombres con tropilla de doce caballos por dos pesos por día. La incursión que emprendió con ellos demostró que sólo la seguridad no era ideal: "Mis compañeros iban armados de sables y pistolas, precaución que yo consideré bastante inútil. Sin embargo –precisó Darwin– en la víspera había sido asesinado un viajero que venía de Montevideo. Se había hallado su cadáver en la carretera, junto a una cruz elevada en recuerdo de un asesinato parecido".

Boca de fuego

Darwin encendía fósforos con los dientes y maravilló también a esos esteños deslumbrados por su brújula. A su vez se sometió al encanto de una pulpería de gauchos con bucles que caían a la espalda no tan lejos de la empuñadura del facón cruzado a la altura de los riñones, y hasta donde reverberaba el áspero rastrilleo de las grandes espuelas.

Del Río de Janeiro primitivo e imperial, estampó la belleza del panorama avistado desde su cottage en la bahía de Botafogo y al pie del Corcovado, peñón burilado como pocos y que desafiaba –y desafía– a las nubes bajas. De Colonia del Sacramento dijo que la "iglesia es una ruina curiosa" ya que transformada en polvorín fue alcanzada por un rayo que la destruyó en dos tercios (hoy, todavía en ese estado, es conocida como Ruinas de San Francisco). También describió su paseo a la estancia junto al río San Juan, hoy puerto predilecto de los tripulantes de veleros rioplatenses. Pastaban tres mil vacunos y abundaban yeguarizos y carneros, además de una frondosa arboleda y otra extensa plantación de durazneros. La estancia se vendía a más de 10 mil pesos, pero tras muchas transmisiones la compró Aarón de Anchorena después que aterrizó en sus cercanías tras el primer cruce en globo del Río de la Plata –el 25 de diciembre de 1907– y finalmente donó para residencia veraniega de los presidentes uruguayos, su destino actual.

Darwin conoció el valle de las Vacas, extensa estancia uruguaya que, aunque no lo menciona, perteneció a los jesuitas y fue cuna de los tres primeros hermanos del libertador José de San Martín. Siguió hasta Punta Gorda, actual curiosidad turística próxima a Nueva Palmira. Siguió hasta Mercedes oriental, donde halló a un militar huido de la mazorca imperante en Buenos Aires.

A Mendoza entró por Chile, estuvo dos días en "esa choza aislada que lleva el nombre rimbombante de Villavicencio" y vivaqueó en Puente del Inca (ya para el 4 de abril de 1835). Pero, entonces, Darwin no resultaba generoso con los adjetivos, quizá porque durante un descanso y de regreso a Valparaíso donde aguardaba anclado el Beagle, le robaron una mula y la campanilla de la madrina.

Mucho antes de ese episodio había pasado por la Patagonia y remontado el río Santa Cruz con botes llevados a la sirga –desde el 13 de abril de 1834– anotó aquello de que "la esterilidad se extiende como una verdadera maldición sobre todo el país", que así en la traducción de Hubert parece diferente del "tierra maldita" que en otra interpretación condenó a este viajero y autor por años y generó polémicas. Claro que el 4 de mayo, cuando el capitán Fitz Roy, a la vista del formidable cordón cordillerano –que pretendían cruzar– decidió el regreso al Atlántico, quedó a disposición de la toponimia que, finalmente, terminó dándole el nombre del capitán a la mole que los aborígenes llamaban Chaltén.

Pasarían más de veinte años para que Darwin (1809-1882) preparara su aún más polémica teoría de la selección natural y publicara El origen de las especies . Sobrevivió lo suficiente para completar medulares estudios y para blanquear su abundante barba.

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