Recrear la Argentina

Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
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22 de diciembre de 2001  

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Desde la lejanía, la Argentina parece un magma de carbones enloquecidos que dan vueltas y vueltas en busca de una forma que los contenga, como en los tiempos en que el mundo todavía no era mundo. También parece -como le oí decir la semana pasada a una periodista de The New York Times - un cuerpo agonizante cuyos despojos tratan de devorar los mismos buitres que lo enfermaron.

En un país voraz, donde casi todos los que conservan una brizna de poder, por ligera que sea, se niegan a soltarla (parlamentarios, ministros, jueces, gobernadores, empresarios: una miríada de dirigentes insaciables, más preocupados por la eficacia con que darán el próximo zarpazo que por la carne ya desgarrada de la Nación, o lo que queda de ella), a veces es posible preguntarse si la anarquía no habría sido mejor que lo sucedido en los últimos tres años.

La anarquía no es sólo la ausencia de gobierno, como suele decirse para simplificar. Los teóricos de esa idea la formulan de modo más complejo. Para Proudhon, Bakunin, Malatesta o Tolstoi, la anarquía es una filosofía social que rechaza todo gobierno, por autoritario, y confía en que las estructuras institucionales pueden ser reemplazadas ventajosamente por organizaciones basadas sobre contratos sociales voluntarios, como el mutualismo, el colectivismo y los consejos de vecinos. Es una visión ingenua, anticuada y tal vez utópica del entramado social, pero durante los últimos meses me pregunté si esa estructura casi prehistórica de comunidad no habría sido más adecuada para la Argentina que el gobierno rapaz de Carlos Menem y el gobierno de Fernando de la Rúa, primero paralítico y de pronto, inverosímilmente, activo para la represión voraz y para la censura informativa. Menem vació el Estado y malvendió todo lo que se podía vender bien. De la Rúa se había movido en muchas direcciones (salvo las que indican sensibilidad social), pero había quedado siempre parado en el mismo lugar. Finalmente, el ex presidente mancilló algunas de las más sagradas instituciones republicanas: el derecho a la protesta pacífica, el derecho a la crítica veraz, e institucionalizó la crueldad policial.

"¿Se podría decir entonces que cero gobierno habría sido preferible a los últimos dos años de Menem y a los dos de De la Rúa?", le pregunté la semana pasada a un sociólogo eminente, que no me dio permiso para que lo citara. A fin de cuentas, nada ha mejorado, todo lo que estaba mal sigue en pie como si nadie rigiera nada, y los argentinos podrían haberse ahorrado el intolerable esfuerzo de mantener un Estado monstruoso. Ahora, todo está peor.

"En ese postulado falla la idea sobre el Estado -me respondió el sociólogo-. En la Argentina, el Estado no es monstruoso: es fofo, ineficaz, grasoso. No sólo es desmesurado. Tampoco funciona en relación con su tamaño. El resto de la teoría no es tan descabellado -dijo-, porque la anarquía tiene algo en común con el neoliberalismo. Pero cuando se lleva al extremo la idea de ausencia de gobierno sucede lo que está viviendo ahora la Argentina. En un Estado capitalista siempre hay normas, porque las normas son necesarias para la organización de un país; en el neoliberalismo, las normas están dictadas por el mercado, y los gobiernos son apenas un brazo ejecutor, sumiso, y sólo formalmente necesario."

La tragedia argentina es tan honda, tan extrema, que cualquiera de las soluciones que se han invocado en estas largas semanas, desde la dolarización o la devaluación de la moneda nacional hasta los cambios de ministros o de la propia figura presidencial, son experiencias transitorias, meros paños tibios en el abismo. Cuando se lee que Menem asoma en las encuestas como uno de los candidatos para suceder a De la Rúa, se hace difícil creer que los argentinos tengan una memoria tan flaca. ¿Qué podría vender Menem para salvar a la patria si ya lo ha vendido todo, salvo a sí mismo? Ninguno de los protagonistas del pasado inmediato parece adecuado para rescatar a un país que se hunde. Las únicas vías de salida quizás estén en la decisión de los dirigentes medios, los no contaminados, aquellos que trabajaron sin ganar nada y, por lo tanto, ya nada tienen que perder, para refundar la Nación, hacerla de nuevo, desarraigar su ancestral y dañina cultura autoritaria. Sin una Argentina que parta de cero, desprendida de su burocracia parásita, de su aparato judicial enfermo de partidismo y de la obligación de votar listas sábana para el Congreso, no hay esperanza de salir adelante, aunque se pague la deuda que no se puede pagar y aunque se cambie la cara o el color político de los que gobiernan.

Enfermedad autoritaria

Casi todos los argentinos que sobreviven han sido educados en el autoritarismo, y eso no sólo se nota, a veces de manera feroz, en la clase dirigente sino también en el maltrato de todos los que ocupan alguna posición de poder, desde los porteros de los edificios y los empleados de banco hasta los choferes de colectivo, por no hablar de los agentes de policía y los jefes sindicales. Se puede recrear la Nación a partir de estructuras más sanas y más confiables. En los papeles, todo parece fácil. El problema es quién podría llevar a buen puerto una transformación seria, si la enfermedad autoritaria se ha extendido tanto y durante tantas décadas.

El caudillismo y el autoritarismo existen en la Argentina casi desde que la Nación se constituyó como tal, y ésa fue una de las razones por las que José de San Martín se negó a regresar después de su campaña libertadora. Pero los gobernantes letrados de fines del siglo XIX y comienzos del XX, el diálogo de los nativos con las grandes masas migratorias y el orgullo patriótico de las elites, que en aquella época eran serviciales e ilustradas, permitieron que la Argentina creciera y se convirtiera, como escribió Rubén Darío, en "la región del Dorado, el paraíso terrestre".

Por aquella época, Juan Perón, que tenía quince años, fue dejado por sus padres errantes en el Colegio Militar, para que lo educaran. El rígido mundo de jerarquías y obediencias se convirtió para él en la única familia posible. Cuando se embarcó en las conspiraciones de 1930 y 1943, Perón quería que el país se organizara de manera militar, porque no conocía nada mejor. Sus documentos y discursos de ese período hablan todos de la "Nación en armas", disciplinada y sumisa a los mandatos de "la superioridad".

La Argentina se creía europea. Perón le permitió encontrarse, al fin, "con su destino sudamericano". Las semillas del autoritarismo estaban echadas. Perón las hizo germinar, crecer, ocupar todos los espacios, convertirse en una fuerza indestructible. Los caudillos y los abusos de poder son, por supuesto, anteriores a Perón, pero sin él, sin su larga sombra extendida sobre el país durante siete décadas, las instituciones estarían tal vez menos sometidas al arbitrio de pactos de Olivos, castas políticas encallecidas, arbitrariedades judiciales y un darwinismo social que afecta a todos los argentinos decentes.

ƒsa es la Argentina que hay y ésa es la que tiene, ahora, que salir adelante, con el enorme lastre de una deuda contraída por gobiernos irresponsables (algunos de los cuales ni siquiera fueron elegidos por el pueblo) y con el afán de protagonismo de figuras que tal vez hayan resuelto uno u otro problema de coyuntura, pero no el mal atávico de la educación autoritaria. Recrear la Argentina, hacerla de nuevo, parece ahora la única solución. Para lo que no hay respuesta, sin embargo, es con quién, con quiénes. El horizonte se ve tan inhóspito como hace cuatrocientos años, cuando el país era un vacío que ni siquiera tenía nombre.

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