Redescubrir a un artista diferente

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22 de diciembre de 2020  • 00:00

Se escucha la voz profunda de Tom Lupo -esos ecos de la radio- mientras le pregunta por sus orígenes. Aparece la voz algo teatral, intensa, del artista y performer Federico Peralta Ramos que responde y habla de su tatarabuelo, el fundador de la ciudad de Mar del Plata. Y menciona otra ciudad, Mal de plata, concebida por él a principio de los años 80, una ciudad que en realidad "abarca todo el país" por razones inscriptas en su propio nombre.

Justamente así, Mal de plata, se llama el documental realizado por el artista Juan Carlos Capurro que por estos días puede verse en el sitio del Museo Nacional de Bellas Artes (https://www.bellasartes.gob.ar /), y que mañana a las 18 será el eje de una charla virtual de la que participarán Capurro, Andrés Duprat, Luis Felipe Noé y Pedro Roth (se transmitirá por el canal de YouTube del museo).

"Federico encarna como ninguno la capacidad de crear arte en las condiciones más adversas y con pocos recursos materiales", se lee en la página del MNBA. Por eso, explica Capurro, encaró la realización del cortometraje a comienzos de la cuarentena, buceando en archivos audiovisuales y entrevistando -siempre a la distancia- a otros artistas y amigos de Peralta Ramos.

El resultado es una breve inmersión en el espíritu risueño, quizás dadaísta y francamente desenfadado, del artista fallecido en 1993. Es también una suerte de diálogo entre la obra de Peralta Ramos y las acciones del colectivo Estrella del oriente, del que forman parte Capurro y Pedro Roth, uno de los artistas que brinda testimonio en la película. Mal de plata propone, además, un sobrevuelo a la época que enmarcó el estilo y las búsquedas de Peralta Ramos: los años sesenta. Por eso los variados testimonios que asoman en la película se acompañan con imágenes de alguna que otra exposición en el Instituto Di Tella, escenas de los combates callejeros durante el Cordobazo, Jimmy Hendrix y su estridente versión del himno norteamericano, retratos de Peralta Ramos martillo en mano, a punto de destruir Nosotros afuera, descomunal huevo de madera y yeso que exhibió en el Di Tella en 1965.

"Andersen tiene un cuento, el patito feo, que es feo porque es cisne", le comenta Peralta Ramos a Tom Lupo. Y le explica que recién cuando ese personaje deja el "mundo de los patos" y se acerca al de los cisnes puede crecer y descubrir su belleza. Habla y se reconoce en el trayecto de los patitos feos, se sabe -y se nombra- "psicodiferente", "emergente", "el loco de la familia". Anuncia, digno hijo de la década que quiso cambiar la historia, que llegó el tiempo de los patitos feos, que serán ellos ahora los que tendrán una voz para cantar y un cuerpo para avanzar.

"El deseo es función de la libertad": el intertítulo, una frase de Jacques Lacan, aparece en la pantalla y rubrica el discurso del artista. En el material de archivo, Peralta Ramos -voz, cuerpo, gestualidad- entona canciones que son poesía, arte conceptual y café concert. Las canta en escenarios que podrían ser teatrales, en estudios de TV, en el patio de los naranjos del Centro Cultural Recoleta. La intensidad es la misma; el cuerpo, aquello donde el tiempo va dejando sus marcas.

Cruce más bien impensable en la actualidad, en los años noventa la vanguardia expansiva que encarnaba este artista se encontró con el formato televisivo. Dos de los grandes momentos de Mal de plata son los fragmentos del programa donde Tato Bores y Federico Peralta Ramos se lucían en inteligencia, humor, desenfado y sutiles referencias al contexto político.

"Un artista es un sismógrafo", decía Peralta Ramos, que se consideraba a sí mismo un no tan simple "cacho de atmósfera" y que sabía poner en palabras sus propios registros telúricos. Y lanzaba una frase, atinada para leer en lo opaco del presente, en lo opaco de casi todos los tiempos: "Solamente consiguen un oasis aquellos que se bancan el desierto".

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