Remate de palabras empeñadas

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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10 de mayo de 2003  

HAY tres palabras de última moda. Una es ballottage, escrita en francés en todos los medios de comunicación gráfica y pronunciada balotash (o algo parecido) en todos los medios de comunicación audiovisual. Cosa rara, nadie hace uso del término balotaje , que la Real Academia Española incorporó al léxico castellano en 1992, y que la más reciente edición de su Diccionario define así: "En el sistema electoral, segunda vuelta que se realiza entre los dos candidatos más votados cuando nadie ha obtenido la mayoría requerida".

Por misteriosas razones, periodistas y políticos boicotean la aceptada metamorfosis, aun cuando acatan juiciosamente la de tanto otro vocablo también originado en lenguas extranjeras. No hace mucho, un redactor de LA NACION escribió slogan y luego slogans , y casi le dio un soponcio cuando, al día siguiente, leyendo su artículo publicado, comprobó que esas voces inglesas habían sido trocadas por eslogan y eslóganes. El diccionario oficial y un Valium le devolvieron el alma al cuerpo.

La segunda palabra leída y escuchada hasta el hartazgo es búnker, que empleaban los marinos ingleses para designar el depósito de carbón de los buques y que fue popularizada en 1945 para mencionar el último escondrijo de Hitler, en Berlín. La Real Academía le asestó acento gramatical antes de otorgarle pasaporte al castellano, hace once años. Sinónimo de fortín, el sustantivo extiende su definición a toda entidad partidaria "resistente a cualquier cambio político". En tal sentido, la connotación gatopardista del vocablo hace flaco favor a los candidatos presidenciales del 27 de abril, e incluso a los dos finalistas, quienes proclamaron su voluntad de impulsar abundantes cambios políticos. Por lo tanto, llamar búnker a un comando electoral tiene notoria condición peyorativa.

Dimes y diretes

La tercera palabra de moda es escenario, que el español adoptó del latín, y el latín del griego, para denominar el espacio de representación de una obra teatral. Sólo la cuarta acepción del diccionario oficial le concede sentido figurado: así llama al "conjunto de circunstancias que rodean a una persona o a un hecho". Pero la política y el periodismo político acaban de atraparla para significar expresamente eso. Cuanto estropicio o zafarrancho ocurra en el avispero político hace propicia la utilización de la palabra escenario, a la que más valdría, en mérito a la prodigalidad de expresiones equivalentes, darle un merecido descanso.

Parece innegable que los gobernantes y sobre todo los ministros de Economía se apoderan de ciertos términos y los vapulean a destajo, con equívoca intención de disfrazar su prosa. Eso pasa, por ejemplo, con las palabras transición y coyuntura, tan útiles para disculpar impericias y, trascartón, para imponer a la ciudadanía un sacrificio más, el enésimo. Ellos ignoran que la historia de la humanidad es un sucesivo y vertiginoso encadenamiento de transiciones y coyunturas.

Otrora, la palabra empeñada valía tanto como el honor; hoy apenas resulta una superstición de la retórica y se cotiza a bajo precio en el montepío de las ideas. En su frecuente adulteración cabe hallar sospechas de que Babel ha empezado a construirse de nuevo. Una torre virtual, por supuesto.

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