Renegociaciones con trampa

Por Carlos Escudé Para LA NACION
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7 de marzo de 2005  

El exitoso canje de la deuda materializado por el gobierno de Néstor Kirchner, que ahorra ingentes sumas de divisas al país a cambio de una violación de principios vinculados con el derecho de propiedad, obliga a recapacitar sobre algunos episodios de la historia contemporánea argentina. Me refiero específicamente al proceso por el que nuestro país pasó de acreedor a deudor neto, a fines de la década del 40 y principios de la del 50.

A principios de la Segunda Guerra Mundial, las relaciones financieras entre Gran Bretaña y la Argentina se regularon por un modus vivendi negociado en octubre de 1939. Porque se sabía que mientras durara la guerra, los británicos no podrían liquidar en efectivo sus saldos comerciales deficitarios, el acuerdo incluyó una garantía de reserva en oro para los saldos bloqueados que se acumularan en nuestra cuenta en Londres.

Pero el 25 de octubre de 1940 esta garantía fue sustituida por otra, de revaluación en oro. De esta manera, el Banco de Inglaterra adquiría mayor capacidad financiera, ya que su capacidad de endeudamiento no estaría limitada por su capacidad para reservar oro. A la vez, la Argentina se tornaba más vulnerable a la casi necesaria inconvertibilidad de la libra, que sobrevendría cuando llegara el momento de cobrar las sumas adeudadas.

Este fue el primer eslabón de la trampa financiera por la que, literalmente, la Argentina fue estafada en sus acreencias algunos años más tarde. Durante la guerra y la inmediata posguerra nuestros favorables saldos aumentaron vertiginosamente, ya que Gran Bretaña no podía exportar los bienes de capital que el gobierno argentino deseaba adquirir para su plan de industrialización, ni tampoco las cantidades de carbón y textiles que exportaba antes de la guerra.

Para regularizar esta situación, el 17 de septiembre de 1946 se firmó el acuerdo Eady-Miranda, que establecía que los saldos previos permanecerían bloqueados, excepto para la repatriación de deuda pública y de inversiones británicas (como los ferrocarriles). Pero el comercio y los pagos "futuros" habrían de ser libremente convertibles a dólares.

De esta manera, la Argentina podría continuar su tradicional triangulación del comercio, comprando en los Estados Unidos con libras ganadas en Gran Bretaña.

Además, el Reino Unido se comprometía a comprar el saldo exportable de carne de la República Argentina, y a cambio se hacía de una provisión para la formación de una empresa de propiedad conjunta para la explotación de los ferrocarriles.

Este fue el segundo elemento de la trampa en que, en ese entonces, cayó el gobierno argentino. Hacia 1946, los ferrocarriles se habían convertido en una carga para los británicos, ya que no se habían realizado inversiones en ellos desde la gran depresión de 1930, debido, en parte, al temor de sus dueños de que los impuestos que se les cobraban aumentaran fuertemente cuando en 1947 caducara la ley Mitre, que los limitaba.

Yo descubrí intentos británicos de vender los desvencijados ferrocarriles desde 1943, pero existen anteriores, de 1939 y 1940. La nueva condición de la Argentina como país acreedor abría nuevas oportunidades, que estuvieron en la mira británica desde muy temprano, y el proyecto de vender a la Argentina se convirtió en objetivo estratégico secreto a partir de una reunión en el Tesoro británico, del 15 de noviembre de 1945, en la que participaron el Banco de Inglaterra, el Foreign Office y el Consejo de Comercio.

El acuerdo Eady-Miranda montaba el escenario para concretar este anhelo británico, pero la situación financiera del Reino Unido era tan precaria que el 20 de agosto de 1947 se vieron "obligados" a violarlo, suspendiendo unilateralmente la convertibilidad de la libra, lo que en la práctica significaba un default respecto de la deuda con la Argentina.

La deuda británica total, principalmente con los Estados Unidos, era tan pesada que si la cláusula de convertibilidad seguía vigente universalmente, la libra esterlina colapsaría y las fuerzas británicas en Europa tendrían que replegarse. Antes de violar los tratados, los británicos consultaron, por supuesto, con los Estados Unidos, pero con nadie más.

Recibieron el visto bueno norteamericano y nos dejaron en la estacada, un poco como nosotros ahora estafamos con sus acreencias a ahorristas italianos y japoneses. Esto constituyó una negativa ilegal por parte del Reino Unido a pagar sus deudas a países débiles, a no ser que esa deuda se saldara con los bienes o productos que los británicos estuviesen dispuestos a vender. Se aceptaba o se rechazaba, corriendo el riesgo de nunca más ver el dinero, un poco como el canje que ahora les impusimos a tenedores de bonos locales y extranjeros.

Nosotros terminamos comprando los ferrocarriles, "voluntariamente". Los tenedores de bonos terminaron aceptando el canje, también "voluntariamente".

En situaciones de emergencia los países serios hacen estas cosas. Cuando son poderosos se salen con la suya. No son aconsejables para los Estados débiles porque los costos suelen ser mayores que los beneficios. Pero en el caso actual, considerando la abyecta miseria de la mitad de los 40 millones de argentinos, el Gobierno sólo amerita la más entusiasta de las felicitaciones.

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