Réquiem para el menemismo

Por Héctor E. Schamis Para LA NACION
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19 de mayo de 2003  

La renuncia al ballottage termina con los largos años de Carlos Menem, iniciados en 1988. Para bien o para mal, Menem cambió la Argentina. Su década más que larga nos ha marcado a todos y probablemente nos seguirá marcando por un buen tiempo. Es hora de hacer un balance ecuánime. Sólo así podremos extraer las lecciones que nos permitan dirigirnos hacia el futuro que merecemos.

Con su inigualable intuición, Menem pareció estar siempre un paso adelante del resto de los dirigentes; en realidad, frecuentemente estuvo un paso adelante del país entero. Así comenzó a gestarse el menemismo, traición para algunos, magistral lección de realpolitik para otros, permanente fuente de asombro para todos. Sin embargo, cuando Menem comenzó a hacer menemismo comenzó el verdadero problema, que no fueron tanto los objetivos del tiempo de Menem, sino la manera en que se llevaron a la práctica.

Por ejemplo, la modernización de la economía fue necesaria, pero también hubiera sido necesario crear instancias reguladoras fuertes, imprescindibles para sostener en el tiempo una economía de mercado eficiente. La privatización de empresas estatales fue importante, pero hubiera sido igualmente importante que los beneficiarios surgieran de un proceso de adjudicación transparente, no del poder discrecional del amiguismo. La convertibilidad fue exitosa para controlar la inflación, pero debió abandonarse cuando estuvo claro que representaba un obstáculo para el crecimiento a mediano plazo, especialmente cuando las condiciones internacionales cambiaron drásticamente, a partir de 1995. Claro, ello si no hubiera sido que la convertibilidad constituía la piedra angular de la estrategia del menemismo para perpetuarse en el poder.

El realineamiento de nuestra política exterior tuvo aspectos positivos, superando nuestro antiamericanismo de niños rebeldes del pasado. El problema es que en el camino nos constituimos en una nación amorfa en la escena internacional. Nos sumamos al Mercosur, pero flirteamos con el Nafta. Nos acercamos a los Estados Unidos, pero marginamos a muchísimas firmas norteamericanas del proceso de privatización por su negativa a involucrarse en negocios criollos. Fue importante haber hecho explícita nuestra alianza con las democracias occidentales avanzadas, pero hubiera sido esencial basar esa reorientación en una jerarquía normativa compartida con aquellos países. Por ejemplo, la eliminación de las restricciones comerciales y una economía de mercado con equidad social, en vez de basarla en un pragmatismo sin valores.

Fue importante abrir la política a figuras de otros ámbitos, si no fuera que con ello se desjerarquizó la actividad política misma, incrustando el mundo de la frivolidad en el propio aparato del Estado. Era importante lograr celeridad y efectividad en la toma de decisiones, si no fuera que se hizo por medio de la decretomanía del Ejecutivo con el respaldo de una Corte Suprema reorganizada a dedo. Fue necesario el proceso de reforma constitucional, porque el país buscaba actualizarse. El problema es que la nueva Constitución fue tomada sólo como mera formalidad.

En definitiva, el problema del menemismo no fue tan sólo que quisiera quedarse en el poder, sino que quisiera quedarse con todo el poder. Para ello, el país menemista se torno así un país sin independencia del Poder Judicial, sin seguridad jurídica, con democracia política, pero sin Estado de Derecho.

Pero el país menemista fue el país de todos, hay que decirlo. Y por eso durante los años 90, hacer política se redujo a poco más que practicar menemismo. Será tal vez por eso que, en el umbral del nuevo siglo, De la Rúa llegó al gobierno haciendo menemismo. Unicamente así se explica que de modo muy rápido destruyera la coalición que lo llevó a la presidencia, se rodeara de un minúsculo entorno de consejeros sin ninguna representatividad, le diera la espalda a su propio partido y terminara apostando por el mesianismo de Domingo Cavallo.

El resto de la historia es más reciente. Mal o bien, a veces a los tumbos y otras veces con enorme incertidumbre, el barco capitaneado por Eduardo Duhalde está arribando al puerto prometido en las primeras horas del 2 de enero de 2002.

La democracia vuelve a darnos una oportunidad. Los dirigentes que vienen deben escuchar al pueblo, a un pueblo que, golpeado por las crisis, se ha hecho sabio. Los argentinos le han dado otra oportunidad a la política. Ya no piden que se vayan todos. Ahora exigen que se los escuche, que se cumpla con la palabra empeñada y que se honre al soberano, fuente de toda autoridad y legitimidad.

Duhalde parece haber escuchado el mensaje, y se apresta a dar un paso al costado. Que lo haga con grandeza, que no vuelva a la política chica, porque ahora tiene una oportunidad de hacer política a lo grande, de constituirse, salvando las distancias, en un Juan Carlos, el garante de la continuidad democrática.

Menem no escuchó el mensaje y ahora lo está pagando caro. El 24 por ciento de los argentinos le dio otra oportunidad el último 27 de abril. Sin embargo, esa misma noche, el electorado fue telespectador de más de lo mismo: la arrogancia, la frivolidad, la corte del pasado, las vedettes, los peluqueros y los funcionarios de otro tiempo. Fue esa misma noche cuando el pueblo argentino entonó el réquiem para el menemismo y, virtualmente, le entregó la victoria a Néstor Kirchner, paradójicamente sólo horas después de haberle dado a Menem la victoria en la primera vuelta.

Kirchner tiene ahora la obligación de escuchar a la ciudadanía. Que lo haga si quiere ser un presidente exitoso. El mensaje es claro. Los argentinos quieren capitalismo, pero no un capitalismo a lo Menem, en el que monumentales transferencias de riqueza ocurrieron sin mecanismos que permitieran compensar en modo alguno a los grupos sociales, sectores productivos y regiones geográficas desfavorecidos por la apertura. En otras palabras, los argentinos quieren un capitalismo en donde aquellos que la globalización hace más débiles sean protegidos por las instituciones del Estado.

¿La persona adecuada?

Los argentinos también quieren democracia, pero no una democracia a lo Menem, un sistema basado en el poder discrecional del Ejecutivo, a su vez construido sobre un discurso mesiánico. Es decir, los argentinos quieren una democracia con racionalidad en las decisiones políticas y económicas, con instituciones que funcionen para que el ejercicio del poder sea compartido, con estabilidad y con seguridad jurídica.

Se ha especulado sobre si Kirchner es la persona adecuada para llevar adelante la ardua tarea de reconstruir nuestra economía y fortalecer nuestra democracia. Se ha debatido sobre si cuenta con capital político propio para hacerlo o si sus activos son prestados.

Muchos se preguntan si Kirchner será un presidente débil o un presidente fuerte. Hoy por hoy es claro que el capital político es de otro, que no tiene una base de poder propio en el nivel nacional y que, entonces, asomaría como un presidente débil. Sin embargo, si ello es así, si Kirchner es un presidente débil, no hace falta más que mirar la larga década menemista para darse cuenta de que allí mismo, en esa aparente debilidad, Kirchner tiene la principal fuente de su fortaleza.

Si, como dicen algunos, Kirchner llega a la presidencia con debilidad, entonces deberá construir poder de manera colectiva, deberá acordar con otros partidos, deberá darle protagonismo al Congreso, deberá legitimarse por medio de la transparencia, deberá fortalecer las instituciones, deberá anclar su gestión en un poder judicial despolitizado y deberá ejercer su función sobre la base de consensos. Kirchner deberá abstenerse de hacer menemismo. Si lo logra, se convertirá en un presidente fuerte, porque habrá fortalecido al sistema. La democracia nos ha dado otra oportunidad: no la dejemos pasar.

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