¿Respetar a los muertos o bailar sobre sus tumbas?

Martín Rodríguez Yebra
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22 de febrero de 2015  

MADRID

Cómo se habrá visto la marcha por la memoria de Nisman desde la trinchera de alegría que cavó la Presidenta? ¿De verdad sentirá que debe tapar con risas y festejos el luto que entristece a una porción significativa del país que le toca liderar? ¿Cuánto habrá de pánico a las multitudes que la interpelan en su decisión de referirse con un "ellos" despectivo a quienes exigen saber cómo murió el fiscal del caso AMIA? ¿Cuánto de simple repulsión?

¿Creerá en serio que bajo los paraguas se guarecían únicamente opositores oportunistas? ¿O alcanzará a intuir la sensación de orfandad que unía a casi todos los que lloraron por Nisman en Buenos Aires, en el interior o en grupitos testimoniales alrededor del mundo?

¿Quién representa hoy a esos miles de ciudadanos anónimos asqueados con la impunidad, la justicia de amiguetes, la corrupción naturalizada, el presagio inquietante de que las diferencias políticas se resuelven a tiros? ¿Cuántas veces antes -con el kirchnerismo, con la Alianza, con el menemismo- pusieron el cuerpo para pedir casi lo mismo?

¿A quién van a votar? ¿Cuál de los opositores que marcharon con un disimulo algo culposo es capaz de liderar por sí solo esa demanda? ¿Alguno de esos dirigentes se atrevería a ceder sus ansias de poder a cambio del renacer republicano que pregona? ¿Todos asumen sin peros la fe institucional que contraponen al clímax autoritario del Gobierno? ¿También los que -eximidos de la sospecha de ingenuidad política- cargaron durante años las banderas del kirchnerismo? ¿Se flagelará, sin ir más lejos, Julio Piumato, locutor oficial del 18-F, por las veces que juró ser un "incondicional" de Cristina?

¿Puede garantizarse que la rebelión silenciosa del miércoles marca un vuelco definitivo en la Argentina? ¿O habrá un cálculo lógico en el encierro amenazante de la Presidenta, en su obstinación a negar un pésame? ¿Alguien puede descartar un triunfo oficialista en las elecciones presidenciales pese al daño que el caso Nisman y la gestión de la crisis parecen infligirle al Gobierno? ¿Está gastada la receta de la división social?

¿Es imposible, en medio del desconcierto opositor, imaginar un triunfo de Daniel Scioli? ¿No conseguirá el gobernador que incluso muchos de los que se empaparon para pedir justicia lo perciban como "distinto", sin reparar en que estaba pegado a la Presidenta cuando ella advertía que nadie le va a "marcar la cancha"?

¿Conocerán algún día los que protestaron y los que no cómo murió Nisman? ¿Es tan incapaz el Estado de proteger al hombre más amenazado como de resolver un misterio ocurrido dentro de cuatro paredes? ¿Se podrá alcanzar la verdad si el día de la tragedia la escena del crimen estaba poblada de funcionarios de curiosidad adictiva y policías que tomaban mate entre los peritos encargados de recoger pruebas?

¿Cómo pasará a la historia la marcha por Nisman? ¿La recordaremos como un antecedente lejano cuando estalle el enésimo brote de indignación popular? ¿Será el inicio de algo; el momento, por ejemplo, en que la política dejó de cobrarse vidas? ¿O, aunque sólo fuera, el día en que empezamos a respetar a los muertos en lugar de coquetear con la fantasía cruel de bailar sobre su tumba?

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