Restablecer la disciplina en el Colón

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20 de marzo de 2000  

EL mundo de la cultura y el público en general han seguido con gran inquietud el conflicto laboral suscitado por el personal del Teatro Colón. Afortunadamente, las autoridades locales han podido llegar a un principio de acuerdo con los huelguistas, quienes aceptaron reanudar sus actividades.

A pesar de ese desenlace positivo, la crítica situación vivida pone al descubierto la imperiosa necesidad de encarar un profundo e imparcial reordenamiento de todos los procedimientos administrativos y de los regímenes laborales vigentes en nuestro tradicional coliseo lírico, tendiente a posibilitar su más óptimo funcionamiento y, además, a evitar la reiteración de episodios ingratos, como los que se vivieron durante la semana que acaba de concluir.

Ubicado por derecho propio entre los seis o siete teatros líricos más importantes del mundo, el Colón es algo más que un sitio apropiado para exhibir y difundir expresiones culturales de alto nivel. En su interior bulle y palpita un mundo artístico fecundo _auténtica fábrica de producciones líricas_, que cuenta con el insustituible concurso de un sinfín de labores artesanales;por ejemplo, la confección integral de los vestuarios y de las escenografías.

Por ese motivo y porque un teatro de tanta magnitud trabaja siempre contra reloj, es que el Colón no puede estar regido, en mayor o menor medida, por procedimientos burocráticos ni verse obligado a tolerar actitudes indisciplinadas y estados de desgobierno que, en definitiva, implican una desconsideración inaceptable hacia el público.

La paralización de las actividades, que provocó días atrás la suspensión de dos funciones del ballet "La bella durmiente", que debía interpretar el Ballet Estable, tuvo por justificativo la falta de cumplimiento de dos de los puntos del acta_acuerdo suscripta en 1998 por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y los representantes del personal del teatro.

Las demandas planteadas incluyeron la redacción de un nuevo reglamento de trabajo y la realización de los concursos internos destinados a definir la situación del personal contratado, que efectúa tareas similares a las desempeñadas por los integrantes de la planta permanente.

A pesar de que no rehuyeron el diálogo, las autoridades porteñas se mostraron firmes en su determinación de que cesara la medida de fuerza. Al margen de otras advertencias más veladas, un comunicado de la dirección general del Colón le informó al personal que la prolongación del conflicto comprometería la temporada y la continuidad laboral de la institución. Por fin, se logró una solución, diríase de compromiso, que incluyó la confección del cronograma de los concursos solicitados y se consiguió, como contrapartida, el levantamiento del paro. No mucho tiempo después, el personal debió desalojar el inmenso edificio por causa de haberse recibido una amenaza anónima acerca de la colocación de un artefacto explosivo en algún lugar del teatro, episodio que debería ser esclarecido cuanto antes.

El anuncio del principio de solución a que se ha llegado para sortear la crisis proporciona un alivio pasajero, pero no alcanza a disipar las dudas acerca de si se llegará o no, finalmente, a la necesaria reestructuración integral del sistema de trabajo vigente en el teatro, que permita poner fin al clima interno de presiones que ha convertido al Colón en una institución azarosa e inestable, como lo revela el hecho de que en los últimos cuatro años tuvo tres directores generales sucesivos.

Conocedores de los entresijos de la situación de nuestro gran teatro lírico suelen formular observaciones que no deberían ser desatendidas. Señalan, por ejemplo, que el Colón tiene exceso de personal administrativo; que se debe recomponer la carrera de los integrantes de los cuerpos estables _actualmente achatada por el reglamentarismo y la falta de incentivos y evaluaciones periódicas que inciten al perfeccionamiento artístico y técnico_, y, finalmente, que se debería retornar al sistema de pautas presupuestarias previamente determinadas, en lugar de las que rigen actualmente, basadas en una modalidad mixta que toma en cuenta, parcialmente, los ingresos por boleterías.

Por lo demás, es indispensable restaurar la autoridad y la disciplina interna en la institución. Y, sobre todo, redondear la que debería ser una verdadera política de Estado que garantice su normal funcionamiento.

Utilizar la actividad artística como elemento de extorsión para obtener ventajas laborales es atentar contra la eficiencia operativa de una de las más importantes instituciones culturales del país y también contra su buena imagen externa. Recapacitar acerca de los efectos deletéreos de esa clase de conductas sería dar un gran paso adelante en beneficio del Teatro Colón y de su consolidación como uno de los centros artísticos más prestigiosos del mundo.

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