Retenciones: peligrosa aspiración

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17 de mayo de 2003  

Se supone que la nueva administración nacional deberá decidir cambios en el régimen de coparticipación federal de los impuestos e introducirá otras modificaciones en materia fiscal. Ante esa perspectiva ha resurgido la pretensión de algunos gobiernos provinciales de lograr una participación en la recaudación de los impuestos a las exportaciones. Esa aspiración debe ser rechazada de plano, ya que significaría en los hechos el mejor modo de asegurar la perpetuación de ese retrógrado gravamen, reintroducido hace ya más de un año como un recurso puramente transitorio.

Es útil recordar que la tendencia de las administraciones nacionales a apropiarse de una parte del ingreso por exportaciones viene siendo aplicada desde la década del 30 del siglo pasado. Mediante el control de cambios, se establecieron en esos años tipos diferenciales que, con el tiempo, constituyeron grandes exacciones a las exportaciones, las cuales eran, por entonces, casi totalmente de origen agropecuario. Esa tendencia culminó hacia 1946 con la creación del Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), un ente estatal que perduró hasta 1955. Era un organismo que se encargaba del comercio exterior mediante un sistema de compras y ventas a precios de cambio diferenciales, siempre en perjuicio de productores y exportadores y en favor del fisco y de una rampante corrupción.

Poco después, en 1958, en el marco de un programa de estabilización económica, se eliminó el control de cambios y se estableció un mercado único, flotante, en medio de una importante desvalorización del peso. Aparecieron entonces los llamados derecchos de exportación, destinados -como ahora- a aportar recursos al erario y a contener el precio de los productos en el mercado interno. La historia se completa con ciclos de sucesivas alternancias entre la eliminación y el restablecimiento de las retenciones. El período más amplio de supresión de estas gabelas fue el que se extendió de 1991 a 2002, con la excepción de dos productos -cueros y oleaginosas- respecto de los cuales se mantuvo la retención en mínimos porcentajes. El restablecimiento llegó en febrero de 2002.

Las tasas del impuesto varían ahora entre el 5 y el 23 por ciento. Afectan no sólo a productos agrícolas y agroindustriales, como fue norma en el pasado, sino también a productos industriales de base no agraria. Sin perjuicio de ello, las tasas más elevadas corresponden a los granos y sus elaboraciones, que son en la actualidad las exportaciones más dinámicas. Lo más grave del caso es que su recaudación constituye el segundo renglón de importancia en los ingresos fiscales nacionales, pues llega al orden de los 7000 millones de pesos anuales.

El efecto depredador de esta política tributaria sobre el agro -y ahora sobre la totalidad del espectro exportador- se comprende fácilmente. Nuestra economía ha resignado sistemáticamente posiciones en los mercados internacionales, en cuyo contexto se verifican calificaciones declinantes para nuestros índices de competitividad, según la información compilada por los entes internacionales. Esto viene ocurriendo en los últimos 70 años, en consonancia con la consuetudinaria política que describimos antes. La economía se resiente y se acota el bienestar general. Si se procuran ejemplos de políticas similares sólo se los encuentra en un pequeño grupo de naciones que figuran entre las "menos adelantadas" y que se caracterizan por su bajísimo nivel de vida.

La pretensión de las provincias de abrevar en este impuesto debe ser desechada con firmeza. Además, debe proveerse sin demoras una reducción gradual de estos impuestos regresivos hasta su eliminación en un lapso relativamente breve. El efecto causado por su supresión podría compensarse con un decidido combate de la evasión.

Por un breve lapso, la retención máxima no debería exceder el 10%. Hay que recordar aquello de "que no hay nada más permanente que lo transitorio". Mantener las retenciones o permitir que el producto de su recaudación vaya a las provincias equivaldría a transitar el peor derrotero; ése nos condujo a reducir nuestra participación en el comercio mundial, que alguna vez fue del 2% y que hoy llega sólo a la décima parte de ese guarismo.

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