Retratos y autorretratos

Por Antonio M. Battro
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27 de enero de 2002  

En la Tate Gallery de Londres están expuestos los retratos de dos grandes amigos: el de André Derain pintado por Henri Matisse, y el de Matisse pintado por Derain, ambos de 1905. Son dos obras maestras del fauvisme , aquella explosión de color que cambió nuestro mundo visual. Son retratos "complementarios" pintados con trazos y colores diferentes, pero con un mismo espíritu. De alguna manera esos amigos "se retrataban a sí mismos a través del otro". El autorretrato auténtico, en cambio, es un esfuerzo de "pintarse a sí mismo como si fuera un otro". Esta dualidad nos introduce en un profundo misterio humano.

Eso lo vemos con pasmosa claridad en la larga serie de autorretratos de Rembrandt (1606-1669), tal vez la mayor colección existente de óleos, grabados y dibujos que un artista haya dedicado a representarse a sí mismo. Cada imagen es "un otro Rembrandt", joven arrogante, adulto o anciano meditabundo. Más de cien intentos frente al espejo, durante medio siglo de esfuerzos para capturar su identidad, su personalidad, en una mirada, en un gesto, en una tarea. Pero su yo más íntimo se escurría siempre debajo del toque de su pincel mágico.

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Algo semejante sucedía con los impresionistas cuando repetían una y otra vez el mismo paisaje. La catedral de Rouen fue pintada por Claude Monet a todas las horas del día (1892-1894), pero en el momento de poner el pigmento en la tela ya el color había cambiado en las piedras y en las sombras. Sin embargo, el impulso de capturar el instante es imperioso, y cuando surgió la fotografía se pensó que el problema se había resuelto. ¡Grave error! El problema se agudizó aún más, pues el tiempo se deja dividir en intervalos cada vez más cortos; la estroboscopía demostró que se puede retratar una bala en pleno vuelo, inmovilizarla en una fracción de segundo, como hizo Harold E. Edgerton en el MIT en 1959. Hoy los físicos pueden congelar, de alguna forma, los movimientos de los átomos. Pero el tema no se ha agotado.

El hombre ha desarrollado mecanismos para identificar los rostros de los demás y el propio. Puede identificar una cara en menos de 250 milisegundos. Ninguna máquina lo logra, por el momento, con tanta rapidez y precisión. Las neuronas involucradas en el reconocimiento de las caras están en la zona donde se encuentra el lóbulo visual con el lóbulo temporal. Una lesión en este lugar impide reconocer el propio rostro en el espejo y una cara familiar. El apasionante tema del retrato y del autorretrato se ha renovado con un nueva dimensión neuronal. Aprenderemos a mirar de otra manera.

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