Ricardo Piglia: los diarios y el perfil de una vida escrita

Sus cuadernos personales profundizan los alcances de una obra más profusa de lo que siempre se consideró
Pedro B. Rey
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15 de enero de 2017  

En su Antología personal (2014), Ricardo Piglia reunió algunos de sus textos preferidos. También incluyó tres relatos inéditos protagonizados por el comisario Croce, personaje de su novela Blanco nocturno . Tenía la idea de tomarlo como eje de una serie en la que, de manera intuitiva más que deductiva, resolvería pequeños problemas o enigmas que no se limitaban a lo criminal. ¿Pudo avanzar más allá de ese terceto? Todavía se ignora, pero sus lectores bien pueden imaginar el papel que cumplirían los cuentos en potencia. Recordarían para siempre que en Piglia el género policial -que analizó con particular brillantez y puntea de manera oblicua todas sus ficciones- no era tanto una cuestión de tramas perfectas como un temperamento. Todo es, si no policial, al menos detectivesco: la atenta lectura exploratoria de un libro, pero también los pliegues de una vida.

Piglia mismo se dedicó a plantar en la literatura argentina evidencias personales de todo orden. Todavía hoy muchos, incluso sus eventuales detractores, repiten algunas de sus ideas sin advertirlo, como si formaran parte de un inconsciente colectivo nacional (desde la importancia otorgada a Macedonio Fernández hasta la ingeniosa sentencia, dicha al pasar en Respiración artificial , que propone a Borges como mejor escritor argentino del siglo XIX y al polaco Gombrowicz como el mejor escritor argentino del siglo XX). Hasta hace poco ese formidable sigilo crítico llevó a que Piglia fuera considerado un autor de obra escasa (algunos cuentos, un par de novelas influyentes), como si una literatura sólo pudiera medirse según el número de páginas producido y no por la fuerza de su irradiación.

Si es verdad que el perfil de un escritor puede variar con el tiempo, las publicaciones de los últimos años -derivadas de un minucioso trabajo de décadas- seguramente ayudarán a alterar las mezquindades de aquella apreciación. Considerar a Piglia un autor exiguo parece ya un contrasentido.

A novelas como Blanco nocturno y El camino de Ida , se sumaron La forma final , que confirma el singular estatus que le dio al diálogo y la entrevista como género, y Las tres vanguardias , el formidable seminario universitario que le dedicó hace un cuarto de siglo a las muy diversas obras de Juan José Saer, Manuel Puig y Rodolfo Walsh.

Contra todo, es la publicación por entregas de sus diarios -de los que había comenzado a hablar ya en el comienzo de su carrera- lo que parece haber potenciado su obra de manera radical. Los agrupó bajo el título general de Los diarios de Emilio Renzi y por el momento se conocieron dos volúmenes: Los años de formación , que abarca el período que va de 1957 a 1967, y Los años felices , de 1968 a 1975. Resta por publicar uno, Un día en la vida (está anunciado para este año), que ayudará a ampliar todavía más su radio de acción.

En una literatura, la argentina, donde los diaristas se cuentan con los dedos de una mano (está el diario de Pizarnik, conocido mucho después de su muerte, y sólo en fecha reciente Abelardo Castillo empezó a dar a imprenta los suyos), la sola publicación de esos apuntes constituye un acontecimiento. Piglia, sin embargo, no se limitó a la simple reproducción de sus anotaciones. En una vuelta de tuerca, los atribuye al más recurrente de sus personajes, Emilio Renzi (que no casualmente comparte el segundo nombre de Piglia y su apellido materno). Los interviene separando las entradas de cada año con pequeñas escenas donde Renzi reflexiona con algún interlocutor sobre las vueltas de la vida o algún relato propio poco conocido. Incluso selecciona lo escrito hace tiempo y, es de sospechar, cuando es necesario lo ajusta o enriquece si la reflexión sobre un autor (Salinger, por ejemplo) se vio perfeccionada con los años.

Piglia pensó en armar, cuenta en uno de los prólogos, secuencias temáticas con todas esas páginas, aunque terminó por deducir que "se perdería la sensación de caos y confusión que un diario registra, como ningún otro medio escrito, porque al estar ordenado cronológicamente, por la fecha, se ve que una vida, cualquier vida es una desordenada secuencia de pequeños acontecimientos [...]".

Al mismo tiempo, contra lo que parece imponer el género, desconfía de la primera persona confesional. "Una vida -como le dice en esas páginas Renzi al barman de El Cervatillo, uno de los bares que Piglia solía frecuentar- no se divide en capítulos". Tal vez por eso los diarios en su caso representan su educación sentimental como autor, un retrato lateral de diversas épocas, pero también un ejercicio de crítica y, por qué no, un laboratorio de pequeñas ficciones.

Un día de 1970 Piglia anota : "Toda la novela actual tiende a la poesía, ver Cortázar, Néstor Sánchez, Sarduy, Saer. Por mi parte, como Macedonio o Musil, veo en el ensayo el camino de la renovación, es decir, aspiro a la apertura que trae una consistencia de varios estilos que se articulan novelísticamente, aunque no hayan nacido como formas narrativas".

La idea funciona como la exacta descripción de la obra por venir. Los diarios que lo acompañaron desde la adolescencia, heterogéneos y homogéneos a la vez, confirman de manera definitiva que todos sus libros -ya sea La ciudad ausente o El último lector- son parte de un todo, de la misma vida escrita.

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