Romeo y Julieta, en un abismo conocido

Diana Fernández Irusta
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22 de octubre de 2019  

El escándalo, la sensación de velo que se descorre, otra vez el escándalo. Leer a Pierre Bourdieu, hacérselo leer a otros, recrear la fascinación: alguien te muestra el mundo que siempre viste, pero con otra luz. Un foco allí, otro más allá y, ay, resulta que nuestra libertad no era tanta; que las estructuras, y el escurridizo habitus, y las clases sociales, que existen, pero de un modo infinitamente más sutil del que nos habían contado. Eso que va mucho más allá del origen y se lleva en la piel, en el gusto, en las palabras, hasta en el tono de voz. Que está allí, habitándote, diciendo qué es lo que querés, qué es lo que podés, incluso -escándalo de los escándalos, marcha a contramano del más delicioso de los mitos románticos- de quién, algún día, podrías enamorarte.

Leer ciertos textos del sociólogo Pierre Bourdieu puede tener el mismo efecto que indagar en el pensamiento de la psicoanalista Colette Soler y su afirmación de que nos movemos en el escaso margen de libertad que nos permiten nuestros moldes inconscientes. Pienso en la inquietud fascinada con que leí, unos cuantos años atrás, las investigaciones de él y, mucho más acá en el tiempo, las reflexiones de ella. Y es la pregunta por la restricción social, y el amor, y finalmente la libertad, la que insiste a días de haber ido al teatro, con las imágenes de Lo que quieren las guachas aún en la retina.

En esa preciosa sala del teatro independiente que es El Extranjero, la directora Mariana Bustinza pone en escena la eterna historia de Romeo y Julieta. Pero aquí no se trata de los Capuleto y los Montesco, sino de otro tipo de enfrentamiento. Chicos que hablan, se visten y piensan como lo hacen los chicos de clase media acomodada; chicos que hablan, se visten y piensan como los chicos de los sectores más pobres. Vías paralelas, hasta que ocurre lo imposible: en una esquina, zona limítrofe entre ambos mundos, Owen se acerca a venderle unas medias a Micaela. Se miran, intercambian alguna palabra. Se enamoran. Chocan los planetas y se escuchan los chirridos de un orden que nos gusta pensar que no existe, pero ahí está.

Lo que quieren las guachas es la historia del enamoramiento de Owen y Micaela, y es bastante más que eso. No por nada lleva como título la estrofa de una cumbia. Tras la trama en apariencia simple de un amor adolescente, se encabalgan los sentidos: la sensualidad explosiva de la cumbia, pero también sus letras misóginas; la violencia de género, que es golpe, palabra, muerte, y -democracia de lo abyecto- permea en cada uno de los sectores sociales; la maternidad y sus múltiples ejercicios (la madre de Owen es trans); el discurso social, pletórico de frases hechas que, como corsés de hierro, moldean lo que cada quien espera encontrar en el otro.

Hay también disfrute escénico. Se baila, y mucho. Se canta en escena, en una inesperada irrupción del musical. Se incorpora el realismo, en particular la jerga de unos y otros -esos dialectos que conviven, casi sin cruzarse-, pero también se utilizan coreografías e iluminación para recrear, desde la metáfora, un abismo material -bastante más brutal que muchas de las evasivas distinciones que escudriñaba Bourdieu- que solo puede devenir en enfrentamiento. La sobria escenografía de la obra está presidida por la silueta de un muro urbano. Los personajes habitan una geografía común, salvo por un detalle: del lado de unos, la pared luce intacta; del lado de los otros, se descascara hasta derruirse.

Es poco frecuente lo que logra Bustinza, porque su obra toca ribetes duros sin convertirse en una obra amarga; se permite la ternura -y la fiesta- a sabiendas de que allá afuera la jungla ruge. Más allá de la fábula amorosa, apunta a una zona de libertad poco reconocida como tal, ese territorio donde lo que está en juego es la empatía con los que viven del otro lado del muro.

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