Schoklender en clave Watergate

Pablo MendelevichPara LA NACION
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19 de junio de 2011  

" Follow the Money " ("Sigan el dinero"), le recomendó Garganta Profunda en 1972 al periodista Bob Woodward, en las penumbras del garage subterráneo de Washington donde solían encontrarse. Woodward investigaba el caso Watergate, que derivó en la única caída de un presidente de los Estados Unidos acaecida sin mediar balas. Su fuente orientadora, según se revelaría treinta años después, era Mark Felt, el número dos del FBI.

La frase de Felt ahora está de moda en la Argentina en el marco del escándalo Schoklender. Hay que seguir el dinero, se repite, para identificar en forma fehaciente las responsabilidades y complicidades de lo que parece ser un desfalco sideral con dineros públicos. Por supuesto que aparecen ya fotos en las que se ve a Schoklender con funcionarios gubernamentales, actos compartidos, agendas, frases, videos, palmadas que ratifican las conexiones, pero la verdad cruda sólo saldrá a la luz cuando se reconstruya la ruta del dinero, más de 700 millones de pesos girados por el Estado a la constructora tercerizada Madres de Plaza de Mayo.

Aún mayor vigencia cobra en el horizonte criollo otro ítem del Watergate, el que se refiere a la pregunta que los norteamericanos se hicieron en forma pertinaz, durante casi 40 años, respecto de Richard Nixon: ¿cuánto sabía el presidente sobre los hechos irregulares en los que coparticiparon distintas áreas de su gobierno y de su partido? Aunque aquel fue un asunto de espionaje que destapó una red política sucia con sobornos y uso ilegal de fondos, y se complicó por la obstrucción de la justicia, mientras que este, nuestro caso Schoklender, pertenece al vulgar rubro de la mano en la lata, surge una curiosidad análoga: ¿cuánto sabía la presidenta Cristina Kirchner de los manejos y desmanejos que hacía Sergio Schoklender, administrador de la mayor socia simbólica del Gobierno, con la plata que el Estado le giraba para hacer viviendas para pobres?

Incluso después de la muerte de Nixon, en 1994, se estableció que el presidente conocía los detalles del Watergate desde un principio, al contrario de las versiones oficiales que lo habían descripto como un estadista (Nixon al mismo tiempo lo era), alguien situado por encima de los crímenes mundanos. Megalómano, Nixon había hecho instalar en la Casa Blanca un sistema de grabación que registraba sus conversaciones con colaboradores y de allí salieron las famosas cintas, todavía auscultadas por académicos durante la década reciente. Al final, las transcripciones refutaron la versión de que Nixon supo sobre Watergate poco y tarde.

Ni en Olivos ni en la Casa Rosada existen grabadores empotrados (en la Casa Blanca hoy ya no se graba audio sino video), de modo que los historiadores deberán valerse de recursos más tradicionales si quieren establecer cómo hicieron primero Néstor Kirchner y después su esposa para ignorar cualquier informe o rumor sobre el estilo de vida de Schocklender o, en todo caso, por qué pensaron que no debían preocuparse por las extravagancias hedonistas de un supermillonario encargado de manipular dineros públicos.

Al menos sería interesante que la Presidenta dijera en qué momento se enteró de que Schoklender no era de confiar.

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