Se abre una esperanza

Ani Mestre
Ani Mestre PARA LA NACION
(0)
5 de enero de 2015  

Cada uno recuerda para siempre el lugar exacto donde recibe una noticia estremecedora, como un golpe de Estado, el triunfo o derrota de una guerra o una revolución, un acto terrorista o el nombramiento de un nuevo papa. Yo estaba recién llegada al Uruguay, cuando sonó mi celular. La voz de una querida amiga, periodista de raza, me gritaba desaforada sin siquiera saludarme: "¡Prendé la televisión, están levantando el embargo a Cuba, está hablando Obama!"

Un frío me corrió por el cuerpo, una conmoción como pocas veces he sentido, ganas de llorar y de saltar, incredulidad y desconcierto. Puse la TV y allí estaba Obama, anunciando restablecimiento de relaciones y el futuro levantamiento del embargo.

Me fui de Cuba a los 9 años, en marzo de 1960, de la mano de mi madre. Mi padre se había ido dos días antes y nos reencontramos todos en Miami, para después dividirnos como familia. Mis padres y yo fuimos a la Argentina; mis hermanos, al colegio pupilos en EE.UU. Desde entonces, mi lugar es la Argentina; mi paraíso perdido, Cuba.

Mi primer regreso a la isla fue en 1984, un sueño que se materializó gracias a muchas coincidencias. Volví a mi tierra y a mi casa natal después de 24 años de exilio. Han pasado muchos más y juro que ninguna emoción vivida se compara con aquélla. Luego hice dos viajes más a Cuba, uno 12 años después del primero y el último hace tres años. Desde aquel primer viaje, me convencí de que el embargo o bloqueo funcionaba sólo como excusa, porque en Cuba, para los que tenían dólares o pasaporte diplomático o cargos en el gobierno estaban las "diplotiendas" de privilegio, y para el pueblo, pura libreta de racionamiento. Con el correr de los años vimos los cambios del peso cubano, el dólar pasó de legal a clandestino y viceversa, los pequeños emprendimientos fueron permitidos y prohibidos alternativamente según el capricho o el control del gobierno. Pero siempre, como en aquel primer viaje, hubo acceso por ejemplo a la Coca-Cola, a productos Johnson y Johnson, a cigarrillos Marlboro, todo triangulado vía México, Canadá o Europa, a precios de locura para el cubano común y a la venta para acomodados, diplomáticos, jerarcas del gobierno o felices poseedores de divisas. Es decir, el bloqueo era una farsa. Pero permanecía intacto en el discurso revolucionario y en el corazón de cada cubano adoctrinado: el embargo era el monstruo que depredaba su magro bolsillo.

En cada viaje pude palpar que, en medio del aislamiento y la desinformación, el capitalismo se filtraba de boca en boca o a través del libro que más conversos había sumado en los años 80: el catálogo de Walmart .

En esos años, la máxima ambición de una familia era poseer para cada miembro un par de jeans y dos pares de zapatillas, no incluidos en la libreta de racionamiento.

Un concepto como la libertad a la hora de elegir carrera, trabajo o vivienda era, para los cubanos y en aquellos años, como hablar de Marte. En 1996, finales del "período especial", Cuba estaba aún muchísimo peor que en 1984 y los cubanos de a pie seguían ignorando todo sobre el mundo, repitiendo en los colegios sus viejas consignas revolucionarias y agradeciendo a Fidel por ser el valiente David ante Goliat.

Desde entonces he rogado que Estados Unidos levantara el embargo. Nada podía resultar más desventajoso que el odio hacia el "imperialismo yanki", transmitido de generación en generación. Más analizo mis viajes a Cuba y más convencida estoy del daño irreparable que el embargo causó en el corazón de la gente. Nada une tanto a un pueblo como un enemigo en común.

Es cierto que hay mucho dolor en múltiples historias de la diáspora cubana, muchos muertos, muchas familias partidas. Es cierto que si el mundo se rigiera por principios, el embargo tal vez hubiera funcionado y los Castro no estarían allí. Pero a las pruebas me remito. El mundo se mueve por intereses y los platos rotos los pagan los que nada tienen que decir al respecto, porque no tienen voz ni libertad ni voto.

El bloqueo es y ha sido una gran mentira que hay que dejar al descubierto. ¿Acaso no llegan remesas que han salvado a miles de familiares de la hambruna? ¿Y eso está mal? ¿O hubiéramos preferido, en pos de defender el bloqueo a rajatabla, que los cubanos de la isla terminaran comiendo las raíces de los árboles, como sucedió en China?

Terminar con el embargo aunque sea unilateralmente no le va a mover la aguja a los Estados Unidos. ¿Qué le cambia a EE.UU. una embajada en Cuba y proclamar que desea levantar el embargo? Sin embargo, para el pueblo cubano es crucial. Mostrarle que los Estados Unidos están dispuestos a todo a cambio de poco o nada e ir moviendo luego las piezas es un principio. Tratar de empezar a borrar el odio, lo que llevará generaciones. Pero algún día hay que empezar.

Coincidimos que Cuba vive bajo un régimen totalitario, injusto e ineficiente, y que queremos mejorar la situación del pueblo. ¿No es suficiente esto para estar unidos en el exilio?

"Se ha movido una ficha en un juego que estaba trabado", me dijo por teléfono alguien desde Cuba. "Estoy escéptico -agregó- pero a lo mejor algo cambia y eso es más de lo que teníamos hace diez días".

No sé cómo pedirle a los cubanos de la diáspora que se permitan sentir y contagiar un poco de esperanza.

La autora es escritora, hija de Goar Mestre

Por: Ani Mestre
ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.