Se necesitan coraje y falta de prejuicios

Luis Gregorich
Luis Gregorich PARA LA NACION
Si tienen aspiraciones de pasar a una segunda vuelta en las elecciones de 2015, el Frente Amplio-UNEN y Pro deberían confluir, y más vale pronto que tarde
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25 de abril de 2014  

Las elecciones de 2015 están todavía lejos -tanto las PASO como las presidenciales-, pero esa distancia temporal no ha podido impedir los prelanzamientos de potenciales candidatos ni explícitos debates públicos acerca de eventuales coaliciones.

En este último ámbito, son los opositores los que más se han esmerado, sobre todo con la formación del grupo de partidos de centroizquierda con buen desempeño en 2013 bajo la sigla UNEN, y que ahora han ratificado su voluntad aliancista, ya con alcance nacional, con la designación de Frente Amplio-UNEN . La noticia es positiva, pero el nombre elegido nos parece poco afortunado; lejos de remitir a una experiencia nueva, nos compara inadecuadamente con la alianza de izquierda homónima que gobierna a Uruguay y, más cerca, al Frente Grande, hoy poco visible.

Las pocas encuestas confiables por el momento no otorgan a nadie cifras mayoritarias ni tampoco recogen entusiasmo cívico en la sociedad. Sigue en pie un escenario fragmentado, que anuncia electoralmente una casi segura segunda vuelta. En este prenunciado ballottage no se descarta, ni mucho menos, una nueva puesta en escena de la interna peronista, representada, hoy por hoy, por Sergio Massa y Daniel Scioli.

¿La alternativa del recién nacido frente podrá resultar competitiva frente a la propuesta binaria del peronismo? Parece improbable, aunque no imposible; hay un año y medio por delante. Sea como fuere, sostenemos desde hace tiempo que existe una forma de reunión opositora que emparejaría la disputa electoral y proporcionaría un mayor sentido al voto. Esa coalición, o como quiera llamársela, debería sumar a Pro, de Mauricio Macri, más vale pronto que tarde, con la vista puesta en un único candidato presidencial para 2015. Entiéndase bien: un único candidato para la primera vuelta. En caso contrario, no lo habrá para la segunda.

Se han escuchado respetables voces que rechazan de plano esta posibilidad. Rechazamos el rechazo: nos parece que existen argumentos para apuntalarla, tanto desde el punto de vista político y electoral como desde el ideológico y programático. Y siempre es una discusión que vale la pena emprender.

¿Por qué decimos que si la alianza de centroizquierda y Pro marchan, cada uno, en solitario, lo más probable es que no alcancen a pasar a la segunda vuelta? Ello se debe, entre otros factores, y antes que nada, a que en buena parte atraen a los mismos sectores de votantes (hablamos en especial de las clases medias y medias bajas urbanas), y por consiguiente ese caudal se dividirá. También las hostilidades de campaña se nutrirán de esa división, y a su vez la incrementarán.

Nada garantiza que reunir a Macri con la centroizquierda sume matemáticamente sus votos y no pierda algunos por el camino. Nada asegura que Macri acepte dar este paso. Pero es una apuesta razonable. Esta nueva coalición haría un buen papel en varios de los grandes distritos (ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Mendoza), reforzaría sus opciones en provincias chicas y medianas, y evitaría un resultado apabullante en la provincia de Buenos Aires, donde persiste la debilidad de los partidos no peronistas. Tendría, si llega al ballottage, tanta o quizá mayor capacidad de tracción de votantes dispersos que el seguro rival peronista.

Se ha dicho que la construcción de un sistema político virtuoso implica respetar tradiciones y contraseñas partidarias, y no mezclarlas impunemente en la mera búsqueda de un resultado electoral. La respuesta es que, en el mundo global, los partidos gobernantes se parecen cada vez más, inclinados -ya sea de la derecha o de la izquierda- al centro y aferrados a los mismos o parecidos valores.

La Concertación chilena, próxima a nosotros, y la gran coalición alemana, más alejada, son ejemplos típicos de esta desideologización que, de cualquier modo, nunca llega a ser absoluta. Los "relatos" pueden ser diferentes, las antipatías o las bendiciones personales no dejan de ejercer su influencia, pero el hecho es que estos frentes "contradictorios" gobiernan, y hasta suelen ser reelegidos. El populismo peronista, transideológico y transinstitucional, no tiene autoridad para criticar estas aproximaciones políticas cuando en diversas etapas de su historia ha incorporado, sin otro requisito que la capacidad de obediencia y olvido, expresiones extremas de la derecha o la izquierda.

¿Cuál debería ser el programa mínimo de esta nueva coalición opositora, teniendo en cuenta que su oferta estaría dirigida a una sociedad que ya parece haber agotado sus reservas de confianza en los líderes políticos? ¿Cómo evitar que otra vez escuchemos la (verosímil) muletilla de que sólo el peronismo puede gobernar?

Los opositores, si son capaces de unirse, también deberían empezar elaborando un programa de gobierno derivado de no más de cuatro o cinco puntos básicos, escrupulosamente dirigidos al futuro. Hay que proponer una cultura distinta de la populista, que nos impregna, desde hace décadas, con su barniz de clientelismo y corto plazo.

Cabe a los partidos interesados y a sus dirigentes elegir esos pocos puntos que no susciten controversias y sellen su unidad y su credibilidad. Por mi parte, como simple ciudadano, ofreceré mi propio (y provisorio) listado, en el fondo una inevitable expresión de deseos, en busca de un milagro criollo.

Primero, necesitamos un eje central, un "paraguas" o tejido de valores que proteja todos los demás aspectos de una campaña diferente. Elegimos, sin dudarlo, la suma que nos falta, nuestra utopía: república + justicia social. República, en lo que significa en división de poderes, equilibrio institucional, acatamiento a la ley. Justicia social, en las conquistas bien ganadas por las clases trabajadoras, y en la justa distribución de los bienes materiales y simbólicos. Ambas, dándose la mano. No olvidándose la una de la otra.

Segundo, en un terreno más concreto, y con referencia al estilo de gobierno, otra suma que para nosotros ha resultado utópica: gestión ejecutiva + consensos de largo plazo. Ya sabemos que hay que poner inmediatamente manos a la obra en materia de inflación, cepo cambiario, inversiones, energía, transportes, vivienda... Al mismo tiempo, si queremos convertirnos en una nación moderna, debemos acostumbrarnos a consensos que perduren en el tiempo, firmados por las principales fuerzas políticas.

Tercero, la lucha contra la corrupción no puede esperar, porque están en juego los cimientos mismos del Estado y de su organización económica. La actual naturalización de las prácticas corruptas, tanto en el sector oficial como en el privado, debe ser extirpada sin demora.

Cuarto, nuestra sociedad, por su tradición y destino, está obligada a asumir un colosal esfuerzo en busca de una educación de excelencia. No se trata sólo de gastar, sino de gastar bien, poniendo la mayor atención en los sectores más vulnerables y desatendidos, al mismo tiempo que se premia y estimula a los que apuntan a los más altos escalones del conocimiento.

Quinto y último, se requiere un auténtico compromiso federal, que ataque el unitarismo de hecho que impera, y que mediante planes de desarrollo regional pueda empezar a superar la condición postrada de muchas provincias argentinas, sometidas por mafias patrimonialistas locales.

Si la UCR, el socialismo, la Coalición Cívica/ARI y Pro se unieran y eligieran a sus mejores candidatos en cada uno de los distritos del país, bajo una plataforma como ésta, o en todo caso parecida, ¿estarían traicionando sus historias o sus convicciones? ¿O más bien, en el fondo, tienen miedo de ganar, y en consecuencia de gobernar, abandonando la mullida tribuna opositora?

No se trata de divagaciones sobre supuestos acuerdos de cúpula en el siempre imprevisible ballottage. Tengan, señores dirigentes, el coraje y la falta de prejuicios para unirse, lo antes posible, e iniciar la construcción de un nuevo bloque histórico, una nueva república social, después de setenta años de predominio populista. No tienen el éxito asegurado, porque enfrente está un adversario que conoce la administración del poder y tiene tanto derecho como ustedes a gobernar en democracia, pero sí un pronóstico más auspicioso que la inapelable derrota de los asustados y los divididos.

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