Semana 49 de 2001

Por Esteban Peicovich
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9 de diciembre de 2001  

Los dátiles afganos huelen a napalm. Las aceitunas palestinas a pólvora. Parientes (lejanos) y terroristas (decanos), Sharon y Arafat se emperran en no morir el uno sin el otro. Son los duelistas a garrote de Goya. Ahora con hondazos, misiles, bombas humanas, tanques. No hay Camp David, Madrid, rama de olivo, miel, palabra. Solo Caín.

Las díscolas etnias de Afganistán se aplacan en Alemania. Y acaba la resistencia talibana. Sus últimos fanáticos ya están en los brazos de las huríes del paraíso. Los envió un piloto ingeniero que al pulsar "bomb" se imaginaba surfeando en Hawai. Así de absurdo es lo real. Ahora, nieve, chacales y cámaras de televisión regresan las cosas al Medievo folklórico de siempre. Y en poco tiempo, allí no pasó nada. Apenas una guerra "de cámara". Una operación quirúrgica. Higiénica (como la nieve). El gran dios Oro Negro está cumplido. Saciado (al menos por un tiempo).

Por vivir como vivimos, los argentinos también deberíamos (en premio) acceder al paraíso. El censo canta que somos 36.027.041 millones, pero esta semana quedamos reducidos a 1. Cavallo alcanzó la sublimación de su yo. Nos vampirizó. Nos jibarizó. Y nos dejó de cama. El Megapinocho de la interrupta política nacional se metió el país en el bolsillo y a su ritmo debimos respirar, sufrir, hablar, y esperar. Nunca nadie cargó contra tantos (y a tantos). Y pocas veces un argentino creyó tanto en sí mismo. (Lo cual debería constar en su epitafio.) A dos años de una presidencia infeliz y a dos meses de una nueva elección desoída, la democracia local permanece virtual, sin gente dentro. Es sólo picaresca. El timo de la urna. Un espejismo. La fábula del burro en la noria, pero sin zanahoria de ilusión. "No quiero más realidad. Quiero promesas", grita un graffiti mientras el Presidente deambula por el Salón de los Pasos Perdidos de sí mismo. A su sombra, el frustrado salvador de todas las Rusias (y Ecuador) incauta ahorros, acogota sueldos y empuja a millones de personas contra el muro del lamento bancario.

Por nuestra culpa (¿o acaso no indignó siempre más un posible error de Bielsa que la decadencia de la clase política?) la historia recicla en historieta: Menem seduce a Maradona, Moyano llama a parar a los parados, Santibáñez urde telarañas de oro, Ruckauf prepotea con patacón de utilería. El escenario aparece miserablemente baldío: De la Sota se guardó, Terragno se borró, Elisa se pinchó. ¿No hay quien se atreva a dar el nombre de los buitres?

De ésta, nadie saldrá peor ciudadano. Los últimos días dejan una lección demoledora. Estamos en mitad de una vuelta de campana. Medio país rehén de la desocupación y el otro medio de la bancarización. Quince millones encarcelados en la nada. Quince millones detenidos en la caja. Ahora queda languidecer a la espera del día 91 o activar ciudadanamente como un sueco. Y ante el fracaso sonreír a lo etrusco. La Navidad no queda lejos. Lo que hacemos desde la mañana a la noche es puro símbolo. Y está allí para que lo leamos. La algodonera Flandria de Jáuregui está cerrada. Pero no pudieron apagar su orquesta. Sigue tocando. Eso.

E-mail: peicovich@palabristas.com.ar

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