Semana 51 de 2001

Por Esteban Peicovich
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23 de diciembre de 2001  

Y sí: la historia es humana y un día dice basta. Se vuelve tan loca como la imaginación y da vuelta un país en dos días. Está en su derecho. Tras una década de acoso y vejación, unos presuntos moralistas la volvieron a humillar dos años más. Y se hartó. Del hechicero económico, del payador político, del modelo caníbal, de los jueces pringados, de los legisladores, de la venta clandestina de pronósticos truchos. Se llegó al fondo. Y se tocó.

Resultó fatal confundir política con respirador artificial. La historia hizo crack. Suspendió la costumbre e impuso una noticia por minuto El miércoles saqueo, cacerolazo y eyección de Cavallo del trono. El jueves, resistencia en la plaza sagrada y despido del Presidente. Con ella no se juega. Estalla, irrumpe, pega tres chirlos, deja un tendal de víctimas, expulsa a los inútiles, hace temblar a un montón de gente y se escurre otra vez. Como en la semana 51.

Fernando de la Rúa son 739 días y cinco palabras: “Voy a esperar un poco”. Encapsulado en esa pompa de jabón pasó la jornada 740. Su frase costó 25 muertos, 2000 heridos y el paso del huracán Atila. Surrealista final para un místico radical que recitó democracia hasta el último día y acabó ordenando la carga de los cosacos contra mujeres, niños y jóvenes. Porque eran, en su mayoría, jóvenes. Los traicionados por la generación anterior (y la otra). Los excluidos por las mafias de los aparatos políticos. Los que no pactan con la erótica del escaño, la componenda y el bolsillo. “Este es el fin del radicalismo”, lloró Alfonsín. ¿Renunciará en consecuencia al cargo de senador, ahora, de un ex partido? ¿Cederán su escaño los legisladores que, aun votados, participaron del gobierno fallido y su catástrofe? ¿No pide el hartazgo de la historia que sean nuevos los que vengan a encarar y resolver los tiempos nuevos?

Tras 48 horas de espanto, vandalismo, vergüenza y renuncias, no asomó un buen sol. La esperanza (“pobrecita”) nos conoce bastante y desconfía. El mismo viernes entró a recular, asustada: las llagas del país seguían sin ser atendidas. A tantas horas de grave sobresalto no sucedían actos de inmediata reparación, sino la calma chicha del viejo país, insensible y ajeno. El radicalismo llorando (literalmente) como partido lo que (nuevamente) no había sabido defender como gobierno. El PJ porfiando, en su estilo, los feudos del poder por venir. Otro era el temario en la calle: ¿cómo impedir que la democracia sea saqueada por los mercaderes? ¿Puede mejorar la economía con una política corrupta? ¿Qué deberá hacer la nueva generación para sacudirse tantos fósiles de encima? El país continúa en el agobio, la fragilidad y el estupor. Y necesita “coraje, calma y compasión”. Ahora viene la Navidad. Un buen día para recordar que sólo tendremos nación cuando, como ciudadanos, lloremos y nos alegremos por las mismas cosas. Es cuestión de empezar. Otra vez.

E-mail: peicovich@palabristas.com.ar

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