"Siempre hubo una diplomacia paralela"

Considerado uno de los mayores expertos en política internacional del país, Russell cuestiona la relación del Gobierno con Venezuela porque, dice, este tipo de vínculos siempre ocultan "algo turbio". Además, afirma que la Argentina es un país ensimismado, cada vez más irrelevante Ricardo Carpena LA NACION
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11 de julio de 2010  

¿El Obama de hoy es el mismo de ayer? ¿Hugo Chávez es o no la encarnación del demonio en América latina? ¿Alguna vez funcionará realmente el Mercosur? ¿Se solucionará en algún momento el conflicto con Uruguay por Botnia? Hay tantos interrogantes en el plano de la política internacional que podrían desorientar hasta al pulpo Paul, ese famoso cefalópodo que predijo el resultado de varios partidos del Mundial. Pero en estos días hay una pregunta clave en nuestro país sobre la que casi todos tienen una única respuesta, y afirmativa (menos el gobierno de los Kirchner, claro está): ¿existe o no una diplomacia paralela en la Argentina?

El que no lo duda, y tiene fundamentos, es Roberto Russell, profesor y director de la maestría en Estudios Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella, responsable académico del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN) entre 1992 y 2006, y uno de los más prestigiosos especialistas en política internacional del país. "Siempre hubo una diplomacia paralela -advierte-. Cuando escribía sobre la Argentina de los años 70 hablábamos sobre la diplomacia paralela del almirante Massera, por ejemplo. Son cosas siempre nefastas. Porque además siempre hay algo oculto, algo turbio, que encierra desde negocios sucios hasta proyectos personales de poder. Lo mismo ha pasado ahora con el vínculo con Venezuela, no hay ninguna duda de esto".

De todas formas, para este reconocido analista internacional de 63 años, dos hijas, apasionado por el tenis y por la pintura (fue discípulo de Guillermo Roux), la tentación de la diplomacia paralela tuvo sus altibajos a partir del regreso a la democracia: no sucedió durante el gobierno de Raúl Alfonsín, sí en la gestión de Carlos Menem, pero limitado al caso de contrabando de armas a Croacia y a Ecuador, y tampoco existió mientras gobernó Fernando de la Rúa. Pero los Kirchner, a juicio de Russell, lograron algo inédito: "Nunca antes hubo una expresión tan notoria de vinculaciones de esta naturaleza por encima de la Cancillería o diciéndole a ésta que no se metiera en algún tema porque lo iban a manejar desde otro lugar del Estado. Lo que encontramos hoy no se dio en todos estos años de democracia".

Por haber estado al frente desde los años noventa de las profundas reformas en el ISEN, organismo dependiente de la Cancillería que se encarga de la formación de los diplomáticos, este profesor, consultor e investigador conoce a la perfección el funcionamiento del Ministerio de Relaciones Exteriores y muchos de sus personajes. Pero hoy, alejado de aquella tarea que le había encomendado el canciller Guido Di Tella, aunque nunca fue menemista, Russell está dedicado de lleno a su tarea docente y académica y, además, a la presidencia de la Fundación Vidanta, que nació por iniciativa suya en 2005 y que este año otorgará un premio a quienes estén haciendo contribuciones importantes para reducir la pobreza y la desigualdad en América latina y el Caribe.

Desde esta misma fundación surgió un proyecto que lo apasiona: la edición de dos libros, uno compilado por él, Argentina 1910-2010 , en el que varios especialistas hacen un balance del siglo, y otro, Argentina 2010, entre la frustración y la esperanza , en el que Natalio Botana reunió a analistas que ponen su mirada en el futuro del país.

"El eje ordenador de todo esto ha sido la declinación -afirma Russell-. Porque cada uno en su campo trató de ver lo que no funcionó y responder la pregunta del millón: cuándo se jodió la Argentina, parafraseando a Zabalita, el personaje famoso de Conversación en la catedral , de Vargas Llosa. Tratamos de evitar las explicaciones simples, como que fueron los militares o Perón, esas cosas que están en el saber popular, tratando de demostrar que el proceso ha sido muy complejo, que ha habido muchos errores por los cuales la Argentina fue entrando en un callejón sin salida. Yo escribo acerca de cómo la Argentina pierde relevancia en el mundo. Todos ponemos el acento en la necesidad de reconstruir el Estado. Esta idea también está muy presente en 1910."

-Hoy no existe un debate sobre el papel del Estado, aunque los Kirchner han restituido al Estado funciones que se habían perdido en la época de Menem. ¿Esto alcanza?

-No, de ninguna manera. Estamos pensando en un Estado que se piense con sentido estratégico. No sólo se trata de recomponerlo, sino de definir estrategias de largo plazo, con niveles básicos de consenso, que no son tan difíciles de lograr, por lo menos en los papeles. Porque acá no hay un debate profundo ni una polarizacion ideológica. Un país que, además, tiene muchísimas oportunidades: mirando hacia adelante vemos que se nos presenta un escenario internacional bastante interesante, que hay que saber aprovechar. Y muchas de las torpezas que se han cometido se pueden arreglar con relativa facilidad en términos de recuperación y ampliación de mercados, de definición de perfil productivo. Una Argentina que tenga más juego internacional, que es lo que hemos perdido, en la región y en el mundo.

-¿Cuándo perdimos gravitación?

-Esa es la pregunta difícil que ha dado a muchas discusiones. Pero el momento más terrible de la Argentina es el de los años 70. No sólo por el golpe militar, que generó un retraso fenomenal, sino toda la década de los 70, con lo que había antes del golpe de Videla, esa sociedad tan violenta, tan polarizada. Además de las decisiones que se toman en el plano internacional, con las que la Argentina rompe viejas tradiciones de política exterior como la apelación al Derecho, el pacifismo. Es un punto de inflexión muy importante porque ahí entra esta idea de un país a la deriva, algo que ha quedado en la mentalidad de muchos argentinos. Un país que no sabe adónde va ni en la política doméstica ni en la internacional.

-Carlos Escudé escribió en lanacion.com una columna en la que sostenía que el aislamiento internacional que sufre la Argentina, del que tanto hablan los opositores al Gobierno, es un mito. ¿Usted coincide con él?

-Nosotros no tenemos un mito, tenemos varios. Uno es el mito de la reinserción internacional, como contracara de que el país está aislado.

-No es nuevo...

-No, es un mito del siglo. Perón empieza con esto, pese a que él, para muchos, tiene mucho que ver con el aislamiento de la Argentina de esa época, en que el país sí está aislado. Hay que tener cuidado con esto: una cosa es ser aislacionista, que vos te propongas aislarte del mundo por alguna razón, como lo hizo la clase dirigente argentina de la generación del 80, y otra cosa es que te aíslen porque hacés macanas o porque no le importás a nadie. El término aislamiento hay que matizarlo. Si no le importás a nadie, más que aislarte, no te miran. No les importás. Ahora, si medimos el aislamiento por el tipo de diplomacia que la Argentina hace... Se siguen muchas de las políticas que se instalaron en la época de Alfonsín y a las que quizá Menem les dio más énfasis. Lo que hay, más que aislamiento, es una forma de vinculación con el mundo que nos ha hecho crecientemente irrelevantes, un gran ensimismamiento que hace que los argentinos estemos todo el tiempo discutiendo sobre temas internos. En este marco, la política exterior se usa para fines de política interna. Entonces la política exterior termina totalmente asfixiada. Aislados no estamos. Estamos en una situación de declinación relativa creciente que viene ya desde hace muchos años y fuera del radar de los principales actores internacionales. Incluso hasta nos hemos convertido en menos importantes para Brasil. El tema no es sólo a nivel global, también a nivel regional.

-La relación con Brasil está dominada desde hace años por la desconfianza. ¿Cómo se puede salir de esta encrucijada?

-Si tengo que responder desde la lógica de este gobierno, diría que no veo cómo. Brasil está en otro juego, en uno mucho más global. La asimetría con Brasil ha crecido de una manera brutal, no sólo durante este gobierno. Hay una cierta irritación en Brasil, y un cierto hartazgo, con medidas que se toman en la Argentina. Veo muy difícil que nos podamos sentar en serio a dialogar sobre cómo reconfigurar esta relación. Además, como la parte más débil de esta relación, somos los que tenemos que tener más ideas, más proyectos, los que tenemos que llevar una idea clara de cómo queremos que esta relación se vaya construyendo. Hay una cosa muy importante: la simetría relativa del pasado de Brasil fue la base de la rivalidad que tuvimos; la asimetría de hoy va a hacer que la Argentina y Brasil tengan posiciones diferentes en muchos temas. Hay que vivir con esto y saber hacer política exterior teniendo en cuenta este contexto. Nunca vivimos con una potencia emergente como vecina que, además, nos ha comprado medio país. Por eso hay que tirar las cartas de nuevo. La relación más importante para la Argentina, y donde están los mayores desafíos en la definición de la política exterior, es en el vínculo con Brasil. Porque con Estados Unidos es fácil. Y con el mundo asiático, que es donde tenemos grandes posibilidades de mercado, tampoco hay una agenda conflictiva.

-¿Cómo se pueden adoptar políticas defensivas sin aislarse? ¿Cómo puede suceder con las trabas a las importaciones que le imponemos a Europa, entre otros mercados?

-Tiene que ver con la falta de un proyecto claro. Si bien se habla de un modelo mercadointernista , hay mucho parche, mucho capitalismo de amigos. La Argentina no tiene destino si no busca una inserción fructífera y muy dinámica en el mundo. Las políticas defensivas están bien en la medida que uno tenga ciertos sectores estratégicos que quiera desarrollar y proteger. Pero no esto de andar protegiendo a troche y moche, lo que venga según van evolucionando las cosas, que es lo que está pasando ahora. Tampoco se trata de abrir el mercado a lo loco porque esto no lo hace nadie, pero se trata de establecer prioridades y cuáles son los sectores que la Argentina va a impulsar. Hay que trabajar muchísimo en los próximos años en la agroindustria, agregarle más valor agregado a la producción de alimentos. Porque esto es lo que genera una inserción dinámica a la Argentina en el mundo. Y hay que tener ciertas políticas defensivas para que no nos pase lo mismo que en los años noventa.

-Leí en una entrevista que usted se negaba a condenar al chavismo.

-Soy muy claro: el chavismo no me gusta y diría que estoy más dispuesto a condenarlo que a Correa o a Evo Morales, porque estos dos últimos están expresando a sectores que nunca habían tenido participación política y eso deriva en un gran laboratorio político, un proceso inédito que no sé para dónde va a ir. Pero lo último que haría sería condenarlo desde una derecha que simplifica las cosas. El chavismo no me gusta, a Chávez sí lo critico. Porque Venezuela es otra cosa. Y tiene muchos recursos. No quiero demonizar. Se puso muy de moda una nota de Jorge Castañeda hace algunos años que hablaba de izquierda buena e izquierda mala. Es una visión muy peligrosa y muy simplista de los procesos políticos en la región. No tengo simpatías por este tipo de procesos, pero trato de entender lo que expresan. A pesar de todos los problemas que han tenido, lograron dar una cierta estabilidad a países con una inestabilidad crónica como Bolivia y Ecuador.

-Vayamos a la tapa de los diarios. ¿Qué piensa de las denuncias del embajador Eduardo Sadous? ¿Existe la diplomacia paralela?

-Esto no es nuevo. Siempre hubo una diplomacia paralela. Cuando escribía sobre la Argentina de los años 70 hablábamos sobre la diplomacia paralela del almirante Massera, por ejemplo. Son cosas siempre nefastas. Porque además siempre hay algo oculto, algo turbio, que encierra desde negocios sucios hasta proyectos personales de poder. Lo mismo ha pasado ahora con el vínculo con Venezuela, no hay ninguna duda de esto.

-Igualmente, ¿no es normal que la Cancillería no tenga el monopolio de las relaciones exteriores en ciertos casos?

-Cuando algún otro ministerio se encarga de las relaciones exteriores del país, no es diplomacia paralela. En el mundo contemporáneo, la Cancillería ya no tiene el monopolio de las relaciones exteriores, si es que alguna vez lo tuvo. Porque el que está en Educación se vincula con los que hacen educación en otras partes y lo mismo pasa en Economía, en Defensa. Lo paralelo tiene más que ver con esas cosa de trastienda, con negocios sucios o proyectos políticos personales. Con actividades que el resto de las reparticiones no conoce o con una que avanza sobre territorios que son propios de la Cancillería, que es lo que pasa con el ministerio de De Vido.

-¿Usted menciona el antecedente de Massera por el Centro Piloto de París?

-Exactamente, y sus vinculaciones con los montoneros, algo que dio lugar después a tantos conflictos en el gobierno militar. La diplomacia paralela también es la que hace Galtieri cuando busca vínculos especiales con Estados Unidos para adquirir él mayor poder, dado que su objetivo siempre fue derrocar al general Viola. O la participación de ciertos sectores de las Fuerzas Armadas en los conflictos de América central a fines de los 70 y principios de los 80. O la intervención de un sector de los militares argentinos en el golpe de Estado en Bolivia en 1980.

-En democracia, ¿qué antecedentes hay?

-Ahí no veo expresiones de diplomacia paralela porque precisamente en una democracia estas cosas no deberían pasar dado que uno tiene más información. Aunque con Menem estuvo el caso de contrabando de armas a Croacia y a Ecuador. Pero lo que encontramos hoy no se dio en la etapa de la democracia. No sé si es inédito, pero nunca hubo una expresión tan notoria de vinculaciones de esta naturaleza por encima de la Cancillería o diciéndole a ésta que no se metiera en algún tema porque lo iban a manejar desde otro lugar.

-El canciller Héctor Timerman reprochó al subsecretario de Integración Económica de la Cancillería, Eduardo Sigal, porque hizo su denuncia por escrito en lugar de hacerlo personalmente y en forma confidencial.

-No es así. Es la lección número uno que aprende un diplomático: las cosas siempre se ponen por escrito. Cuando uno pone una cosa así por escrito, y lo he visto mil veces en la Cancillería, es porque estás abriendo un paraguas, te estás cubriendo, anticipando a un golpe que te puede venir.

-¿Impactan en el exterior este tipo de escándalos o no llaman la atención?

-Por supuesto que impactan porque, además, se relacionan con la visión que hay de la Argentina, con la mala imagen que tiene, la de un país poco confiable. Se ven como algo natural en un gobierno que no se caracteriza por respetar las instituciones o manejar las cosas de manera cristalina.

MANO A MANO

El currículum de Roberto Russell, con sus múltiples estudios, títulos, premios y trabajos publicados, podría hacer temer que su condición de intelectual le dificultara encontrar un lenguaje llano para expresar sus ideas. Pero fue una gran sorpresa encontrarme con alguien que explica lo que sucede en el mundo y la inserción del país en el planeta con tanta claridad y tanta sencillez. No es un analista imparcial. Se nota que no es kirchnerista y que tampoco fue menemista, tal como le advirtió al propio Guido Di Tella cuando éste lo convocó para reformar el instituto que capacita a los diplomáticos. Cuando me dijo que no simpatizaba con el chavismo, pero que no lo demonizaba porque prefería tratar de entender lo que expresan los procesos políticos, me dejó pensando: suelo manejarme, como buen argentino, con categorías demasiado tajantes. Parece muy preocupado por la situación de los diplomáticos. En un momento se le escapó que en la función pública lo frustraba ver "cómo los jóvenes se van tornando grises, cómo dejan de opinar, cómo buscan la salida individual". Russell me pareció la contracara de esos seres grises. Terminó confesando que renunció porque sentía que ya no tenía libertad para trabajar y que ya había cumplido una etapa. "No me puedo quedar cincuenta años en un lugar. Además, sentía que ya no podía aportar nada, que estaba robando la plata". Ese elogiable gesto individual, lamentablemente, no es habitual entre tanto funcionario atado a su sillón. Ni aquí ni en el resto del mundo que él analiza con tanta pasión.

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