Silenciar a la prensa

Fabio Ladetto
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27 de mayo de 2012  

La frase de Fernando Ruiz, vicepresidente de Fopea, en el informe 2010 de nuestro Monitoreo de Libertad de Expresión, es lapidaria. "El peor enemigo del periodismo argentino es la política local en ciudades de menos de 50.000 habitantes", señaló.

Su conclusión sigue vigente; no significa que donde hay más población se respire aliviado, pero sí pone en foco problemas específicos. El anonimato de las grandes ciudades, donde suele haber muy pocos espacios de contacto entre periodistas y políticos fuera de la actividad periodística, desaparece en la cercanía vecinal: el mismo bar, la escuela de los hijos, el evento deportivo, la cola del banco o del supermercado se transforman en sitios de encuentro y roce casi obligado.

Pesan en esa relación las historias personales y familiares, incluso previas a la responsabilidad que cada uno ejerza en el presente, tanto como los intereses cruzados o los conflictos extranoticiosos, según hemos comprobado.

De allí que numerosas agresiones en ese entorno no se produzcan en el momento ni inmediatamente después de una nota periodística que moleste al poder; por el contrario, muchas se registran en cualquier ocasión y, a veces, en la menos pensada. Por ello, una de las estrategias que pretendemos desarrollar es capacitar mediadores que nos permitan encontrar soluciones no tradicionales a estos conflictos y evitar su repetición.

Más allá de cuestiones puntuales, hay puntos en común independientemente del tamaño de la comunidad. El primero es que todo ataque a la prensa busca acallarla y evitar que la sociedad se entere de algo, seguido del condicionamiento a la empresa periodística por su dependencia económica de la publicidad, que frecuentemente es utilizada en modo extorsivo para comprar silencios (lo que implica que alguien los vende). Si bien esta práctica es más grave cuando el Estado es quien maneja arbitrariamente y sin transparencia su pauta, la crítica alcanza a los anunciantes privados que buscan mantenerse fuera del foco de la prensa. Y, en general, los medios no invierten ni capacitan a su personal para realizar investigaciones periodísticas de fondo ni promueven códigos de ética, temas que Fopea impulsa desde su origen, hace una década.

La intolerancia no tiene un solo color político. Si fuese de un grupo puntual, aislándolo se solucionaría este grave problema para el desarrollo y fortalecimiento democrático, que impide el diálogo identificador de intereses comunes y respetuoso del disenso. El silencio, en este caso, no otorga.

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