Sin petróleo no hay populismo

Francisco Olivera
Francisco Olivera LA NACION
Fuente: LA NACION
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16 de febrero de 2019  

Son seis venezolanos, la mayor parte de ellos ligados al petróleo o a las finanzas y con estudios en escuelas de negocios de universidades de Michigan o Florida. Fueron designados el miércoles por Juan Guaidó miembros de la nueva junta directiva de Citgo, la filial norteamericana de Pdvsa, el activo extranjero más importante que tiene la estatal de Venezuela. "Me voy por seis meses, lo más probable es que vuelva", se despidió uno de ellos en su trabajo. Es una apuesta: ninguno está en condiciones de pronosticar la caída inminente de Nicolás Maduro .

"¡Anuncio histórico! Desde la @AsambleaVE designamos la nueva directiva de CITGO, conformada por Luisa Palacios, Ángel Olmeta, Édgar Rincón, Luis Urdaneta, Andrés Padilla y Rick Esser. Comienza el rescate de nuestra industria petrolera. #CITGOParaLosVenezolanos", escribió Guaidó en su cuenta de Twitter. La embestida es por ahora abstracta -Pdvsa funciona todavía bajo el poder de Maduro-, pero busca un impacto simbólico: Citgo, que ya tiene bloqueados 7000 millones de dólares desde el 28 de enero por decisión de Donald Trump, le aporta al Estado venezolano 11.000 millones por año.

Es un monto difícil de reemplazar para Venezuela. El 80% de su presupuesto viene de exportaciones de crudo que en un 20% van a Estados Unidos. Con la medida, la Casa Blanca pretende provocar un efecto contagio. Es probable que lo consiga. Ya esta semana, por ejemplo, el gobierno de Bulgaria congeló transferencias de varias cuentas bancarias que habían recibido millones de euros de Pdvsa. "Nuestro gobierno está trabajando con Bulgaria y con los otros miembros de la Unión Europea para asegurar que no se robe el patrimonio del pueblo de Venezuela", dijo el embajador norteamericano en Sofía, Eric Rubin.

Para Trump, no deja de ser también una apuesta osada. Maduro contaba hasta diciembre con el respaldo explícito de Rusia, que no solo es el principal proveedor de armas de Venezuela, sino que también tiene hundidas en territorio bolivariano inversiones petroleras a través de la estatal Rosneft. Al frente de esa compañía está Igor Ivanovich Sechin, uno de los asesores más cercanos y conservadores de Vladimir Putin y, a su vez, líder de los Siloviki del Kremlin, un foro que reúne a antiguos agentes de servicios de seguridad. Rosneft, sociedad anónima con sede en Moscú, dio en noviembre de 2016, casi en simultáneo con el triunfo de Trump en las elecciones, un paso que ahora complica la estrategia republicana: le prestó a Pdvsa 1500 millones de dólares que están garantizados por el 49,9% de las acciones de Citgo. Es decir, se quedará con la mitad de la empresa si Maduro no le paga. Esa garantía es desde entonces un dolor de cabeza para Estados Unidos y motivo de cuestionamientos de la oposición. Hace dos años, Steven Mnuchin, secretario del Tesoro, admitió ante el Senado que la situación representaba un problema de seguridad que la Casa Blanca seguía con atención. Hay mucha geopolítica en juego: la filial de Pdvsa tiene tres refinerías, nueve oleoductos y 48 terminales de almacenamiento y distribución en territorio norteamericano. ¿Qué buscaban rusos y venezolanos con la operación, que Silovik Sechin se apuró a registrar en una corte de Delaware? ¿Injerencia en el mercado norteamericano? ¿Estaban Maduro y Putin firmando un contrato que podía eventualmente ser usado ante un hipotético conflicto? ¿Eso se hacía con el aval del nuevo presidente estadounidense? Las suspicacias crecieron seis meses después, cuando la Comisión Federal Electoral de Estados Unidos dio a conocer las donaciones para el acto de asunción de Trump y reveló que de los 107 millones de dólares recaudados 500.000 dólares habían salido de la caja de Citgo. Ese medio millón, el doble de lo donado por Google o Pepsi y lo mismo que Exxon y JP Morgan, espantó a los demócratas. Meses después, acaso para evitar sanciones, Citgo conmovió al mundo de las relaciones públicas contratando los servicios de Avenue Strategies, consultora que tiene como socios a dos hombres que trabajaron con Trump en la campaña: Corey Lewandowski y Barry Bennett.

Este enredo de alcances incalculables se ve desde Buenos Aires con menos matices. Macri no solo condenó el régimen de Maduro no bien asumió, sino que fue también uno de los primeros en respaldar a Guaidó como presidente interino. Pero el desenlace de todo es incierto. En la intimidad, el Presidente admite últimamente que la suerte del líder bolivariano dependerá de que se quiebre o no su respaldo militar. Es el mismo objetivo al que también apunta la Casa Blanca, mientras acrecienta la presión con ayuda humanitaria y, probablemente, gestiones que nunca verán la luz y que los analistas internacionales dan por inminentes. La más relevante: una negociación con Cuba, sostén de Maduro a través de servicios de inteligencia. ¿Con qué otro proveedor podrían los cubanos reemplazar los 100.000 barriles de crudo diarios que les vende Venezuela? ¿Podría ser México, que se negó a firmar la declaración del Grupo de Lima contra Maduro? La otra negociación deberá ser con las Fuerzas Armadas venezolanas. Esos ex cuadros chavistas que han quedado en los últimos años involucrados en negocios que van desde simples importaciones alimentarias hasta participación en el Cartel de los Soles, grupo que nació en la frontera con Colombia y se dedica a actividades como el narcotráfico, la minería ilegal y el contrabando de combustible.

En el frente interno, Macri ha quedado sin embargo ante una contradicción: la crisis venezolana expone más crudamente que nunca las características del adversario que cree ideal para octubre, Cristina Kirchner, que no ha emitido este año opinión al respecto. Un silencio sugestivo, si se repara en lo que contestó en 2017 ante una consulta del periodista Luis Novaresio en Infobae: "En Venezuela no hay Estado de Derecho, pero en la Argentina tampoco", dijo entonces la expresidenta. Hasta ahora, el único indicio de su pensamiento puede ser el "rechazo al intento de golpe de Estado en Venezuela" que el bloque de diputados del FPV-PJ, que integran su hijo Máximo, Axel Kicillof, Daniel Filmus, Gabriela Cerruti, Juan Cabandié y Nilda Garré, entre otros, difundió el día en que Guaidó asumió ante la Asamblea Nacional. Pero es una declaración que está bastante lejos del fervor de aquellos años en que la Argentina se sentía parte del eje bolivariano. Tiempos de barril por las nubes, de fideicomisos de intercambio y notas estructuradas con bonos de la deuda que se extinguieron con el chavismo. Trump y Guaidó apuntan ahora al último talón de Aquiles: sin Citgo no hay populismo. El riesgo está, como siempre, en la reacción del acorralado. La historia enseña que no hay muchas opciones: cuando no se convencen del acuerdo o del ajuste, los líderes suelen responder a las arcas vacías con mayor violencia y autoritarismo.

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