Sinatra calmó los ánimos

Juana Libedinsky
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4 de mayo de 2003  

"¡Ah!, pero Nueva York no es Estados Unidos", es el comentario obligado cada vez que digo donde vivo, sea a norteamericanos mismos o a extranjeros que han recorrido el norte del continente.

Sin embargo, nada me puso tanto en evidencia el status especial de esta ciudad como un episodio en La Mirabelle, un pequeño restaurante francés a pocas cuadras de mi casa.

La semana última, Danielle, una moza con muy linda voz, a pedido del público se paró en una mesa y entonó un par de estrofas de "La vie en rose". La gente, encantada, la aplaudió como si fuese Edith Piaf reencarnada.

Pero no todos. Un hombre del fondo, esta vez con claro acento norteamericano, inmediatamente se paró y entonó el himno de los Estados Unidos. A lo que otro respondió con una emotiva versión de La Marsellesa. Algo que recordó a muchos aquella escena de Casablanca, cuando los franceses entonaban en Rick´s, el bar de Humprey Bogart, su canción patria como respuesta a las marchas militares entonadas por los nazis.

En Nueva York, la gente se miraba incómoda y sin saber qué hacer.

¿Política, en este simpático reducto de barrio sin pretensión? Encima, en el Upper West, zona de centroizquierda, si la hay, y donde todo patrioterismo queda afuera.

Pero no había razón para preocuparse: cuando la cosa empezaba a ponerse fea, alguien empezó a silbar "New York, New York", y decenas de émulos de Frank Sinatra se sumaron.

Claramente, el único tema capaz de apaciguar -y unir- a todos.

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