Síndrome de la Moncloa

Silvia Pisani
Silvia Pisani LA NACION
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22 de enero de 2002  

MADRID.- Los Pactos de la Moncloa figuran entre las grandes obsesiones de los políticos argentinos de los últimos veinticinco años. Ese audaz, pero sencillo, bloque de compromisos con el que un puñado de dirigentes de fuste se comprometió a fondo para evitar un abismo es hoy el ícono preferido de quienes, a la hora de imitarlos, parecen no estar, como aquellos hombres, a la altura de las circunstancias.

Tanta es la obsesión por el "modelo de la transición española" (como le dicen en nuestro país), que hasta algunos dirigentes peninsulares les han tomado el punto. Por caso, el ex presidente Felipe González no dejó de comentarlo públicamente. "Imagínate la cantidad de veces que me han preguntado por los Pactos de la Moncloa en la Argentina", dijo el domingo último en una mesa redonda en Madrid.

Cualquiera puede deducirlo. Basta observar en esta ciudad el desfile de políticos argentinos para comprobar su pasión por la transición española. Una fiebre que ataca a radicales, peronistas, independientes, gente de centro, dirigentes sindicales. Todos son vulnerables al "síndrome de Moncloa". Se reúnen con sus pares españoles y les preguntan una y otra vez por lo mismo: "el eje..., la clave..., el secreto" de los famosos pactos. Pocas recetas han sido tan repetidas y tan escamoteadas a la hora de hacerlas propias.

Perspectiva histórica

¡Pero si no es tan difícil! El mismo Felipe González, uno de los firmantes y figura favorita entre la dirigencia argentina, se encargó de quitarles misterio. "Los Pactos no son otra cosa que un cambio en el estilo de la relación entre las fuerzas políticas en función de los problemas del país. No tienen un contenido político notable. Punto. Se acabó", dijo el carismático ex secretario del Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Si ésos son los hechos, vayamos a las circunstancias. Es que, vistos con la perspectiva histórica de un cuarto de siglo, los acuerdos fueron semilla de una nueva y eficaz forma de hacer política. Pero el instante mismo de su firma implicó entregas personales en beneficio de una nueva forma de ejercicio de la tarea, basada en su proyección hacia la sociedad.

Es interesante preguntarse, sin embargo, cómo hubiera sido valorada esa mañana del 25 de octubre de 1977 la estrategia personal de cada uno de los diez firmantes (el presidente Adolfo Suárez y dirigentes de distintos partidos), de haber sido medida con la vara de nuestra dirigencia. Porque -quién más, quién menos- todos ellos se levantaron de la mesa habiendo perdido en lo individual. Por ejemplo, el comunista Santiago Carrillo, que por entonces capitalizaba buena parte del enorme malestar social. O los líderes sindicales, que antes de la firma comprometieron su ayuda para frenar el descontento de los trabajadores, tras comprender la necesidad de moderar exigencias salariales para evitar que la inflación se disparara aún más. O Manuel Fraga Iribarne, el líder de Alianza Popular, que podría haber azuzado a los reaccionarios del sistema. O el propio Felipe González, que podría haber apurado su tiempo.

Cada uno en su medida tuvo un enorme gesto de grandeza y de despojo. Todos abandonaron la sala de reuniones del Palacio con la certeza de haber perdido algo importante en lo personal. Quizás irrecuperable. Pero habían pensado en grande y España ganó.

Mesa de consenso

Es difícil asociar, por ejemplo, la grandiosa sencillez de Moncloa con las negociaciones que en nuestro país siguieron líderes políticos para superar la crisis institucional dejada por la renuncia del presidente Fernando de la Rúa. Más de una vez, los argumentos en favor de una u otra salida para ese momento terrible -adelantamiento de elecciones, la designación de un presidente por sesenta días o la designación por consenso de un jefe de Estado para completar el mandato inconcluso hasta 2003- respondieron a estrategias personales para hacerse con el poder. Quizá por ejemplos como éstos es que, como dice Felipe González, la dirigencia española repite una y otra vez a la nuestra la "fórmula" de Moncloa, sin éxito.

Ahora, el presidente Eduardo Duhalde convoca a una mesa de consenso y dice que se inspira en aquellos célebres pactos. Ojalá, tras veinticinco años de preguntar y citar palabras bonitas, la clase dirigente, en su conjunto, haya aprendido la esencia de la lección.

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