Sistema débil, presidentes fuertes

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18 de agosto de 2017  

Las recientes elecciones constituyentes en Venezuela revelan nuevamente la fragilidad del régimen político democrático en ese país y alertan sobre los peligros del hiperpresidencialismo en la región. Como Fujimori hace más de veinte años, Maduro efectuó un autogolpe por medio del cual derribó una institución fundamental de la democracia, el Parlamento. Mientras uno lo hizo con tanques, otro lo logró por medio de las urnas. Si bien éstos son casos extremos, señalan falencias que la región no ha subsanado desde el retorno de la democracia.

Lo que convierte en superpoderosos a los presidentes latinoamericanos no es su capacidad de eternizarse en el poder, sino por lo que efectivamente pueden hacer mientras ocupan su cargo, cosas con las que ni siquiera soñarían los presidentes estadounidenses o los primeros ministros europeos.

Crédito: Javier Joaquin

En primer lugar, ostentan la capacidad para cambiar las reglas del juego político, incluso las más básicas. El politólogo Gabriel Negretto señala que en América latina las constituciones cambian más frecuentemente que en cualquier otra región del mundo. Fujimori, Menem, Chávez, Morales, Uribe, Correa y Ortega, entre otros, modificaron las reglas para extender sus mandatos, a veces por medios inconstitucionales.

En segundo lugar, los presidentes latinoamericanos tienen mucha mayor capacidad de moldear la política doméstica unilateralmente que sus pares norteamericanos. Pensemos, por ejemplo, cuánto tardaron Menem o Kirchner en privatizar y reestatizar, respectivamente, el sistema previsional argentino y cuánto le costó a Obama, y ahora a Trump, aprobar módicos cambios al sistema de salud.

En tercer lugar, en la región, son limitados los medios de control efectivo del Poder Ejecutivo, ya se trate de instituciones formales, como las cortes o el Congreso, o informales, como las protestas callejeras. Por un lado, el Poder Judicial rara vez investiga, y menos sanciona, a los presidentes latinoamericanos durante su mandato. En el mejor de los casos, mucho tiempo después. Para muestra basta un botón: Menem fue condenado 18 años después de dejar su mandato, y aún sigue libre.

En cuanto a la capacidad de control que tiene el Poder Legislativo, la variación entre países es importante. En Brasil, por ejemplo, el poder de negociación del Congreso aumenta por la necesidad del presidente de armar un gobierno de coalición, debido a la fragmentación del sistema de partidos, lo cual no ocurre en países donde las mayorías parlamentarias son más fácilmente obtenibles. Sin embargo, lo cierto es que, en América latina, los presidentes tienen los resortes institucionales y la capacidad técnica para definir la agenda legislativa.

La movilización ciudadana no es necesariamente un freno deseable o efectivo al poder presidencial. Si bien puede funcionar como vía de recambio de presidentes impopulares -análoga al voto de no confianza en los sistemas parlamentarios-, este tipo de salidas conlleva altos costos, no sólo de inestabilidad política y económica, sino de vidas humanas. En Venezuela, el Caracazo provocó miles de muertos, mientras que las manifestaciones contra Maduro ya se han cobrado cientos de víctimas, pese a lo cual el gobierno persiste y la democracia se extingue. En la Argentina, decenas de personas fueron asesinadas en las protestas que precedieron la renuncia de De la Rúa en 2001. Presidentes bolivianos y ecuatorianos se han ido de forma igualmente traumática. A diferencia del voto de desconfianza parlamentario, las interrupciones presidenciales latinoamericanas conllevan crisis económicas y violencia social, justamente porque son medidas de última instancia, cuando los frenos constitucionales no funcionan. En este sentido, reflejan la debilidad del sistema presidencialista más que su capacidad de autocorrección.

No todos los gobiernos de la región son democracias débiles y mucho menos autoritarismos presidenciales, pero el hecho de que los presidentes latinoamericanos no puedan hacer siempre lo que quieran no es una prueba de fortaleza institucional en la región. Muchos presidentes latinoamericanos aún conviven con un Poder Judicial servil y un Legislativo aletargado, y dejan a la ciudadanía pocos espacios para frenar sus ambiciones, salvo mecanismos potencialmente violentos que poco contribuyen a la estabilidad institucional y al fortalecimiento de la democracia.

Fernández Milmanda es socióloga y candidata a doctora por universidad de Harvard; Flom es doctor en Ciencia Política (Universidad de California, Berkely)

Belén Fernández Milmanda y Hernán Flom

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