Sociedad ignorante

Más de 73 millones de niñas en todo el mundo no terminarán sus estudios primarios. Para muchas familias pobres, educar a una hija es malgastar tiempo y dinero
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19 de marzo de 2000  

NUEVA YORK

Shalina es una niña de Bangladesh que está por terminar la escuela. No obstante, para Shalina, nunca existirán los nervios típicos anteriores a la rendición de los exámenes, ni la inscripción en la universidad, ni diplomas, ni planes para realizar una carrera profesional. Tampoco habrá una graduación. Shalina tiene 13 años y está a punto de unirse a los más de 73 millones de niñas de todo el mundo que no completarán sus estudios escolares.

Para los padres de Shalina, y para millones de otros padres como ellos, educar a una hija es malgastar tiempo y dinero. Ellos casaron a su hija mayor a los 15 años, después de decidir que usarían sus escasos recursos para la educación de su hijo varón, postergando la formación e instrucción de sus hijas. Shalina acostumbraba a preocuparse por estudiar las lecciones y superar las pruebas, pero ella está mucho más preocupada por el matrimonio y la crianza de sus hijos, aunque sabe que deberá hacerlo mientras aún es una niña.

Shalina soñaba con ser médica, pero debe dedicarse a limpiar casas durante el día y a cuidar niños durante la noche. Shalina era una niña feliz, pero ahora empieza a lamentarse de no haber nacido varón. A Shalina y a los 73 millones de niñas no sólo se les ha negado una posibilidad que muchos de nosotros tomamos como un derecho garantizado. No se les otorga un derecho humano fundamental, reconocido y establecido en los instrumentos internacionales firmados por sus propios países, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención de los Derechos del Niño: me refiero al derecho a la educación.

Suele decirse que la educación da poder a las niñas porque fortalece su confianza y las capacita para tomar decisiones adecuadas y fundamentadas sobre temas importantes para sus vidas. Los lectores de este artículo pueden pensar que dicha afirmación se refiere a la educación universitaria, a los ingresos o al cumplimiento de una carrera. Pero para la mayoría de las niñas del mundo se trata de algo mucho más elemental. Se trata de no ser forzadas a casarse cuando todavía son adolescentes; se trata de poder decidir la procreación de los hijos de manera que ni su vida ni su salud se vean dañadas; se trata de poder contar con el cuidado médico necesario para sus hijos y para ellas; se trata de poder contar con un cuidado adecuado y buena nutrición para los hijos, o de asegurarse que sus hijos concurran, como mínimo, a la escuela primaria.

Se trata de ser capaces de conseguir un ingreso cuando las mujeres que las precedieron no pudieron hacerlo; de conocer sus derechos y de gozar de ellos cuando sus predecesoras ni siquiera supieron que tenían derechos; se trata de educar a sus hijos para que hagan a su vez lo mismo con los que vengan después. Se trata de comenzar a detener una espiral de pobreza y de falta de poder de decisión. Se trata, en definitiva, de asegurar una vida decente para toda esta generación y para las generaciones que la sucederán.

La educación es, básicamente, una inversión que brinda mayores beneficios que cualquier otra. La educación es lo que hace posible el progreso de comunidades, países y continentes. Es la forma más efectiva de invertir en la defensa de una sociedad.

¿Por qué, entonces, a millones de niñas se les niega el acceso a la educación? En muchas sociedades, las mujeres son marginadas sistemáticamente, y cuando las catástrofes golpean -enfermedad, conflicto o lo que fuere- ellas cargan con la peor parte.

Nada ilustra mejor esta realidad que el impacto del SIDA. Las niñas son habitualmente quienes tienen que cuidar a un miembro enfermo de la familia y, simultáneamente, ayudar al sostenimiento de la casa. Como consecuencia no pueden ir a la escuela, ni acceder a la información acerca de cómo protegerse del contagio del virus. Privadas de educación, corren el riesgo de ser forzadas por hombres mayores a tener relaciones sexuales o de iniciarse en la prostitución y, por lo tanto, a contraer el virus. Muchas veces pagan con su vida el precio de no haber podido ir a la escuela.

Si queremos cambiar este cruel e injusto estado de cosas tenemos que hacer algo más que construir aulas. Debemos acabar con los prejuicios que llevan a los padres a no enviar a las niñas a la escuela. Y una vez que están en la escuela debemos asegurarnos de que las escuelas las preparen para hacer frente a los desafíos de la vida, desarrollando sus programas de estudio, utilizando los libros de texto escolares y aprendiendo actitudes que pongan énfasis en la enseñanza de comportamientos y contenidos dirigidos a poder desempeñarse en la vida. Pero el primer paso debe ser que las sociedades reconozcan que educar a las niñas no es una opción, sino un paso necesario e ineludible.

En Oriente Medio, unos pocos países casi han logrado reducir la brecha de género en la escuela primaria. Otros países de la región han empezado a reconocer que necesitan educar a las niñas, aunque sólo sea como forma de asegurarse una fuerza laboral entrenada y calificada.

Algunos países africanos también han progresado en la reducción de las diferencias educacionales de género. Malawi ha bajado el costo directo de la escolarización eliminando la cuota escolar y aboliendo la obligación de usar uniforme. Guinea ha reducido la carga del trabajo doméstico para las niñas proveyendo molinos mecánicos a las familias de agricultores. También introdujo regulaciones para que los niños y las niñas compartan las tareas escolares, y una legislación que tipifica como delito el hecho de forzar a las niñas a casarse antes de haber realizado y concluido al menos nueve años en la escuela.

Se trata de ejemplos alentadores. Pero no son suficientes porque son individuales e inconexos. Se necesita una estrategia coordinada que se adapte al tamaño de este desafío. Necesitamos que todos aquellos que posean poder de decisión para cambiar este estado de cosas se unan en una alianza para la educación de las niñas: gobiernos, grupos de voluntarios, comunidades locales, escuelas y familias. Por eso las Naciones Unidas están a punto de lanzar una nueva iniciativa global a favor de la educación de todas las niñas.

En el siglo XII, el filósofo árabe Ibn Rushed afirmó que "una sociedad que esclaviza a sus mujeres es una sociedad destinada a la decadencia". Novecientos años después, tenemos la oportunidad de demostrar que una sociedad que da poder a sus mujeres es una sociedad que asegura su progreso.

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