Sr. Cinco, espía muy particular

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
(0)
28 de octubre de 2000  

EL alboroto ha cesado y ya no hay impedimento para ventilar un secreto: si Fernando de Santibañes actuaba a contrapelo de los sabuesos de la CIA y del FBI, si ansiaba ser reconocido como Señor Cinco, mote dado al espía autóctono de más alto rango, era sólo para ocultar su verdadera ocupación, la de amigo de ley, consultor botánico y oráculo financiero de su tocayo el Presidente. Hay que decirlo, Santibañes supo aquilatar esos méritos mucho antes de fingirse agente de inteligencia, al cabo de frecuentes y discretísimos encuentros con Fernando de la Rúa, ligustro por medio en sus quintas linderas, en Villa Rosa, cerca de Pilar.

De ninguna otra manera puede explicarse que, hasta que presentó su renuncia a la jefatura de la SIDE, hace ocho días, Santibañes demostrase tan fervoroso apego a la notoriedad: durante diez meses, casi no pasó jornada sin que ofreciera testimonio de cuán intensas eran sus actividades y, a la vez, cuán desvinculadas estaban de la función por la que el erario le pagaba un sueldo. Cabía prever que un agente de inteligencia así de locuaz y extrovertido, tan sutil en sus apreciaciones políticas como Guillermo Nimo lo es un sus apreciaciones futboleras, acabaría tildado, con más propiedad, de agente de desinteligencias en la cúspide del poder.

Finalmente, de nada sirvió que recurriera a pelucas y narices postizas cada vez que cedía a la tentación de fustigar a la Alianza o de fisgonear las enrojecidas cuentas de José Luis Machinea: fue descubierto, tuvo que dimitir y ahora quizá le entable querella al bazar de chascos y artículos de cotillón, proveedor habitual de la SIDE, porque esos adminículos no le garantizaron el incógnito.

En las antípodas

Caso raro el del espía Santibañes. En Estados Unidos, los amos de la CIA y del FBI son parcos, se comportan como monjes de clausura y rara vez prestan su voz y su efigie al bullicio mediático. John Edgar Hoover dirigió el Federal Bureau of Investigation desde 1924 hasta su muerte, en 1972, y durante esos cuarenta y ocho años se jactó de merecer fama de sujeto insondable y más bien siniestro. Si ningún gobierno osó jamás despedirlo fue porque Hoover llevaba prolijo registro de cuanto chanchullo o picardía íntima involucraba a sus compatriotas más prominentes. En su libro Los mil días , Arthur Schlesinger, asesor del presidente John Kennedy, cuenta que la invasión a Cuba (Bahía de Cochinos, abril de 1961) fue perpetrada por la Central Intelligence Agency, que presidía un tal Allen Dulles, casi a espaldas de la Casa Blanca. Schlesinger pone en boca de Kennedy estas palabras:"No puedo apreciar lo que Dulles quiere decir cuando me dice algo. Es un fantasma, y es difícil dialogar con fantasmas".

Qué pena, Santibañes no se adecuaba al paradigma del espía ortodoxo. Como se sabe, operar en la ambigua sombra, a extramuros de la notoriedad, proporciona beneficios aun a gente dedicada a otros menesteres, como el de traficar armas o cocaína, como el de sobornar o aceptar soborno. Está probado que la pérdida de la condición de fantasma lo vuelve a uno vulnerable, puede precipitar hechos horrendos y luego, por ejemplo, dar origen a la consigna de "investigar hasta las últimas consecuencias". ¿Existe, hoy y aquí, promesa más vana?

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.