Sueños de progreso: Africa se ilusiona con Obama

El surgimiento del fenómeno Obama en la política estadounidense y su nominación presidencial han provocado una ola de optimismo en Kenya y en buena parte de un continente africano hundido en el atraso, las enfermedades y la violencia tribal. Inspiradora, liberadora de la imaginación y la esperanza, la suya se alza como una figura a emular para pueblos resignados a la dominación blanca y al lugar secundario que les deparó la historia
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31 de agosto de 2008  

Rezo para que Barack gane. Y si tuviera dinero, se lo daría. Cuando sea presidente nos ayudará a todos". Sarah Obama, de 86 años, la abuela negra del candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, es cristiana, devota y pobre. La anciana no tiene ni dinero ni estudios, pero sí mucha confianza en la victoria electoral de su nieto, la celebridad de Kenya, el nuevo estandarte africano. "Musawa [¿cómo está?]. Pase, pase". Sarah vive en una casita de ladrillo y uralita de Kogelo, 500 kilómetros al noroeste de Nairobi, cerca del lago Victoria.

El mediodía es tórrido y luminoso en la aldea agrícola de la región de Kisumo, a tono con los rojos, verdes y azules del vestido de la abuela más famosa del mundo. Un joven muele maíz en una solana cercana a los sacos de la despensa doméstica. "En esa foto, Barack me ayuda a cargar un saco de grano. Es muy despierto y educado. Sabe escuchar. Si gana, iré a verlo, aunque estaré poco tiempo". Fotografías de la estirpe Obama cuelgan de las paredes de una habitación humilde y limpia. Varios pasquines recuerdan la campaña electoral norteamericana, y la convención demócrata de Denver, que esta semana proclamó candidato presidencial a Barack Obama, de 47 años, la gran esperanza negra.

Sarah es la abuela de verdad, la de la crianza, porque la de sangre, Akumu, madre de Barack Hussein Obama, el padre del senador de Illinois, abandonó el hogar y los malos tratos de su marido cuando la prole aun tomaba el pecho. Poco después se casó con un tanzano que la había comprado a sus padres por seis vacas y la promesa de otras seis.

"¿Habla usted con su nieto por teléfono?". "No, porque él no habla luo [el dialecto de la etnia luo, a la que pertenece la familia] y yo no hablo inglés", admite Sarah. La octogenaria vive al día, como la mayoría de sus 35 millones de compatriotas, que se alzan en aleluyas cuando se les pregunta por Obama. Que los blancos norteamericanos, los descendientes de los esclavistas, votasen a un negro activó una revolución mental en Africa, todavía hundida en el atraso, las enfermedades y el machetazo tribal. La vida no es fácil en el continente de los masai y el Serengueti.

Los ancestros del periodista afronorteamericano Keith Richburg, ex corresponsal en Nairobi de The Washington Post , fueron embarcados a punta de látigo hacia los buques negreros y esclavizados en las plantaciones algodoneras del Nuevo Mundo. Richburg no tiene sino palabras de agradecimiento para la trata que engrilló a sus parientes en aquellas travesías oceánicas rumbo a la infamia: a él le permitió nacer en EE.UU. y no en Africa. "¡Gracias a Dios soy estadounidense!", escribió en su libro Out of America. A black man confronts Africa . El escándalo fue mayúsculo. Hastiado por la hipocresía y la mentira, harto de ver cadáveres, el periodista reaccionó airadamente ante sus críticos: "Hablenme de Africa y de mis raíces negras y de mis vínculos familiares con mis hermanos africanos, y les hundiré la nariz en las imágenes de carne putrefacta".

Los ancestros de Barack Obama no fueron esclavos, pero debieron rendir vasallaje a la racista administración británica en Kenya (1888-1963), país que el candidato demócrata visitó por primera vez a los 26 años para "encontrarse" con Africa, como Richburg, y acercarse a la figura del padre y al flanco negro de su identidad. Después de ver lo que vio, cabe pensar que el nuevo ídolo africano también celebró haber nacido en Estados Unidos.

Durante sus tres viajes a Africa, en 1987, 1994 y 2006, el senador conoció a su abuela Sarah, a sus parientes africanos, y se asomó a la realidad de los países atrapados por la inestabilidad y el hambre: el punto de partida de los cayucos varados en las playas de Canarias y de los braceros acuchillados por las alambradas de Ceuta y Melilla. Con el 60% de la población total africana, los países subsaharianos apenas generan el 20% del PBI, el 46% de su población tiene menos de 15 años y sólo dos tercios están escolarizados. Los universitarios que pudieron emigraron al extranjero, como el padre de Obama, que vivió en EE.UU. pero regresó a Kenya, donde murió en un accidente de tránsito a los 46 años, triste y fracasado, casi alcohólico.

Otros tuvieron mejor suerte, pero Ghana, Mozambique, Kenya y Uganda perdieron hasta la mitad de sus licenciados en beneficio de los países ricos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). "Africa necesita que Obama gane, necesita recuperar su orgullo y autoestima", dice Boniface Gakuo, de 35 años, profesor, guía durante el recorrido por el asentamiento chabolista de Kibera, en Nairobi, que obliga a usar la máscara de oxígeno para no caer fulminado por la pestilencia. Obama, su esposa, Michelle, descendiente de esclavos, y sus dos hijas lo visitaron el 27 de agosto de 2006. Más de un millón de personas penan en sus callejones, sin agua corriente ni desagües, con ingresos mensuales de 30, 50 o 70 euros. Viven en ratoneras alejadas de las mansiones de la plutocracia nacional y de los diputados de la patria, que perciben sueldos de 8000 euros por mes, amén de dietas y prebendas. La gente se gana la vida como puede y la profesión de delincuente cotiza en alza. Una mafia habilitó algunas chabolas como salas de pornografía para espectadores de siete y ocho años, niños que pedían dinero a sus padres para ir al cine, según descubrió la policía hace pocos días.

"Todo el mundo necesita una oportunidad para prosperar, para comer, para vestir, para montar un negocio", animó Barack Obama a los habitantes del chiquero. Pero los míseros apenas encuentran oportunidades en Africa. El errático crecimiento democrático y macroeconómico de sus naciones, los avances registrados en algunos derechos fundamentales apenas disimulan las huellas de las descolonizaciones a tiros, los cuartelazos, las autocracias, los genocidios, la corrupción y la desesperanza.

Sobre las causas de esas plagas bíblicas leyó mucho el senador antes de viajar a Nairobi y ser recibido como un mesías. Dos años después de su última visita, quienes lo escucharon en Kibera lo invocan magnánimo, muñidor de negocios fabulosos entre Estados Unidos y Kenya si llega a la Casa Blanca. "Es de los nuestros y no podrá olvidar que vivimos comidos por las ratas y el sida. Lo ha visto con sus ojos", dice David, de 24 años.

Sensibilidad racial

Estragada por la historia y los propios errores, Africa necesita un triunfo que le levante el ánimo, una victoria que pueda considerar propia. Y el negro Barack Obama puede dársela en noviembre. También la reclaman los afronorteamericanos de Minnesota, Washington o Alabama, ilusionados con los vientos de cambios y el simbolismo de los nuevos comportamientos en colegios o familias. Adolescentes avergonzados por la jerga africana de sus padres reflexionan ahora sobre sus orígenes al comprobar que el político negro no sólo no oculta sus raíces, sino que además los abrazó sin complejos.

La sensibilidad racial del ídolo le llegó de niño, mientras leía en la revista Life el anuncio de una crema blanqueadora de la piel. Su encuentro con la etnia luo fue también temprano e impactante. El revolcón ocurrió en la biblioteca pública de Honolulú. "Los luo criaban cabras y vivían en chozas de barro y se alimentaban con maíz, batatas y algo que se llamaba mijo", escribió Obama en Sueños de mi padre , publicado en 1995. "Su traje tradicional era un pareo de cuero que cruzaba la entrepierna. Dejé el libro abierto encima de la mesa y salí sin despedirme siquiera del bibliotecario". Salió corriendo para procesar su parentesco con el tribalismo ribereño del Nilo, asentado después en las praderas de Kisumu, en chozas de barro y paja, junto a los bambúes y el avestruz. "Yo me evadía [con alcohol y marihuana] porque quería ahuyentar las preguntas que me atormentaban. ¿Qué significa ser mestizo? ¿Por qué los blancos me consideraban un negro y los negros me miraban con desconfianza?", se pregunta en sus memorias. "¿Cómo podía ser útil en una sociedad que no parecía aceptarme? Jugábamos en el terreno de los blancos, con las reglas de los blancos. Si el decano, el entrenador, el profesor quería escupirte en la cara, podía hacerlo". La única opción era el enclaustramiento en el propio rencor. "Y la ironía final es que si te negabas a aceptar la derrota y te enfrentabas a ellos, tenían un nombre para ti: paranoico, extremista".

Una beca de su padre en EE.UU. determinó la epidermis café con leche del político que esta semana fue proclamado candidato en el Estado de Colorado, muy lejos de un continente entusiasmado con la posibilidad de que uno de los suyos gobierne la nación más poderosa del planeta, cambie la correlación de fuerzas y regrese al rescate de Africa.

"EE.UU. hará lo mismo de siempre", anticipó Richard Dowden, director de la Sociedad Real Africana. Puede que así sea, pero mientras tanto, bautizos, cervezas, camisetas, pegatinas, rótulos y titulares vitorean en Kenya a "nuestro león". "Su victoria sería un paso fundamental hacia la eliminación del racismo en un país que lo practica tanto como es Estados Unidos", según el analista Alí Mazrui. La emergencia del fenómeno Obama en el firmamento político estadounidense ha causado en Africa una catarsis íntima, existencial, liberadora. El diario The Nation afirmó que su éxito será la confirmación de que un negro puede ser lo que quiera si trabaja duro, es inteligente y tiene suerte. No es tan optimista el columnista ugandés Timothy Kayegira: el discurso de Obama dirigido al lobby proisraelí de EE.UU. debería abrir los ojos de quienes imaginan que compartirá estrictamente los intereses de los negros o de Africa. "Prepárense para que Obama los desilusione mucho", escribió.

El azar y la pobreza, no el esclavismo, estableció la hoja de ruta del político mulato. El padre, nacido en Kogelo, recibió una de las primeras ayudas para completar estudios en universidades norteamericanas. Mientras asistía a clases en Hawaii, a los 23 años, conoció a Ann Dunham, blanca como la leche, de 18 años, nacida en Kansas, con la que se casó en 1960. Poco después nació Barack, pero cuando el crío apenas tenía dos años, su padre viajó a Harvard para cursar un máster en Economía. A continuación regresó, siempre solo, a Kenya, donde lo esperaban su primera mujer, Kezia, embarazada, y otro hijo. Pocos lo sabían. El niño de Honolulú no volvería a ver a su padre hasta ocho años después, durante la fugaz vuelta a Estados Unidos del progenitor para ver a su hijo y a la chica de Kansas, y también encandilar con sus historias sobre el Mau-Mau, los ancianos luo y las grandezas del Africa profunda.

Durante el viaje iniciático de Obama de 1987, Sarah le habló mucho de su padre y de su abuelo Onyango. "Mire, el hombre de las gafas en la foto es su padre", señala la abuela. ¿Y su marido, el abuelo? Su abuelo fue un hombre autoritario, cumplidor de las tradiciones tribales, entre ellas la poligamia y las palizas. "Pagó la dote de varias jóvenes, pero cuando se mostraban perezosas o rompían algo, las apaleaba sin miramiento". El patriarca se opuso a la relación de su hijo con una mujer blanca, con Ann, aunque en algunos aspectos fuera un admirador de los blancos, de la organización británica colonial. "El africano es un asno", le decía a Sarah. "Para hacer cualquier cosa necesita que lo apaleen". El abuelo fue cocinero, soldado del ejército británico e islamista.

"No podemos borrar esa conexión de la vida del candidato. Su padre también fue musulmán hasta que se decidió por el ateísmo", explica el analista Otuma Ongalo, aludiendo a los supuestos esfuerzos del candidato por apartarse del Corán, frecuentemente asociado al terrorismo. "Y aunque no practique el islam, tiene lazos con el islam, como los tiene con Kenya y Africa aunque nunca haya sido kenyata o africano."

La anciana, al tanto de la dinastía bajo escrutinio, dice que su nieto es cristiano, pero consagra la libertad de culto. La mujer atiende amablemente a los viajeros de buena fe interesados en sus emociones y las raíces del abanderado demócrata. Desde su adolescencia, Obama ya sabía que era muy tarde para reclamar Africa como hogar, y como confesión, dijera lo que dijera su padre. El viejo fue "bastante cabrón", según el gráfico comentario de una norteamericana que lo conoció íntimamente. Se refería, presumiblemente, a las irresponsabilidades atribuidas a Barack padre, a su vida turbulenta y rebelde, vapuleada por los contratiempos y las frustraciones. Barack Hussein estudió por correspondencia, animado por dos monjas estadounidenses, y fue aceptado en la Universidad de Hawaii. "Nadie sabía dónde estaba Hawaii, pero no le importó. Dejó conmigo a su esposa [Kezia], de nuevo embarazada [de una niña, Auma], y a su hijo, y en menos de un mes se había marchado", relató Sarah en la biografía del senador.

Expectativas frustradas

Auma es su hermana más cercana, a la que conoció personalmente en Chicago hace más de veinte años, poco después de la muerte del padre. "Fue como si nos conociéramos de toda la vida". Auma, temperamental y directa, trabajadora social en Kenya, no quiere hablar mucho. "La familia está hasta las narices de los periodistas", señaló un corresponsal extranjero en Nairobi. La familia es numerosa, entre hermanos, tías, cuñados, primos y sobrinos, y la casa natal, un santuario que los niños señalan con el dedo antes de que el visitante pregunte dónde está.

La figura del padre, pastor de cabras en sus años juveniles, obsesionó a Barack Obama, que quería saber todo sobre el africano que le dio la vida, sobre un hombre intelectualmente brillante, generoso, mujeriego, caótico en su mundo personal y familiar. Tuvo muchas parejas, algunas a salto de mata y otras sacramentadas, como Ann y Ruth, norteamericanas. En total, seis hijos y una hija, Auma, llamada a desempeñar funciones importantes en las relaciones de EE.UU. con Africa si su hermano gana la presidencia.

Inicialmente, Barack Hussein padre prosperó en la petrolera Shell, protegida por el gobierno. Impresionaba al volante de automóviles de lujo, impecable en sus trajes de sastre. Durante ese periodo se casó con Ruth, dejó la petrolera y entró en el Ministerio de Turismo. Sus aspiraciones políticas lo mataron porque las hizo saber y chocó en la liza con los funcionarios más incompetentes y peligrosos de la etnia gobernante, los kikuyo, rivales de los luo. Lo sacaba de quicio la ignorancia al frente de los ministerios o las direcciones generales. Corría la primera década poscolonial, y la pertenencia a uno u otro pueblo determinaba el triunfo o el fracaso. Barack Hussein Obama fue apartado de la administración, y del chorro del dinero oficial, con el estigma de conflictivo. Nadie le dio trabajo, ni en la administración, ni en los consorcios extranjeros, alertados. Vendió el automóvil, vendió lo que pudo, se dio a la bebida y acabó deprimido, susceptible y violento. Durante el encuentro de Chicago, Auma compartió con su hermano detalles sobre el progresivo deterioro del padre. Soñaba con recuperar a Barack y a su madre, la chica de Kansas, abandonada en Honolulú. La relación con Auma tampoco fue cariñosa. La joven consiguió una beca de estudiante en Alemania y se fue sin decir adiós a su padre.

Barack Obama volvió a Africa hace veinte años, a Kogelo, a la casita de acacias y mangos donde lo esperaba su abuela. Lloró hasta la sequedad lacrimal junto a la tumba del padre, y percibió entonces que el círculo se cerraba. Comprendió, según propia confesión, que su vida en América, la sensación de abandono sentida de joven, las frustraciones y esperanzas estaban ligadas a la parcela africana con los restos de sus mayores.

Dos decenios después, junto a la casa de la abuela, tres jóvenes que se dicen primos suyos afirman que todo el pueblo, toda Kenya, toda Africa, y la gente de progreso, los 350.000 keniatas afincados en EE.UU., esperan su triunfo como agua de mayo. "Pero fíjese usted cómo son las cosas: por aquí han venido a pedir entrevistas con Sarah periodistas que apoyan a McCain. ¡Qué desvergüenza!".

Por una razón u otra, la mayoría de los africanos apoyan al senador de Illinois, incluido el musulmán Salim, de 22 años, mozo, convencido de que la alianza política entre EE.UU. y Kenya "destruirá a nuestro país". Igualmente quiere que gane porque, "aunque se lleva bien con los judíos, al menos sacará a las tropas de Irak y los musulmanes seremos menos perseguidos en todo el mundo". Todos esperan algo del compatriota de raza en Chicago; todos sueñan con transformaciones profundas en sus vidas si la Casa Blanca aloja, por fin, a un presidente negro. Organizar un debate público sobre cuáles pueden ser sus intenciones es fácil: una cerveza, o dos, en el centro de Nairobi o en sus arrabales. La coalición de fuerzas, la admiración por Obama y el fermento vegetal sueltan las lenguas y la imaginación de los tertulianos en un bar próximo al mercado central:

-Lo primero que hará será darnos pasaportes a todos los keniatas que lo necesitemos-, dice Benson.

-Y más visados. Pero que también mande algo de dinero para viajar. El viaje es caro-, replica Biko.

-Yo me conformo con que meta en la cárcel a todos los funcionarios corruptos de nuestro país. Entonces sí que tendríamos más dinero. Pero creo que quienes más se van a beneficiar son sus familiares-, remacha Alfred.

-Yo le voy a escribir pidiéndole una beca y me quedaré a vivir en América. Creo que ahora los blancos ya no son tan racistas-, tercia Amos.

La eventual investidura presidencial de Barack Obama adquiere dimensiones épicas, fantásticas, con la ingesta cervecera. Todos lo recuerdan sencillo, magnético, magnífico, convincente durante la visita a Kenya en 2006, acompañado por multitudes que lo aclamaban y compartían con él sus proyectos.

Cameron Doudu, columnista de la revista New Africa , sostiene que el nieto de Sarah ha conseguido liberar el pensamiento de los negros, acogotados por la dominación blanca y resignados "a desempeñar un papel secundario respecto de los blancos en el trabajo, en el colegio, en la vida política o en las relaciones sociales". Barack es el hombre a emular, la fuerza inspiradora. Y aunque Doudu no descarta que pueda resultar un mal presidente, su fuerza mental, su coherencia y determinación ya hicieron historia. "Mi hija ya no podrá decirme que no prospera porque es negra", le escribió una madre.

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