Supervacunados contra la irrealidad

Los argentinos sentimos que hemos cambiado, pero no para ser distintos, sino -paradójicamente- para ser más nosotros mismos
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23 de diciembre de 2001  

¿Cómo será el año 2002?, pregunté días atrás mientras tomábamos café en el comedor de mi casa.

Uno de mis hijos, que siempre se distinguió por su cauteloso pesimismo, me contestó: -Yo me pregunto otra cosa: ¿Habrá 2002?

Me pareció que mi hijo, acaso sin darse cuenta, daba en la tecla mejor que yo. Porque al rebajar al mínimo los decibeles de nuestras expectativas como familia y como nación, al proponer que nos preguntemos simplemente si habrá alguna vez un año llamado 2002, nos estaba diciendo, de un modo misterioso y cósmico, que el simple hecho de que el 1º de enero amanezca deberá ser considerado por sí solo como una afortunada novedad. Es bueno, de cuando en cuando, situarnos más cerca de lo metafísico que de lo doméstico. Sobre todo a la hora de tomar café.

Habrá 2002, desde luego. Y también vendrán, a su turno, el 2003 y el 2004. Y seguirá creciendo, acaso, nuestra inexplicable nostalgia por el siglo XX cambalache problemático y febril, que Discépolo nos metió en el corazón en los tiempos en que el año 2000 parecía marcar el límite detrás del cual aparecería la cara de Dios. Pero ese es un resabio mitológico-cultural reservado a los más viejos, a los que crecimos con tranvía y vino tinto. Las nuevas generaciones no tienen por qué cargar con ese lastre.

Vos rodaste por tu culpa

Está a punto de concluir el año de Osama ben Laden, del riesgo país, de los cacerolazos contra Cavallo, del juicio por la muerte de Rodrigo, de los saqueos a los supermercados, del milagro -que se sigue demorando-de Racing campeón. Año en el que aprendimos lo que significa estar bancarizados o sentirnos, como sociedad, algo así como los campeones mundiales del default.

Como el café se nos terminó, no queda otro remedio que renunciar a la metafísica y retomar la pregunta inicial: ¿Cómo será el año 2002? Si la recesión sigue su curso, habremos batido un record no precisamente envidiable:más de un lustro de parálisis productiva y estancamiento económico. Si sobreviene, en cambio, la reactivación, como yo espero, será para los más jóvenes como si de repente empezase a nevar en Buenos Aires: un delicioso exotismo.

Pero, pase lo que pase, algo me dice que esta vez los argentinos estamos mucho mejor pertrechados que antes para aceptar la realidad y para tomar conciencia de que nuestras vidas y nuestros mundos cotidianos serán siempre, en definitiva, el fruto de lo que nosotros mismos seamos capaces de hacer y de construir.

Durante mucho tiempo -demasiado- insistimos en atribuir nuestros infortunios a fenómenos ajenos a la esfera de nuestra responsabilidad. La culpa era siempre de otros: del imperialismo, de los comunistas, de los estatistas, de los neoliberales, de los peronistas, de los antiperonistas, de los políticos de comité, de los sindicalistas, de los especuladores, de los ricos, de los pobres, de la clase media, de los programas de televisión, de los vendedores ambulantes, de los que nos limpian el vidrio del auto o hacen malabarismo en los semáforos, de los inmigrantes de países vecinos, de los inmigrantes rumanos, de los recolectores de basura, de los asaltantes de taxis, de los taxistas asaltantes, de los travestis, de los fumadores, de los colectiveros. Y de tantos más. A esa xenoculpa -acéptese el neologismo- sumábamos otro vicio: nos creíamos un pueblo rico transitoriamente en problemas y nos obstinábamos en mantener esa superstición aunque nos arrojasen sobre la mesa montañas de carpetas sensatas que probasen lo contrario.

Creo positivamente que todo eso ha empezado a cambiar. Y que con reactivación o sin ella, la Argentina difícilmente volverá a ser la misma. Creo que los últimos años no pasaron en vano. Nos enseñaron innumerables cosas que nos van a servir. Que ya nos están sirviendo. Nos enseñaron, por ejemplo, que ningún país -ni siquiera la Argentina- tiene comprada la seguridad. Y, mucho menos, la felicidad o la riqueza. Nos enseñaron que las Torres Gemelas se pueden caer en cualquier parte: en Nueva York o en Nigeria, en Filadelfia o en la Quebrada de Humahuaca. Que las torres y los mitos residen en las ciudades y en los desiertos, en las regiones montañosas y en las praderas, en las grandes metrópolis y en los pequeños pueblitos. Que las torres y los mitos residen, en rigor, en las conciencias y en las mentes de los hombres.

Mostrate como sos

En el año 2002 los argentinos vamos a saber defendernos mucho mejor de la adversidad económica y social. Nos pasamos el siglo XXviajando de la ilusión al desencanto: del paraíso al infierno, del bienestar por decreto a la miseria por omisión, del dólar recontraalto a la convertibilidad con dólar recontrabajo, de la deuda la paga Dios a la deuda la pagan los jubilados, de la Argentina potencia a la Argentina de la Cava y Ciudad Oculta, del éxito de la convertibilidad al desconsuelo del desempleo, del tango llega a París a Dios es argentino.

Si las crisis humanizan, los argentinos entramos en 2002 supervacunados contra la irrealidad y la intoxicación por sobredosis de autoestima. Ahora sabemos que todo lo debemos esperar de nosotros mismos. Para eso tan simple y tan hondo sirvió todo lo anterior: las frustraciones, los desencuentros, las guerras sucias, la sangre derramada, las hiperinflaciones y las hiperdeflaciones. Y todas las otras "hiper" que se nos fueron ocurriendo mientras vagabundeábamos por la historia.

Ya casi en las puertas de 2002, los argentinos sentimos que hemos cambiado. Pero no para ser distintos, sino -paradójicamente- para ser más nosotros mismos. Nos bajamos de nuestro viejo pedestal y dejamos de mirarnos en los espejos deformantes del Parque Japonés. Esta vez la crisis nos hundió el arpón hasta los riñones. Ya no somos Garufa ni Juan Mondiola. Pero amamos los barcos que trajeron a nuestros antepasados y la voz de Gardel nos sigue conmoviendo.

Desde allí, desde esa aceptación de nuestras limitaciones y de nuestras genuinas riquezas, nos disponemos a pelear el Mundial de Fútbol. Dicen que nos tocó la zona de la muerte. No importa: todavía nos da el pellejo para ganar.

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