Tan al acecho la muerte, tan esplendorosa la vida

Víctor Hugo Ghitta
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25 de noviembre de 2018  

Mírenla, qué bonita está. Cuando llega al restaurante, la recibimos con aplausos desde el fondo del salón. Ella nos devuelve una sonrisa leve que permanece en el rostro el tiempo que le lleva darnos un beso a cada uno de nosotros, sus amigos, un abrazo de gratitud, gestos que no precisan de palabras. Estamos aquí reunidos para celebrar la vida.

Hace algunos meses una médica le ha dicho que padecía una enfermedad terminal. Ha pronunciado esa sentencia sin miramientos, de manera brutal en el silencio apacible y de pronto inquietante del consultorio, ha escuchado el diagnóstico aferrada a la mano de una amiga y con la perplejidad con que escuchan su sentencia de muerte los condenados, ella que ha sido una mujer tan fuerte, capaz de luchar a brazo partido contra cualquier adversidad, y sin embargo siente de pronto que el mundo se desmorona, tan enérgica siempre y ahora tan vulnerable, la vida empieza a veces a esfumarse sin pedirnos permiso ni advertirnos que la fiesta ha de acabar sin que nos demos cuenta.

Ha llegado a su casa devastada, un poco mareada en sus pensamientos tras recibir una noticia inesperada. Ha aguardado a que su hijo llegue a casa, lo ha acariciado un poco más que de costumbre con tal de retenerlo consigo, de dejarse abrigar por él, ella que desde que lo llevó en el vientre lo ha protegido de las hostilidades del mundo y sin embargo precisa en este instante de su resguardo y consuelo. Le ha dicho como ha podido cómo son las cosas, procurando mantenerse entera para no abrirle una herida demasiado honda, que tiene un tumor maligno en el cuerpo, eso le dice sentada en el balcón de su casa, que luchará con coraje, pero quién sabe. Han llorado juntos, cada cual a su manera, buscando consuelo el uno en el otro, ella pensando que no conocerá a sus nietos, qué bobería.

-No te suelto más -le dice él mientras la estrecha en sus brazos. Huele a infancia, piensa su madre, el mismo olor que tenía cuando lo acunaba en sus brazos, el olor de la niñez que regresa ahora con las caricias en la espalda y en la nuca, y en las mejillas húmedas de llanto.

Un tiempo después sus amigos reciben un llamado impensado, uno de los llamados más conmovedores que han recibido en sus vidas: todo ha sido un error, el fruto de malas prácticas médicas, aseguran los últimos exámenes, la oncóloga que atendió su caso ha leído muy mal las imágenes. Escuchamos la buena nueva con asombro y con furia, con un odio que nos era desconocido, incrédulos de que semejante torpeza haya sido posible, y solo después de maldecir a los cuatro vientos por tanta impericia nos reímos como chicos.

Todo ha pasado tan de pronto, lo que demora un chasquido de dedos, la vida y la muerte tan juntas. Pero no merece la pena seguir pensando en esas tonterías ahora que estamos reunidos. Hacemos un brindis al comienzo de la comida, y luego ya no se habla de eso porque sin decirlo todos estamos de acuerdo en que el mejor modo de ahuyentar ese fantasma es no nombrarlo siquiera.

-Tengo que darte un beso a vos, imagino que tuviste algo que ver con esto -le dice ella a su pareja, que es culpable de que todos estemos aquí. Ha sido su manera de decirle cuánto la ama, de ese modo un tanto secreto aunque firme con que aman quienes cultivan, muchas veces a su pesar, la discreción y las palabras medidas. Se dan un beso breve en la boca, ella lo acaricia con la palma de la mano en la mejilla, y todos les auguramos entre bromas una noche encendida después de la cena.

En medio de la comida, cuando salgo a tomar el aire de la noche, recuerdo Las invasiones bárbaras, una vieja película de Dennys Arcand que cuenta la despedida de Remy, a quien le anuncian que tiene una enfermedad terminal. Un grupo de amigos se reúne entonces en una casa frente al mar para despedirlo. Es una larga conversación para darle el último adiós a un amigo. En la escena final, mientras la mujer que lo ha cuidado prepara las jeringas que llevarán a su cuerpo ya vencido la medicina que acabará con su vida (la película es, entre otras cosas, una reflexión sobre la eutanasia), cada uno de ellos lo despide, en algunos casos sin que medien palabras, con solo mirarlo. El último en hacerlo es su hijo, con quien acabó por reencontrarse y saldar cuentas tras una relación tormentosa.

Cuando regreso a la mesa, ella ríe. Me hace una broma. Qué susto nos hemos dado. La muerte ha estado al acecho y la hemos burlado. El mundo es más luminoso ahora, con una copa en la mano, entre amigos. Y ella sonríe. Otra vez, sonríe.

PLAYLIST - Mientras escribí este texto, escuché: Songs Without Words, Murray Perahia, piano. Mendelssohn, Schubert, Liszt, Bach, Busoni

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