Tantos riesgos como oportunidades

Tras la crisis, China, India y otras potencias emergentes se perfilan como protagonistas de la economía y el comercio mundiales Néstor O. Scibona Para LA NACION
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27 de diciembre de 2009  

Para la economía internacional, la primera década del nuevo siglo está aportando la confirmación de varias tendencias estructurales y un golpe demoledor del cual el mundo se está recuperando en los últimos meses, no sin riesgos por delante: la peor crisis global de los últimos 80 años, que tuvo como epicentro al sistema financiero de los Estados Unidos y se expandió rápidamente al resto de los países.

A fines de 2009, la economía mundial está saliendo de este terremoto con características similares a las que había ingresado. Hoy los países emergentes -con China, India y Brasil a la cabeza- crecen al doble de velocidad que los países desarrollados.

No es casualidad esta reactivación en dos velocidades del PBI mundial. En el quinquenio previo a la crisis financiera (cuando la economía y el comercio internacional habían registrado una expansión sin precedente), el PBI mundial creció a un promedio de 4,7% anual. Pero mientras los países emergentes lo hicieron a un promedio de 7,4% anual, en los desarrollados la suba fue del 2,7%. En otras palabras, los primeros explicaron casi 65% del crecimiento de la economía mundial en el período 2003/2007.

Luego vino la crisis de las hipotecas subprime en los EE.UU. (mediados de 2007) y un año más tarde el pánico se apoderó de los mercados cuando la Reserva Federal dejó caer a Lehman Brothers en medio de la peor crisis del sistema financiero capitalista, que dejó al mundo sin crédito y a casi todas las economías en recesión simultánea. La globalización mostró así su peor cara.

Como en toda crisis, las explicaciones son multicausales. Los EE.UU. habían acumulado enormes déficits en cuenta corriente, catapultados además por una política de bajas tasas de interés para estimular la demanda, mientras el sistema financiero creaba nuevos y exóticos instrumentos para multiplicar el crédito. Esta virtual "cadena de la felicidad", sin regulaciones a la vista, aumentaba en forma irreal el valor de los activos. Hasta que la burbuja se pinchó. Si los países centrales pudieron evitar una gran depresión como la que siguió a la crisis de 1929, fue porque aprendieron la lección: en lugar de restringir la liquidez, inundaron de moneda (con estímulos fiscales nunca vistos y tasas cercanas a cero) a las principales economías y coordinaron el salvataje de bancos para achicar el pánico, hasta tanto se depuraran los activos "tóxicos" y la actividad y el comercio internacional volvieran a recuperarse.

Hoy el mundo se encuentra en plena transición y a la espera de una "sintonía fina" para aquellas políticas expansivas. Si se levanta demasiado rápido el pie del acelerador, se corre el riesgo de recaer en la recesión. Si se tarda mucho, el problema será una suba de inflación. Mientras tanto, poco se avanzó en las regulaciones financieras cuya ausencia abrió las puertas a esa crisis monumental.

Contra lo que se suponía en los 90, los países emergentes -incluida la Argentina- salieron mejor parados que los desarrollados, porque la crisis los encontró esta vez con políticas económicas más sanas (superávits fiscales y externos, endeudamiento manejable). De ahí que, apenas pasó el pánico, comenzaron a atraer buena parte de la enorme liquidez que generaron en el mundo las políticas expansivas de salvataje, redujeron sus niveles de riesgo, apreciaron sus monedas y pueden financiarse a bajo costo. Esto ayuda a que sus economías crezcan al doble de velocidad que los países desarrollados y aumenten su demanda externa. La Argentina es un caso especial: se beneficia con la mejora en los precios de las materias primas y la depreciación del dólar, pero su aislamiento financiero hace que tenga cerrado el crédito externo voluntario.

Pero al margen de estos reacomodamientos post-crisis, en esta década se consolidaron cambios estructurales que no pueden pasarse por alto como oportunidad para la Argentina. La expansión económica de China e India -que sólo tuvo una pausa entre fines de 2008 y mediados de 2009- hace que millones de personas salgan de la pobreza y se incorporen al circuito de consumo, principalmente de alimentos con creciente valor agregado. Según estimaciones del Banco Mundial, en la próxima década habrá en el mundo casi 600 millones menos de pobres que en 2009/2010. La cifra bajaría de 2400 a 1800 millones de personas (que viven con menos de 2 dólares diarios), de las cuales más de la mitad se ubica en China, India y otros países asiáticos. Si a ello se agrega el aumento demográfico, los "nuevos" consumidores treparían a más de 1.200 millones de personas hasta 2017.

Con un crecimiento demográfico conservador, sólo China tendrá en el año 2025 un consumo adicional de 135 millones de toneladas anuales de alimentos, de los cuales más de un tercio corresponderá a soja y un 22% a carne de cerdo. Incluso como producto de la crisis global, en la actualidad existen 32 países en emergencia alimentaria y, según un reciente estudio de la CEPAL, sólo la Argentina y Brasil estarían en condiciones de resolver el problema del hambre en el mundo si duplicaran, sin desatender su consumo interno, su actual producción de alimentos.

En el futuro argentino, entonces, la FAO podría tener más importancia que el FMI; China e India tanta como los países industrializados y Brasil y México más que todo el conjunto latinoamericano para exportación de productos manufacturados.

A estas perspectivas se podría sumar la exportación de biocombustibles; biotecnologías alimentarias; energías "verdes" o renovables; productos industriales de desarrollo propio (tubos sin costura, maquinaria agrícola), así como servicios de alto valor agregado (software, turismo, tecnología nuclear y satelital, industrias culturales, diseño, etc), aprovechando otra tendencia ya consolidada en el mundo del siglo XXI como es la generalización del e-commerce a través del auge de Internet.

Sin embargo, no parece que en la actualidad la Argentina esté transitando resueltamente esa dirección estratégica. La cadena agroindustrial ha sido desalentada con altos impuestos a la producción y la exportación; existe una concepción ideológica e intervencionista de la economía que atrasa varias décadas y los sectores más dinámicos resultan ser aquellos en los que el Estado está más lejos. Para colmo, todo indica que el Gobierno tiene intenciones de volver a endeudarse, pero no sólo para financiar inversiones en infraestructura, sino más gasto corriente y aumento del empleo público para combatir la pobreza. El siglo XXI arrancó con oportunidades y crisis, pero también encierra el riesgo de seguir perdiendo trenes si la Argentina se aferra al pasado en lugar de apostar al futuro.

Cinco claves

1. Crisis financiera internacional

La globalización mostró su peor cara tras la crisis de las subprime.

2. Potencias orientales

La expansión económica de China e India, un dato de impacto global.

3. Nuevos consumidores

Para 2017, otros 1200 millones de personas se sumarán al consumo.

4. Del FMI a la FAO

Por la demanda de comida, la FAO sería más relevante para el país.

5. Una Argentina aislada

Tras el aislamiento, el desafío es la reinserción del país en el mundo.

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