Teatro Colón: restaurar la disciplina

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22 de octubre de 2000  

La decisión del gobierno porteño de suspender la temporada del Teatro Colón, como consecuencia de los recurrentes e irresponsables planteos de la comisión gremial intercuerpos -que agrupa al personal artístico, técnico y administrativo de la institución- revela el alto grado de perturbación interna que padece nuestro primer coliseo musical y la necesidad imperiosa de que se restablezca el mínimo de disciplina que todo gran centro de producción artística requiere para su funcionamiento.

A través de décadas de progresiva degradación, la capacidad de las autoridades para mantener un clima de orden que posibilite el desenvolvimiento de la actividad de los elencos estables se ha ido minando y ese proceso de deterioro parece haber llegado a su punto culminante, como quedó demostrado en los últimos días, cuando las exigencias imperiosas de los delegados gremiales obligaron a cancelar funciones o a iniciarlas con retraso.

Como se informó, el problema que afronta el Colón no tiene que ver esta vez con insuficiencias de carácter financiero, sino con el reclamo de 299 trabajadores contratados que exigen ser incorporados a la de por sí abultada planta permanente del teatro, tal como se lo prometió en 1998 el secretario de Cultura de la anterior gestión de gobierno. Las autoridades actuales consideran que el ingreso de agentes en la planta estable debe hacerse mediante concursos públicos, como lo establece la nueva ley de empleo de la ciudad, y no por la simple efectivización de los contratados.

Pero más allá de los detalles concretos del entredicho que actuó como detonante para el cierre del teatro, interesa subrayar la índole endémica de los trastornos que está padeciendo la institución, en detrimento no sólo de las legítimas expectativas del público que lo frecuenta sino también del interés de los restantes ciudadanos, que aunque no suelen concurrir a sus funciones saben que el Colón es un orgullo de la ciudad y contribuyen con sus impuestos a solventarlo.

Lo que realmente importa es tomar conciencia de la naturaleza estructural de un conflicto que viene de lejos, aunque en estos días haya experimentado un agravamiento extremo. No es ésta la primera vez que la protesta gremial sube al escenario con su obvia secuela de suspensión de actividades, de tirantez entre sectores, de inquietudes, de comunicados contrapuestos, de amenazas más o menos veladas y de rumores sobre la probable y humillante necesidad de dar por concluida abruptamente la temporada, eventualidad que en este caso, lamentablemente, terminó por concretarse.

Como en otras ocasiones, es posible que las responsabilidades estén repartidas entre quienes protagonizan el entredicho. En efecto, no se puede ignorar que los contratados están pidiendo lo que las autoridades formalmente les prometieron. Además, les asiste cierta razón cuando afirman que la situación presente deriva no de la aplicación de políticas específicas, sino de sucesivos apuros presupuestarios que hicieron prescindir del régimen normal de designaciones y que llevaron a reemplazar al personal de planta con contratados, a los que se incorporó de modo asaz impreciso y quizás anómalo.

Pero tampoco se puede aceptar que, en nombre de esos reclamos tal vez justificados, se apele a metodologías violentas e intimidatorias incompatibles con la disciplina que debe imperar en un teatro lírico de la magnitud y la importancia del que hace 92 años jerarquiza la vida artística y espiritual de la ciudad.

Hoy, pasado ya demasiado tiempo desde que se fue haciendo visible el gradual debilitamiento de muchos de los rasgos en los que reposa el prestigio mundial del Colón, parece llegado el momento de que todas las partes con alguna responsabilidad en el conflicto se interroguen a sí mismas en cuanto a su coherencia y disposición para arribar a avenencias constructivas. Asimismo, es hora ya de que tanto la molestia que invade al público habitual como la perplejidad con que el resto de la comunidad observa ese estado de cosas muevan el interés y la voluntad de los encargados de trazar políticas culturales y los conduzcan a elaborar una propuesta de gestión que prolongue en el siglo XXI la esplendorosa tradición inscripta por ese teatro en la vida porteña a lo largo de casi una centuria. La pertinaz confusión entre lo gremial y lo artístico -consecuencia de la creciente expansión de las tareas propias de un gran teatro- debe ser definitivamente superada, pues ha terminado por constituir un gravoso factor de menoscabo e indisciplina: indefectiblemente, esa situación tendrá que ser revertida de un modo que permita el funcionamiento armonioso de un mecanismo tan complejo como es el que preside las actividades de un gran centro de arte lírico.

Por otro lado, es esa naturaleza atípica del Colón en cuanto bien estatal lo que condiciona la acción de los gobernantes, tan a menudo tentados de afrontar las más diversas cuestiones con un criterio estrictamente economicista o, en el otro extremo, con una propensión irresponsable al despilfarro o al manejo descontrolado de los recursos. Quienes conducen el área cultural de la ciudad no pueden ignorar que todos los grandes teatros líricos del mundo reparan, ante todo, en criterios de oferta y de posibilidad, equilibrando el afán de superación estética con el análisis realista de los factores en juego. A lo largo de su historia, el Teatro Colón ha sufrido más de una vez el embate de enemigos obstinados y fuertes, alentados a veces por absurdas prédicas de rentabilidad y otras por microcefalias populistas, extremos igualmente reprobables, de los que sólo pueden esperarse consecuencias ingratas y nocivas para este reducto cultural entrañable de la Argentina.

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