Teatro de ideas y el fin de la ignorancia

Por Orlando Barone
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23 de diciembre de 2001  

Eldrama -suele decirse en el teatro- no es cuando llora el actor, sino cuando llora el público. Desde el escenario y entre nosotros se expande un dramatismo denso y extenso. Otra vez las góndolas, símbolo del consumo próspero, se convirtieron en La Bastilla asaltada por los desconvidados. La indignidad del saqueo desnuda la indignidad de los culpables a salvo. O escondidos. Cervantes decía que las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, pero siéstos se entristecen demasiadas veces se vuelven bestias. Ninguna sociedad puede ser asistida en sesiones de terapia colectiva para un tratamiento restaurador en masa. Y aun bajo formas organizadas es insana si sólo logra fabricar más damnificados que ilesos.

El nuevo tiempo se asoma descarnado. Se acudirá por fin en socorro de los náufragos sin mirar qué hay en la caja, porque ya nadie esperará ahogarse mansamente. Son tantos que si se colgaran del barco lo hundirían con quienes en cubierta se sentían protegidos. La necesidad tiene cara de hereje. De su primitiva y desprolija versión piquetera se propaga a versiones cultivadas. El ataque a los supermercados debe ser leído como aquel de los "antiglobalistas" en Génova, que hizo replantear la soberbia de los grandes Estados. Demasiados náufragos sin salvavidas arriesgan la supervivencia de los que bogan al lado.

Se intensificará por necesidad ya impostergable la mediación de la Iglesia, que anticipaba a los ruegos y a los gritos, y sin ser escuchada, este colapso que avergüenza al cristianismo y a cualquier credo igualmente humano. Y se irá desvaneciendo por precaución y por decoro cualquier escena donde protagonistas orondos y rechonchos pretendan hacer digerir a una sociedad en llamas la orden de seguir quemándose hasta tanto haya agua en las mangueras.

Viene un tiempo en que se moldeará un mensaje nuevo legitimado por la solidaridad y la inteligencia y no por la calculadora. Sucede que el pensamientoúnico, hasta hoy reinante con prepotencia global, y desaprensivo ante las consecuencias que acarrea, no se sostiene. Acaba de esfumarse su protagonista más fanático, cuyo capricho demencial psicopateó a una sociedad negligente o crédula. Ese pensamiento único -absolutismo de una corriente que queda retratada en un mundo donde las 357 personas más ricas igualan los ingresos de 2400 millones de pobres- empieza a ser vulnerado por su propia insuficiencia ysu violento autismo ideológico.

Dos hechos podrían marcar el nuevo tiempo argentino: uno, que por fin (y más allá de voluntarismos piadosos personales) la pobreza sea vista no ya como una molestia de tránsito o un disgusto estético, sinocomo un magma alimentado por la desespiritualización del mercado. Y el otro será el resurgimiento de la influencia intelectual: su reinserción en la discusión hasta ahora centrada entre los augures, banqueros y fundamentalistas, y los dirigentes erráticos,pragmáticos y mutantes.

Los ciudadanos no somos ajenos a esta mutación. A partir de la insurrección cívica, de la rebelión indigente y de la urbana, del desborde físico y psíquico de esta semana, nace una inesperada y desesperada reacción democrática: la vuelta del sentido popular y participativo;la impostergable reparación moral del sistema de los tres poderes vaciado de contenido y de sustancia. Nada como esto para exponer el grotesco de tantos mensajeros que prometían derramar beneficios mientras cobraban sus derechos de trogloditas.

La inteligencia volverá por su desquite; la inteligencia contiene a la piedad, y por ella la condición humana será considerada como tal luego de tanto brutal hechicerismo. Y si la mejor inteligencia del país y la del mundo es progresista, y los premios Nobel lo prueban, habría que atender sus argumentos; la inteligencia no es una anécdota funcional alsistema que simulaba distinguirla, excluyéndola. Ha habido una intencionalidad mercadista de rebajarla, postergándolapor detrás de la bravata "del hacer". Como si el hacer no necesitara un previo pensamiento, un prólogo de neuronas. Nunca como durante estos años el intelectual argentino fue ninguneado y debió ceder su lugar en el debate a los propagadores de argumentos cuya validez es este resultado.

La monotonía de la retórica contable ha desnudado una mediocridad de los emisores. Y expone sin atenuantes el presumido tamaño de esta civilización notablemente adelantada físicamente, y notablemente atrasada espiritualmente.

El mensaje de los medios, que fue asaltado por la presión del lenguaje macroeconómico, recuperará su decencia ante el reclamo de los confundidos oyentes, televidentes y lectores. La sociedad, estupefacta ante megacifras que no conjugaron nunca con sus ingresos micro o con sus despojos, exigirá la verosimilitud de un mensaje ya no en la forma del jeroglífico económico sino en el de la traducción humana. La historia real, no la ficcional y engañosa, exigirá una palabra verosímil.

La pobreza pasó a un primer plano dramáticoreemplazando el abstracto drama de la deuda y emerge comoun disparador más patriótico y conmovedor que el que causa un vaciamiento bancario o una colosal amenaza crediticia. ¿Cómo fue posible no darse cuenta si se tropezaba todos los días con un mendigo nuevo? Las encuestas, de pronto, se hicieron de carne y hueso. El estado de ánimo social de los tests se concreta en rabia directa. De abajo y del medio y de más arriba. Por primera vez se sincera el saqueo. Los que están en la calle no son los saqueadores.

Ya no importan las cuentas, sino la conciencia acerca del porqué y el cómo de esas cuentas. Se iniciará el pago a los acreedores de la auténtica deuda: los argentinos. Esta sociedad, que ha juzgado con sacrificiola represión dictatorial, no ha podido condenar en tribunales idóneos a la corrupción pública y privada. No se puede avanzar con esa injuria.

Esta agitación dramática de hoy tiene su desgraciada carga fúnebre. Y su correlato de tremenda injusticia para los dueños de negocios arrasados por los expulsados de la cultura del consumo. Está el infortunio de esos orientales desgarrados ante sus góndolas robadas por la gente de la patria elegida con tan mala suerte. ¿Se vinieron aquí para que el comunismo no les quitara nada? Por fin, entre tanta larga pena inmóvil, se dio una señal de vida. Porque aun pagando este precio indeseable la sociedad todavía respira. Y la vida, aun herida, es mejor que la muerte.

E-mail: barone@house.com.ar

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