Tinelli, la cara oculta de la batalla cultural

Fernando Iglesias
Fernando Iglesias PARA LA NACION
El poderoso creador del ciclo que encarna algunos de los peores rasgos de la argentinidad mueve a gusto su influencia en la escena política como si no supiera que sus jugadas debilitan a la democracia
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4 de agosto de 2016  

Comenzó con su programa en 1989 y se hizo famoso durante los años 90, pero alcanzó su apogeo durante la década ganada. Cambiaron el nombre y las apariencias, pero, en lo esencial, su programa sigue siendo el mismo, como siguen siendo los mismos su público, sus fanáticos y sus detractores. Son nada menos que seis afirmaciones implícitas, ninguna de ellas banal, que pueden aplicarse tanto a Marcelo Tinelli como al Partido Justicialista, última edición. Mientras se duplicaba el presupuesto en educación, se creaban centros historiográficos revisionistas, se invertían millonadas en cultura y tecnología y se creaban institutos para la promoción y el disfrute del pensamiento nacional, por debajo proliferaba el lado oscuro de la fuerza. El único que quedó en pie. El que terminó sintetizándolo todo: Marcelo Tinelli (Bolívar, 1960), la cara oculta de la batalla cultural.

Se me acusará, apuesto, de elitista. Se me adjudicará desprecio por lo popular. Quienes así lo hagan sepan que definen como populares al hábito de reírse de los japoneses porque no entienden el castellano; de los transeúntes porque son incapaces de alzar una valija fijada al pavimento con bulones; del pobre tipo al que le destrozaron el auto para hacerle una jodita en Videomatch. Total, la producción paga. Así aprendimos a razonar con Tinelli.

Crédito: Huadi

Para no hablar de los chistes machistas y homofóbicos, no de la pose socarrona y la xenofobia, ni del soft-bullying con 30 puntos de rating. O de la disputa de peluquería y la pelea de conventillo disfrazadas de autenticidad. Un programa para quienes se sienten fracasados y necesitan que un poderoso se burle de alguien débil para sentirse un poco menos mal. Eso es Showmatch. Si no hubiera llegado a la presidencia, Cristina Kirchner habría sido extraordinaria como jurado o bailando por un sueño con el hijo no reconocido de Martín Karadagian. Así, mientras los muchachos barroquistas de Carta Abierta esperaban el surgimiento del Hombre Nuevo, Tinelli reinaba. Imponiendo el estilo del debate argentino, creando el formato que adoptarían futuros programas políticos, estableciendo plusvalías y minusvalías decisivas en la balanza electoral.

Temido por todos, deseado como aliado por casi todos, charlatán, habilidoso, canchero, Marcelo Tinelli se transformó en el álter ego clase media de Diego Maradona. Entre ambos lograron lo imposible, la expresión más genuina de la argentinidad. Un país de arquitectas egipcias y wachiturros. Una patria de indignaciones fáciles y de impunidad. Silenzio stampa sobre los abusos del poder y la corrupción galopante, lágrimas de cocodrilo para las tragedias populares, cargadas a Brasil por el siete a cero, colchones y frazadas para los inundados. Fascismo, afano y solidaridad. Abrazo en primera plana televisiva a la recién estrenada viudez de Cristina. Un chanta nacional y popular.

Podrían ser suyos los tres apotegmas que emanó Néstor al comienzo del proyecto. Las cosas que nos pasaron a los argentinos. Vengo a proponerles un sueño. Y, sobre todo, el "Sean transgresores". Sean transgresores porque la ley es para otros y es mejor reemplazarla por códigos mafiosos. Sean transgresores porque ser triunfador consiste en exhibir mal gusto, riqueza y cinismo; si es posible, por cadena nacional. Sean transgresores, pero controlen ante quién transgreden. No vaya a ser que le bajen los pantalones al presidente incorrecto. No vaya a ser que no se entienda que lo hacíamos de jodones, nomás.

Corría diciembre de 2000 y las muchas bombas que había sembrado el peronismo menemista no habían explotado. Preocupados, confusos, agobiados, los argentinos entrábamos al tercer año de recesión con la esperanza de que hubiera un futuro después de una década de menemismo y convertibilidad. No todos lo saben, pero De la Rúa estaba enfermo. Entonces, entre innumerables errores, uno más: para contrastar una imagen declinante, decidió asistir a Videomatch. No habían transcurrido veinte segundos de su aparición en cámara cuando un desconocido entró, lo tomó de la solapa y gritó que en La Tablada se estaban muriendo de hambre. Si eso no fue una operación, yo no sé qué es una operación. Si el programa más visto de la TV argentina no es capaz de controlar quién entra en cámara, por favor, díganmelo, que me mudo a Uruguay.

El resto lo conocemos todos. Ya es leyenda. El nerviosismo creciente de un atribulado De la Rúa, el error con el nombre de la mujer de Tinelli, la salida del estudio por el lado equivocado. El final. Dicen que a De la Rúa lo voltearon sus errores, en especial su negativa a jugarse el todo por el todo y salir de la convertibilidad. Es cierto. Pero la crisis económica y la pobreza no siempre tumban gobiernos. Cristina resistió cuatro años de recesión y cepo cambiario, la versión nac&pop de la convertibilidad. Duhalde no cayó aunque fue durante su gobierno -y no con la Alianza- cuando se alcanzaron los récords históricos de pobreza (57,5%) y desocupación (21,5%). Vaya a saber por qué, sin que los compañeros le hicieran siquiera un miserable paro general.

Quiero decir que las crisis económicas y la pobreza son condiciones necesarias para que caiga un gobierno, pero no condiciones suficientes. La otra condición necesaria para que caiga un presidente es la existencia de un manual de procedimientos y un sujeto conspirador. Un manual peronista de desestabilización de gobiernos, como lo llamó Cristina en 2012. Alguien que maneje a la bonaerense y declare zonas liberadas en el conurbano. Alguien que aliente a la gente a saquear supermercados y tomar la Casa Rosada como única solución. Algún partido que se considere encarnación de la unidad patria, pero que en el momento en que el presidente de un país en llamas convoca a un gobierno de coalición nacional prefiera ir por todo. Ésos son los que tumbaron a De la Rúa y con ellos colaboró la escena montada en Videomatch.

Así lo dijo, con toda corrección, Fernando de la Rúa: "Tinelli tuvo que ver con mi caída". Tuvo que ver. Es decir: no lo hizo solo, pero colaboró. Me vendrán con que la gente no es zonza y los medios no cuentan. Una banalidad que enuncian muchos periodistas profesionales a quienes, si los medios no contaran, nadie les pagaría el sueldo. Si lo hacen, si invierten fortunas en la televisión, es porque poner un consejo publicitario en boca de Tinelli incrementa masivamente las ventas. ¿Cómo no va a influir lo que diga del presidente enfermo de un país en bancarrota, en plena dificultad?

También en esto el querido Marcelo de la gente encarnó lo peor de nuestra sociedad. La que se resistía a cualquier intento racional de enderezar la economía y pocos meses antes del colapso seguía exigiendo que continuara la convertibilidad. La que salió a cacerolear en diciembre de 2001 para evitar todo ajuste y en el 2002 de Duhalde obtuvo una devaluación del 75% en un día, una inflación del 40% con salarios congelados y que le quitaran sus dólares y se los dieran a los bancos. Después, Duhalde puso a Néstor de presidente, Néstor puso a Cristina, y tuvimos la década ganada que supimos conseguir. Dignos televidentes de Tinelli, la cara oculta de la batalla cultural.

A propósito. Ya había asumido Kirchner y Freddy Villarreal, por encargo de Tinelli, hacía de las suyas en la Casa Rosada. Le abrió la puerta el propio Néstor, mientras miraban la escena el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y la ministra de Economía, Felisa Miceli. "Ahí está el lugar en el que te pasabas todo el día ", le dijo Néstor al imitador. Después señaló una mesa como "la mesa de los sobornos" y bromeó con las pastillas que tomaba De la Rúa. A Cristina nunca le pasó.

Ex diputado nacional y miembro fundador de Democracia Global

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