Toco madera

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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25 de octubre de 2019  

Nada más saludable que unos minutos de relax en medio de la creciente crispación preelectoral. "Rascad al ser humano civilizado y aparecerá el salvaje", afirma una frase atribuida a Schopenhauer, que de alguna manera explica la indignación de muchas personas frente a, por ejemplo, las afirmaciones bizarras de grupos que sostienen que la Tierra es plana.

Sin embargo, basta con ver el cúmulo de prácticas extendidas incluso entre figuras destacadas de la sociedad (como encomendarse a personajes que presumen de tener poderes sobrenaturales en pos de asegurar el futuro), para darse cuenta de que el pensamiento mágico sigue teniendo raíces profundas en el siglo XXI.

Estas ideas carentes de lógica o fundamentación, inspiradas generalmente en atribuir efectos causales a asociaciones azarosas, y que no se someten al cedazo de la racionalidad, dominaron nuestra visión del mundo hasta la difusión del "pensamiento científico". Son un cúmulo de supuestos informales y prejuicios que nos hacen confiar en que "algo" nos protegerá o hará que ocurran sucesos que ansiamos fervorosamente. Es el caso del hincha que cumple al pie de la letra con las cábalas que (cree) le concederán un resultado favorable a su equipo, como vestirse con una camiseta de la suerte. Y que seguirá usándola aunque el club sume derrota tras derrota.

Lo que sorprende es que esta misma forma de sentir se da incluso entre personas supuestamente entrenadas en el razonamiento crítico. Siempre recuerdo (y alguna vez lo mencioné en esta columna) que un físico que tenía miedo a volar solía subir más tranquilo al avión cuando unos días antes había ocurrido un accidente aéreo. Pensaba que de ese modo se reducía la posibilidad de que al suyo le pasara algo... ¡aunque no existe sustento matemático para llegar a esa conclusión! El espíritu agorero está tan naturalizado que exclamamos "toco madera" (tan importante para los antiguos celtas que se comunicaban así con los duendes que habitaban los árboles) como si esta sola acción pudiera protegernos de una catástrofe inminente, nos estremecemos cuando se nos atraviesa un gato negro, nos negamos a pasar por debajo de una escalera o nos sobresaltamos si derramamos sal en la mesa.

Hasta el más escéptico justifica cualquier suceso desgraciado si ocurre un martes 13. Ya lo dice el proverbio español: "En trece y martes no te cases ni te embarques". Cuando pasa algo inesperado y difícil de explicar, olvidamos nuestra "modernidad" para recurrir a las tradiciones gauchescas: "¡Cosa'e mandinga!". Y el día en que todo nos sale al revés argumentamos que "nos levantamos con el pie izquierdo".

Otros intentan atraer la buena fortuna recurriendo a objetos o amuletos, como una herradura o una pata de conejo. Esta búsqueda de protección es la que palpita detrás de ritos populares que, como explican Daniel Jorge Delgado y Olga Rodríguez en un antiguo número de la revista Todo es Historia, son el conjunto de experiencias, actitudes y comportamientos simbólicos que demuestran la existencia de un imaginario social que incluye lo sobrenatural en la realidad cotidiana. Al margen del culto oficial, estos dan vida a personajes venerados y cuyas existencias despliegan capítulos extraordinarios o inexplicables, como haber ejercido una solidaridad excepcional, haber tenido un final trágico o una muerte fuera de lo común.

Ese panteón variopinto incluye al gauchito Gil, el curandero y manosanta Pancho Sierra, la Difunta Correa y Telesfora Coria, "la Telesita" de Santiago del Estero, entre otros, todos dueños de historias novelescas no aptas para incrédulos.

La fuerza de estas creencias ayuda a muchos a sobrellevar tragos amargos o situaciones difíciles. Como los que plantea un domingo de elecciones nacionales en medio de crisis económicas y un escenario latinoamericano convulsionado. En todo caso, crucemos los dedos.

Por: Nora Bär
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