Todavía quedan jueces

Fabián Rodríguez Simon Para LA NACION
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29 de diciembre de 2009  

Cuentan que una mañana el rey de Prusia, Federico II, molesto porque cierto molino cercano a su palacio de Sans Souci afeaba el paisaje, envió a un edecán a que lo comprara por el doble de su valor para luego demolerlo. Al regresar el emisario con la oferta rechazada, Federico se dirigió personalmente al molino y duplicó su oferta. El molinero declinó, con tanta amabilidad como firmeza, la tentadora oferta. Ante el desaire, el encolerizado rey se retiró, no sin antes advertirle al campesino que si antes de que terminara el día no aceptaba lo ofrecido perdería todo, pues a la mañana siguiente libraría un decreto para expropiar el molino sin compensación alguna.

Cerca del anochecer, el molinero se presentó en el palacio y pidió ver a Su Majestad. El rey lo recibió complacido. Le preguntó si comprendía ahora lo justo y generoso de su oferta. El campesino se descubrió y, en silencio, le entregó a Federico una orden judicial que prohibía a la Corona expropiar y demoler el molino contra la voluntad de su propietario sólo por satisfacer un capricho del rey. Funcionarios y cortesanos temblaban imaginando la furia que se desataría contra el terco campesino y el temerario magistrado. Pero, finalizada la lectura, Federico levantó la mirada y dijo: "Me alegra comprobar que todavía hay jueces en Berlín". Saludó al molinero y se retiró, satisfecho por el funcionamiento institucional de su reino.

Desde entonces, esta frase se utiliza cuando algún juez planta cara a los avances de un poder totalitario y restablece el Estado de Derecho, la separación de poderes y la independencia judicial.

No estamos en el siglo XVIII, sino en el XXI, y no nos gobierna un déspota ilustrado, sino una Presidenta democráticamente elegida, aunque, lamentablemente, su gobierno parece respetar la separación de poderes, la independencia del Poder Judicial y la libertad de expresión bastante menos que muchos monarcas absolutos del ancien régime .

Sin embargo, así como los hubo en Berlín, todavía hay jueces en Buenos Aires. La medida cautelar dispuesta por el juez federal Edgardo Carbone, que suspende la venta forzada de activos del Grupo Clarín impuesta por la ley de comunicación audiovisual, norma manifiestamente inconstitucional y mediante la cual el gobierno nacional pretende silenciar a los medios independientes, además de ser acorde con el derecho y de restablecer derechos afectados, resulta una bocanada de aire fresco en una sociedad en la que impera el sálvese quien pueda, e invita a otros jueces y funcionarios a imitarlo.

En la misma dirección, debemos celebrar el fallo de la Sala IV de la Cámara Laboral en la interna del sindicato de Aeronavegantes; la decisión de la Sala II de la Cámara Federal Civil y Comercial de suspender la resolución dictada por Guillermo Moreno echando atrás, sin justificación, la fusión de Cablevisión y Multicanal; el comunicado de la Cámara Federal en lo Civil y Comercial, apoyando la probidad del juez Carbone ante los ataques de Aníbal Fernández, y las declaraciones las del presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti y de sus valientes colegas Carlos Fayt y Carmen Argibay.

Merecen también mención los recientes fallos de la Corte Suprema de Justicia referidos a la libertad sindical, y la decisión del Tribunal Superior de Justicia de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que, por cuatro votos a uno, puso fin al conflicto de poderes generado por la interferencia de los denominados "jueces porteños autoconvocados" en el trámite legislativo del pliego de la doctora Daniela Ugolini, propuesta por el macrismo para cubrir una vacante en el alto tribunal, y cuyo trámite los activistas judiciales del kirchnerismo estaban empeñados en paralizar a cualquier costo.

No encuentro mejor homenaje a la republicana conducta de estos y de tantos otros jueces, funcionarios, periodistas, empresarios y ciudadanos que desde sus puestos de trabajo se disponen a defender a la República de los atropellos de un populismo tan barato como autoritario, que pone en vilo la libertad, la prosperidad y la seguridad de los argentinos, que las vibrantes palabras del poeta Kafavis: "Honor a quienes en su vida se han marcado/ el defender unas Termópilas,/ sin apartarse nunca del deber/ en todas sus acciones, justos y equilibrados". © LA NACION

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