Todo vuelve, como los bonos

Héctor M. Guyot
Héctor M. Guyot LA NACION
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28 de junio de 2014  

Resulta irónico que un gobierno que se lanzó a colonizar el Poder Judicial para garantizarse impunidad termine jaqueado por una sentencia desafortunada dictada en inglés. El kirchnerismo olvidó democratizar los estrados de Nueva York. Dejó también un cabo suelto en Comodoro Py, y aquí la causa Ciccone parece encaminarse hacia revelaciones de efectos imprevisibles. Cada una a su modo, las decisiones de Griesa y de Lijo vienen a cumplir un karma. Todo lo que hacemos vuelve. Cristina se cansó de maltratar a los tribunales y ahora la justicia regresa por sus fueros con resoluciones que impactan de lleno sobre el tramo final de su debilitado mandato.

Que el asedio provenga de fondos buitre tampoco parece una casualidad. ¿O acaso los Kirchner no hicieron su agosto, allá en el Sur, cayendo en picada y con las garras abiertas sobre las infelices víctimas de la 1050? Después, cuando llegaron a la Casa Rosada tras hacer escuela y el cursus honorum en Santa Cruz, fueron directo, con funcionarios a su servicio, a donde estaba la mejor carne. La tragedia de Once esconde pulsiones rapaces, así como el caso Ciccone desvela la voracidad de aves cuyo instinto las lleva, de forma un tanto cruda para espíritus sensibles, a saciar su hambre a cualquier costo. Como muestran los documentales de la National Geographic, a los que rapiñan les gusta entregarse a la faena en paz, disfrutar del banquete sin que nadie los moleste, y por eso se muestran feroces con los que interfieren. Campagnoli, otro karma inesperado, puede dar fe.

Los tribunales le han abierto demasiados frentes al Gobierno. A Boudou lo corre el procesamiento y necesita estirar los plazos para decidir, mientras corre, por dónde intentará el escape. Por eso, su doble Núñez Carmona pidió tiempo para que su nuevo abogado estudie la causa en detalle. Con 30 cuerpos de 200 fojas cada uno, necesitará algo más que un par de días. A Guido Forcieri, otro presunto gestor del vicepresidente en la trama, actual representante de la Argentina en el Banco Mundial, habrá que esperarlo también. Desde Nueva York, tras abortar un regreso al país que ya había iniciado, adujo que no podrá venir a prestar su declaración indagatoria antes de agosto porque está abocado al problema de los fondos buitre. Un hombre con una bomba de tiempo en cada mano.

Kicillof, al igual que Boudou, también busca cómo escapar. En su caso, del acoso de los acreedores, que han empezado a salir hasta de abajo de las piedras. A la Argentina le florecen deudas como al ex presidente paraguayo Fernando Lugo le aparecían hijos. Lo que necesita Kicillof es tiempo para atender los reclamos de pago de uno en fondo, y de allí el clamor desesperado para que Griesa reinstale la cautelar que mantendría a los buitres lejos de la plata de los bonistas buenos, depositada anteayer en forma desafiante y ahora en un limbo tan incierto como la bendita suerte de este país.

Tranquilos, muchachos, que van a cobrar todos, ha prometido a regañadientes el ministro. Y aquí es donde el que no entiende de números se pierde. Los que saben dicen desde sus despachos que en el mundo sobran los dólares y que, más allá de este trance agónico, la deuda argentina en su conjunto representa un porcentaje módico y razonable del PBI. Ergo, todo se arregla con más bonos. Pero hasta el almacenero de mi barrio, hombre de libreta y lápiz, sabe que uno no puede endeudarse para pagar a quienes ha pedido prestado para pagar a quienes ha pedido prestado para pagar a quienes ha pedido prestado. Si uno cava y echa la tierra al costado, el pozo será cada vez más profundo. A menos que en el hoyo se empiece a filtrar el petróleo de Vaca Muerta.

Kicillof no la tiene fácil. El Gobierno dice que quiere pagar y paga, pero al mismo tiempo, acorralado, se entrega al fin a lo que más le gusta y erige a los fondos buitre (y al inconmovible Griesa y a los Estados Unidos) en un nuevo archienemigo al que trasladarle la responsabilidad por los males de nuestra economía. Los presentes y los futuros. Habituado a victimizarse, no reprime el acto reflejo. Pero lo que funciona aquí no produce los mismos efectos afuera: alguien debería explicarle al juez Griesa que el kirchnerismo dice una cosa, piensa otra y hace una tercera. Sin embargo, nunca antes la tensión entre lo que se dice y lo que se hace encarnó de manera tan trágica en los actores del oficialismo. Anduvieron con el relato atorado en la garganta hasta anteayer.

A veces, en la Argentina todo se acelera. El oficialismo transpira la camiseta al ritmo impuesto por los jueces y la gente grita los goles de Messi. Pero mientras se agitan las banderas patrias y en los entretiempos de la TV Pública la publicidad oficial nos vende un viaje sin escalas a Disney, en las altas esferas -otra vez- se empezarán a trazar acuerdos que afectarán nuestra vida y la de nuestros hijos. Esto es lo que importa. La ley de causa y efecto opera para todos. Nuestro karma son los políticos que supimos conseguir. Todos los que suscribieron el festival de bonos. Lo que votamos, más tarde o más temprano, también vuelve.

  • Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicar su habitual columna el sábado próximo

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