
Trabajar por la pluralidad de voces
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Parece mentira que todavía tengamos que excusarnos por pensar distinto. Parece mentira pero, a diario, andamos contestando falacias, corrigiendo equívocos y distorsiones. Desarmando zonceras, en definitiva.
La celebración del Bicentenario fue un festejo plural, federal y latinoamericano, comprometido con los derechos humanos, reconocido por la mayoría del arco político, pero, en esencia, por el pueblo que se volcó a las calles a autocelebrarse. Para algunos, en cambio, fue el comienzo de la oscuridad, un artilugio diseñado macabramente para imponer una interpretación única y sesgada de la historia.
Tuvo, es cierto -y no se ocultó-, la particularidad de subrayar algunos hechos históricos con frecuencia ocultados y vergonzosos para la historia oficial, como la Vuelta de Obligado, nuestra pertenencia latinoamericana y la gesta de Malvinas. Se proyectó un punto de vista, se explicitó una tradición reivindicada sin hipocresía por quienes integramos el Gobierno.
Pero nadie más que este gobierno ha velado por el derecho a la pluralidad de voces. Repasemos, por caso, y a vuelo de pájaro, algunas leyes centrales de la primera gestión de Cristina Fernández de Kirchner: la ley de servicios de comunicación audiovisual, la anulación del delito de calumnias e injurias, la reforma política que, entre otras medidas democratizadoras, beneficia con espacio televisivo gratuito a todos los partidos y que permitió a los argentinos conocer las propuestas de los candidatos de menor exposición mediática.
La creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego va en la misma dirección: junto con otros institutos de investigación, garantiza la multiplicidad de miradas sobre un mismo tema. No hay nada de inocente en su lanzamiento: se trata de darle visibilidad a un conjunto de autores y perspectivas que han sido sistemáticamente silenciados y proscriptos de los circuitos consagrados de la academia y la cultura.
Quienes parecen tener aires de censores y no estar dispuestos a soportar la pluralidad de voces son lo que siguen pataleando contra un instituto de investigación y divulgación. Sí, contra un instituto de investigación y divulgación. Aunque suene increíble. Quizás haya algunos interesados en preservar obturados los espacios del conocimiento. Quizás, también, les corra algún temor de ver desnudados sus saberes meramente enciclopedistas, práctica que los tiene ocupados memorizando artículos de pactos internacionales como única herramienta de argumentación.
El Estado financia, como en ninguna otra etapa de la democracia reciente, las ciencias sociales, entre ellas, los estudios históricos, a través de las universidades nacionales (las de siempre y las que se crearon en los últimos años), el Conicet y la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica. Sumado esto a la red de institutos históricos que dependen de la Secretaría de Cultura de la Nación. Miles de historiadores, literalmente, trabajando en su métier desde diferentes miradas, métodos y temáticas.
Más allá de la producción académica, el Estado ha llevado a cabo iniciativas culturales que marcan la pluralidad de enfoque que lo anima: el canal Encuentro; el financiamiento de películas nacionales del Incaa (récord en cantidad y en diversidad); la muestra Mujeres: 1810-2010, inaugurada en la Casa Nacional del Bicentenario, que celebraba como figuras centrales a Juana Manso, a Alicia Moreau de Justo o a María Luisa Bemberg; o la reciente participación de Gianni Vattimo y Toni Negri en el ciclo de filosofía y política Debates y Combates.
En ninguna línea del decreto se afirma que el Instituto Dorrego vaya a "regir" el pensamiento de nadie, como ya fue oportunamente aclarado. Sostener eso una y otra vez, pese a toda la evidencia en contra, es un despropósito.
La revisión del pasado no es una tarea vana. El espejo retrovisor de la política permite andar el camino con más seguridad para continuar avanzando. Cuanto más plural y democrática sea la discusión, menos posibilidades de volvernos a extraviar como nación tendremos. No hay que temer la discusión de ideas sobre el pasado, el presente y el futuro de la Argentina. Sí les pediré, con todo respeto, que aportemos datos y experiencias comparadas con otros países y con nuestra propia historia, para que el debate de cara a la sociedad sea mucho más rico y estimulante.
© La Nacion
El autor es secretario de Cultura de la Nación
Jorge Coscia






