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Tragos amargos

Por Nikolaus Blome Die Welt
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31 de enero de 2000  

EL primer mandatario sudafricano, Thabo Mbeki, y el presidente de la Comisión de la Unión Europea, Romano Prodi, mantuvieron hace poco una larga conversación telefónica. Unico tema en discusión: la grappa italiana y el ouzo griego. La UE y Sudáfrica negociaron durante cinco años un amplio acuerdo de libre comercio, cooperación política, intercambio cultural y tantos otros vínculos que caracterizan las buenas relaciones entre Europa y un país autorizado a reintegrarse al mundo civilizado tras varias décadas tenebrosas.

También estaba en juego mucho dinero. En Sudáfrica, los días son más largos que en Europa, razón por la cual muchos productos agrícolas son más baratos o, simplemente, mejores que los ofrecidos por la UE. El principio de que esta competencia no debía afectar demasiado a los agricultores europeos indujo a los negociadores de Bruselas y Pretoria a fijar ese plazo de un lustro para llegar a un acuerdo aceptable para todos.

Entonces fue cuando aparecieron los italianos y los griegos... y esto nos retrotrae al comienzo de la historia. Sudáfrica tiene una industria licorista que, entre otras bebidas, fabrica grappa y ouzo y, lo que es peor, los vende con esos nombres. Es un mal trago para italianos y griegos, temerosos de que, de pronto, su grappa y su ouzo se entremezclen con los productos sudafricanos en los estantes de los comercios europeos. Sería algo así como arrojarlos a un mismo tonel.

La UE ha promulgado incluso una norma específica sobre el uso de denominaciones comerciales para especialidades típicas nacionales, desde el jamón de Parma hasta el queso regional de Harz (Alemania). De ahí la amenaza del embajador italiano ante la UE de no ratificar el acuerdo comercial, con la consigna: "La grappa no sólo es grappa , también es trabajo".

El embajador no se opone a que los sudafricanos sigan destilándola, sino a que la llamen grappa porque, a su juicio, la única verdadera es la italiana. Los sudafricanos han reaccionado con idéntica porfía. En estos días debía llegarse a un acuerdo para resolver el conflicto. De lo contrario, lo negociado sería nulo. Y lo mismo sucedería con la política europea, ceremoniosamente proclamada, de premiar a Sudáfrica por su transición pacífica a la democracia.

El ministro alemán de Relaciones Exteriores, Joschka Fischer, bebedor empedernido de agua carbonatada, tomaría cartas en el asunto. Se esperaba que intentara serenar a italianos y griegos en la 2239» reunión del Consejo de la UE... quizás, en la sobremesa del almuerzo, cuando se acostumbra servir grappa .

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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