Tras el don más preciado: la felicidad

Frente al pesimismo que han creado el terrorismo y la recesión, los científicos se abocan al estudio del estado mental de la alegría
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23 de diciembre de 2001  

LONDRES

Los seres humanos se caracterizan por una terrible tendencia a pensar que el mundo va cuesta abajo. Los “buenos viejos tiempos” siempre nos parecen mejores. Nos veremos particularmente tentados por el pesimismo a medida que aumentan las preocupaciones por el terrorismo y la recesión. Ocasión ideal para volver la mirada hacia un campo casi inadvertido de la investigación científica: el estudio de la felicidad. A diferencia de los médicos y psiquiatras, los hombres de ciencia que estudian la felicidad no se concentran en la depresión y el lado más oscuro de la vida mental. Miran, en cambio, el espectro general de los estados mentales desde la moderada felicidad a la alegría exultante. Y tienen algunas noticias buenas para este 2002 potencialmente sombrío. En primer lugar, el mundo se está volviendo más feliz y es probable que continúe así. Y segundo, si uno vive en una de las naciones adelantadas y se esfuerza por ganar mucho más dinero en tiempos difíciles, se estaría preocupando en realidad por el ingrediente equivocado de la felicidad.

Genetistas, biólogos de la evolución, psicólogos, fisiólogos y politicólogos, todos están interesados en los estudios de la felicidad. No a todos les gusta la palabra. En su lugar, prefieren la más técnica bienestar subjetivo o SWB (Subjective well-being), aunque es lo mismo. ¿Cómo evalúan la felicidad (o el SWB)? Un método consiste simplemente en preguntar a una persona si está satisfecha de su vida. Eso es tan sólo un comienzo, ya que los humanos están prontos a reescribir la historia. Una larga e ingrata jornada que termina con un desenlace feliz será recordada como un día feliz, por más que no lo fuera. De manera que los hombres de ciencia agregan experience sampling. Se equipa al individuo con un dispositivo electrónico (beeper) en distintas ocasiones para registrar sus momentáneos estados de ánimo. Otras evidencias pueden venir de los amigos o familiares, e incluso midiendo cuántas veces sonríe. Algunos van más allá y exploran correlatos fisiológicos de la felicidad. La cantidad de hidrocortisona presente en la saliva puede indicar los niveles de stress. Registros eléctricos de los músculos faciales permiten distinguir una sonrisa fingida de una espontánea y captar fugitivas expresiones de emoción. Asimetrías en la actividad medio-frontal del cerebro pueden denotar agradabilidad. Juntas, todas estas investigaciones ayudan a penetrar en los diversos componentes de la felicidad. Pero afortunadamente para los que quieren tener una noción general, los diferentes métodos de medición se relacionan para brindarnos una ecuación fidedigna de la felicidad, a través de las culturas y de la vida individual.

El World Values Survey, coordinado por Ronald Inglehart, de la Universidad de Michigan, debe ser el estudio más completo de todos. Desde 1981 ha contrastado los cambiantes niveles de creencias y felicidad de la gente en más de 60 comunidades representativas del 75 por ciento de la población mundial. De ese estudio se desprende un principio sorprendente: un aumento de la riqueza per cápita en la población determina una sensible diferencia en el nivel de felicidad de las naciones más pobres, pero tiene escaso impacto en las que se desenvuelven razonablemente bien. En la medida en que las naciones más pobres incrementen su riqueza, pueden esperar un rápido ascenso en la escala de la felicidad.

La lección para las naciones más ricas es que no necesariamente con más dinero se compra más felicidad. Islandia, Holanda y Dinamarca son las naciones más felices entre todas, con más del 92 por ciento de su población feliz, aun cuando no sean tan ricas como Estados Unidos o Alemania. A los japoneses no les va muy bien tampoco, a pesar de su riqueza. Como otros Estados de la doctrina de Confucio, dan la impresión de pasarse demasiado tiempo preocupados por lo que otros piensan, más que en disfrutar de la vida.

Lo que es cierto para naciones más ricas en conjunto, es válido también para los individuos dentro de ellas. Los ingresos económicos no están significativamente relacionados con la felicidad en los países occidentales y aun los millonarios son sólo ligeramente más felices que el promedio. La llave de la felicidad debe de estar en alguna otra parte y los estudios sistemáticos ofrecen una pista. Muestran que la gente se adapta visiblemente tanto a las buenas como a las malas circunstancias. Los ganadores de la lotería son más felices que el promedio, pero sólo por uno o dos años después de ganar. El matrimonio hace más feliz a la gente, pero solamente durante un período similar. Los niños no traen una felicidad permanente. Aumentos de sueldo y ascensos tienen efectos aún más transitorios antes de que el beneficiario se hunda de nuevo en sus primitivos niveles de felicidad.

En general, esos estudios sugieren que muchas personas oscilan alrededor de un “punto estable” de felicidad. ¿Es ésta una cuestión de temperamento? Los estudios genéticos revelan que eso es importante. David Lykken, profesor de psicología en la Universidad de Minnesota, analizó los niveles de felicidad de centenares de parejas de mellizos de mediana edad. Sus datos confirman que gemelos idénticos denotan niveles similares de felicidad, aunque hayan sido criados aparte y hayan tenido distintas experiencias de la vida. Nuestro componente genético influye, sin duda, pero no puede explicar todo. ¿Qué es lo importante? Las conclusiones de Ed Diener, de la Universidad de Illinois, en Urbana-Champaign, son de tono familiar. Enumera la circunstancia de buenos amigos y el dedicarnos a las actividades que nos gustan como claves de la felicidad. En la medida en que las investigaciones dan cuenta de que las crecientes riquezas no proporcionan creciente felicidad, más gente se volverá hacia los “posmaterialistas” valores de la comunidad, bienes y expresiones propias.

El autor es redactor-jefe de New Scientist.

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