Tras los populismos, la corrupción

(0)
3 de septiembre de 2016  

MONTEVIDEO.- Es realmente asombrosa la actitud de los populismos latinoamericanos ante el flagelo de la corrupción: no sólo lo han practicado de modo torrencial, desde Venezuela a la Argentina, pasando por Brasil, sino que han logrado instalarse en la posición de víctimas y aferrarse a cualquier anécdota cotidiana para desviar el foco del debate.

Lo trágico para nuestras sociedades es que estos rostros hormigonados y sus voces estentóreas tienen un relativo éxito en la configuración de esa cortina de humo que nubla el panorama, arrastrando en ocasiones a la prensa, de a ratos a dirigentes políticos que, siendo sus adversarios, se pierden en la maraña dialéctica que artificialmente construyen. Tampoco faltan jueces que, sin medir la repercusión pública de sus decisiones procesales, abonan a la causa de la confusión más que a la del esclarecimiento.

Cuando la policía llevó a declarar al ex presidente Lula da Silva, sacándolo de su casa a hora temprana, con ostentación de fuerza, la discusión se instaló en el modo abusivo de esta "detención" y no en el fondo de la causa, que recién ahora se pone de manifiesto cuando la policía formula una acusación sobre su enriquecimiento. ¿No podía el señor juez constituirse en la casa del ex presidente, con grabador y funcionarios actuariales para tomarle allí mismo la declaración? ¿Tenía necesidad de esa exhibición?

Situaciones análogas se han dado en la Argentina, notoriamente, con la ex presidente y la cuestionada señora Hebe de Bonafini. Sin quererlo, algunos jueces han creado una situación proclive a la construcción mediática de la condición de víctima, que en la tergiversación populista es sinónimo de tener razón.

No dudo que tanto el kircherismo como el PT brasileño están políticamente heridos. Pero gozan aún de energía suficiente para acusar de golpe de Estado a los dos tercios del Parlamento brasileño y a su Supremo Tribunal Federal, en un caso; y, en el otro, de persecución dictatorial a un gobierno argentino que respeta la independencia del Poder Judicial y no es quien influye en expedientes tan escandalosos como lo que hoy envuelven a jerarcas del gobierno anterior.

En el caso brasileño, se trata de un juicio político y por lo tanto hay un factor de esa naturaleza que interviene en el caso. No se trata simplemente de un tribunal de justicia pero, conforme a su Constitución, el proceso entero es controlado -en sus numerosas instancias- por el Supremo Tribunal Federal, que observa el cumplimiento de todas las garantías formales. En todo caso, pensemos que la denuncia original, que hicieron tres abogados (uno de ellos Helio Bicudo, fundador del PT), empezó su periplo en octubre del año pasado; que el 2 de diciembre se le dio entrada; que el 7 de abril, 317 diputados contra 115 ratificaron el juicio; que sólo el 12 de mayo se suspendió a la presidenta Rouseff y que el 24 de agosto empezó, recién, propiamente el juicio final, con testigos y defensas. Omito las comisiones que actuaron y otras instancias procesales de forma y fondo garantista. O sea, diez meses de trabajosa tramitación.

Naturalmente, todos recordamos aquella larga sesión del mes de abril, un tanto ridícula, en que los diputados votaban del modo más grotesco. Son ellos, sin embargo, los mismos que le dieron el triunfo a Dilma, cuya diferencia sobre Aecio Neves en la segunda vuelta electoral no llegó al 3%. Sin contar que aún no se habían producido los procesamientos que luego afectaron a ministros y empresarios en un verdadero torbellino.

En el plano moral, el tema arroja una visión todavía más clara: no estamos ante una pobre víctima. Ella fue ministro de Minas y Energía en 2002, desde donde controló la vida de Petrobras, y luego ministro jefe de la Casa Civil, cuando fue preso José Dirceu, que era el hombre fuerte del gobierno y su gran apoyo político. En ese momento, pese a marchar hacia el Palacio del Planalto, conservó su cargo de presidente del Consejo de Administración de Petrobas, al punto que el gran anuncio sobre las enormes reservas petroleras en el mar lo hizo ella, en 2007. O sea que todo lo que ocurrió en Petrobras estuvo bajo su mirada. Nadie puede suponer que es tonta o poco preparada. Es obvio que fue parte de esa enorme trama de corrupción que instrumentó Dirceu pero que condujo políticamente Lula. ¿O es que pensaba que los diputados del "mensalão" daban vueltas sus votos por convicción? ¿O no advertía tampoco que quienes financiaban su campaña política eran las mismas empresas que asumían los grandes contratos del Estado?

Dilma es parte de una estructura sistémica corrupta. No se trató de episodios sino de un intento global de usar todos los recursos del Estado para perpetuarse en el poder.

Naturalmente, hubiéramos preferido -como lo postuló el ex presidente Fernando Henrique Cardoso- que el Supremo Tribunal Electoral anulara la elección por el empleo de dinero de corrupción. En ese caso, estaríamos hoy ante una nueva campaña electoral. Desgraciadamente, ese Tribunal demoró su tramitación y progresó entonces el "impeachment", acusándola de violar la ley de responsabilidad financiera, que atropelló para asegurar su reelección con datos falsos y gastos ocultados al Parlamento. Esto se ha probado, pero encima de esta irregularidad financiera está la enorme nube negra de la corrupción.

Detrás de Dilma se alinean todos los populistas. No reparan en el ejercicio prolijo del derecho. No les importa. Todos ellos, en Venezuela, en la Argentina, en Bolivia, se abrazan a la compañera de causa en desgracia. Se sienten con derecho a todo, piensan que a partir de ganar una elección pueden tomar el Estado por asalto y usarlo groseramente a su antojo. Robar es -en su visión- un acto de servicio, como era asaltar bancos o secuestrar adversarios en los tiempos en que muchos de ellos revistaban en las guerrillas de los años 60.

Ex presidente del Uruguay

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.