Tres Plumas

Enviado por Lalaith
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22 de septiembre de 2005  • 17:33

Te perseguí, sin tregua, durante cuarenta años. Te di mis años, de púber enamorada, sin faltar una noche. Gallito de escenario, desafiando a todos. Nunca bajaste la mirada. Enfrentaste, con media sonrisa , a los novios y festejantes de las más lindas. Sabías de su ardor aumentando a tu compás. El don de hacer llorar, cantar, vivir ese bandoneón, "leyenda nocturna de Buenos Aires", "gran maestro del fuelle", comías de la palma de su mano admiración y reconocimiento. Soporté tus notas de estruendoso desprecio. Noche tras noche. Sabía que tenía que esperar. Perseguirte sin alcanzarte. Dejarte correr detrás de todas. No me equivoqué. El gallito, el maestro del fuelle, bajó del escenario y sólo tiene tres plumas. Todos los días me pide, me ruega, me implora que las acicale, las mantenga vivas, las coloree con los recuerdos que olvidó, porque ya no ve y soy sus ojos, no tiene sonrisa y busca la mía, y está lejos de la admiración y el reconocimiento. Nadie lo recuerda. Excepto yo. Que lo esperé. Lo admiré. Lo amé. Y lo alcancé.

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Siesta de bandoneón

Las siestas de verano son calladas y calurosas. Con once años no se tiene aún voluntad de dormir y prefirió aventurarse a la buhardilla repleta de tesoros ajenos. Lo encontró en un cajón de madera lustrada, que para su asombro, se abrió enseguida. No pudo resistirse a robarle alguna melodía al impecable bandoneón que se quejó, ni bien lo despertó del sueño. Se sentó en el cajón, lo acomodó sobre sus piernas y calzó las manos en los botones, tal como había visto en televisión. En la luna oval del espejo, buscó su imagen y el mismo susto le enmudeció el grito. El hombre del bandoneón hacía vibrar el tango con la típica que actuaba cada noche. Se combaba sobre el fuelle abrazando con el cuerpo, cada resuello. Su pelo azul de tan negro, reflejaba las luces del cabaret. Los bailarines mezclaban sus colores al compás de la música. Un aplauso glorificó el final. El bandoneonista levantó los ojos y agradeció al chico del espejo por dejarlo tocar una vez más. Le dedicó un chan-chán y se hizo humo.

(Enviado por Rosario Collico)

Bandoneón y misterio

Lo escuché, por primera vez, en un auditorio radial integrando la orquesta de Tanturi. Se destacaba del resto por sus manos bien blancas y el bigote finito. Poco después lo vi, en una confitería bailable, entre los bandoneones de Pugliese. Me sentí confundido. Pero pasaron los días y siguió apareciendo siempre, tocando en variadas orquestas. Pero hubo otra vez. En la orquesta había sonado un último tango: “Responso”. Pichuco estuvo solemne, soberbio. Detrás había tocado el de las manos blanquísimas, con su fino bigote, abrigando el instrumento como si fuera un bebé. Al terminar me miró con sorna y relojeó a mi compañera de baile. Enojado, llegué al escenario y encaré al gordo. -Digamé, Troilo, ¿quién es ese tipo raro de bigote finito?- -Por favor, señor, le voy a pedir que guarde el secreto. Pues son ángeles, señor, son ángeles-, y guiñándome un ojo agregó: -Esta vez no cayeron del cielo por las minas. Dicen que los sedujo la ciudad, el sonido del fuelle, el tango.- Me alejé susurrando en el oído de mi mujer, “Ah… Buenos Aires”.

(Enviado por Osvaldo Spoltore)

Era del viejo

El dueño del instrumento recuerda los momentos previos a la ejecución cuando las parejas interrumpían el baile, los hombres se disciplinaban el jopo, las mujeres el vestido, y los vasos de las damas y las planchadoras se posaban sobre las mesas de chapa. El auditorio pegaba el postrer carraspeo y en el escenario la orquesta esperaba la venia del director. El atril colocado a una distancia que le permitiera establecer contacto visual y sentimental con esa partitura que a duras penas acorralaba unas notas ansiosas por liberarse del pentagrama y salir a dar una vuelta por el salón. El fuelle del bandoneón se abría para tomar el aire que después iba a expulsar vestido de melodía. Así comenzaba todo... Hoy, los dedos del dueño tiemblan un poco cuando lo tocan, siente como una vergüenza, prefiere no mirar el instrumento. El hombre del montepío espera que el otro termine con su duelo y diga lo que ya presiente: -Era del viejo. Vengo a empeñarlo.

(Enviado por Julio Barbeira)

Comentarios de los lectores

Muy bueno, me gustó mucho. Creo que transmite muy bien lo que se siente en un espectáculo o en cualquier parte cuando alguien hace música. Un detalle, creo que le falta alguna coma (las frases son muy largas y a veces me confunden).

Enviado por niunmango sobre "Finale"

Impresionante !!! Me llenaste de emoción. No se si en realidad fue así como Piazzolla compuso "Adios Nonino", pero perfectamente pudo haber sido. Impecable narración que hasta parece hecha por el mismo bandoneon. Saludos. Alejandro

De Alejandro sobre "A don Astor, con cariño"

Las musas y los ángeles saben donde caer!!! Me gustó Cariños Graciela

Por negrator sobre "Bandoneón y misterio"

Genial! SImplemente, genial! Me descubro ante ti, y me reverencio. José Luis

jlmorelli sobre "A don Astor, con cariño"

Impresionante!!!!!! Realmente captaste la inocencia y la gracia de los niños en pocas palabras. Me gustó muchísimo!... Felicitaciones. Liliana

cortazariana sobre "Juan: ¿Dormís?"

Para participar de la nueva consigna: http://comunidad.lanacion.com.ar/foros/mensajes.asp?Foro=757&Cate=1

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