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Pedro B. Rey
Pedro B. Rey LA NACION
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21 de marzo de 2020  • 00:01

Ahora que con la ambigua coartada del coronavirus los servicios de streaming promocionan películas como Contagio o series como Pandemia , también pueden destacarse las omisiones: resulta increíble que ninguno haya incluido todavía La peste , la versión que a comienzos de los años noventa Luis Puenzo hizo de la novela de Albert Camus. Más allá de su valor específico (el reparto va de William Hurt a Sandrine Bonnaire o Raúl Juliá), lo que más llamaría la atención sería su escenario: la acción transcurre en una ciudad latinoamericana sin nombre que es puesta en cuarentena, pero el paisaje, bien reconocible, no es otro que Buenos Aires. La película tuvo una recepción poco entusiasta en su momento, pero quizá merezca la segunda oportunidad que le da hoy la actualidad.

También resulta interesante que habiendo tantas novelas posapocalípticas centradas en agentes mortíferos de toda clase, la lista de libros más vendidos en algunos países incluya La peste , la obra que Camus publicó en 1947, en plena posguerra. ¿Será que, puestos frente a la evidencia concreta de estos días, los lectores se hayan cansado de la pura ficción especulativa?

La peste no es un libro más. Fue, para empezar, una obra esperadísima, la primera narración extensa que Camus daba a conocer después de El extranjero , ese cross a la mandíbula existencialista. La expectativa hacía pie también en el tema. Como recuerda Herbert Lottman en su interminable biografía del escritor, el público estaba esperando justamente eso, "un libro sobre los años de adversidad sin alusión directa a aquellos mismos años, a la derrota, a la ocupación, a las atrocidades". La novela habla de una epidemia, pero, alegóricamente, sin nombrarla, de la Segunda Guerra Mundial. Las cifras de venta son de otro mundo: a semanas de publicada, solo ya había vendido cien mil ejemplares.

La peste está narrada en forma de crónica, como un registro de hechos impasibles. El núcleo de lo que se cuenta son "los curiosos acontecimientos que se produjeron en Orán en 194-". Que el libro se autodefina como crónica antes que como novela implica que la ciudad argelina y su circunstancia tengan un papel central. No hay un único héroe (aunque el médico Rieux califique bien para ese puesto), sino muchos personajes que, con el correr de las páginas, van descubriendo en esa ciudad asediada el sentido colectivo de la solidaridad. Entre las ratas que aparecen muertas y los vapores espesos y nauseabundos que planean sobre la ciudad, "el narrador", se lee, "ha tendido a la objetividad. No ha querido modificar casi nada por los efectos del arte, salvo en lo que concierne a las necesidades elementales de un relato más o menos coherente". Tarrou, el empleado Grand, el periodista Rambert, el misántropo Cottard, un grupo eminentemente masculino, como si se buscara aludir con él a la Resistencia, forman el círculo más estrecho de personajes.

Una alegoría es una forma de traficar ideas. En el caso de La peste el rumor de fondo surge, claro está, de la contienda que acababa de pasar y la Francia de Vichy. No todos acordaron con el mensaje optimista de Camus. En 1955, Roland Barthes apuntó a lo que el novelista no había tomado en cuenta. "El mal -escribió el crítico- tiene a veces un rostro humano y eso La peste no lo dice. Defenderse de la Peste es, en suma, un problema de conducta antes que de elección. Pero defenderse de los hombres, ser su verdugo para no ser su víctima, eso empieza allí donde la Peste no es solamente la Peste, sino también la imagen de un mal rostro humano". Dicho de otro modo: el nazismo era mucho más que una simple epidemia. Camus, siempre susceptible, contestó que de la rebeldía solitaria de El extranjero al reconocimiento de una lucha que hay que compartir hay un largo trecho. Vale la pena aquella discusión de posguerra, aunque de pronto parece lejana, incluso inoperante. La capacidad visionaria de La peste , tanto después, ya no pasa por la alegoría, sino por algo más simple: su anticipación de una realidad que se creía perdida.

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