Un caballero de la Justicia

Lynette Hooft
Lynette Hooft PARA LA NACION
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17 de marzo de 2015  

Julio César Strassera se transformó en un símbolo colectivo de los derechos humanos, la verdad y la justicia.

Conocí al ex fiscal en 2006, a raíz de las causas que le armaron a mi padre, el juez provincial Pedro Hooft. Una tarde de otoño mi padre se cruzó con él en un aeropuerto. Luego de saludarlo con la humildad que lo caracterizaba, Strassera le dijo que estaba al tanto de la infame denuncia que le habían hecho y que contara con su testimonio respecto de los hechos que él conocía.

Y así fue. Se sumó como testigo a favor de mi padre con la convicción y valentía que lo definían. A lo largo de ocho años no ahorró energías para declarar que la causa en contra de mi padre era una ignominia y una enorme injusticia. Lo hizo privada y públicamente, y por eso recibió agravios de sectores comprometidos con una "justicia militante" y no con la verdad.

En 2012 no lográbamos que el juez federal llamara a Strassera a testimoniar. A principios de septiembre, el ex fiscal se presentó ante una escribanía y dejó asentado por escrito su testimonio en el que expresaba todo aquello que sabía respecto de la actuación de mi padre como juez. Al terminar su declaración, se abrieron las puertas de la sala en donde Strassera se encontraba con las escribanas y nos leyeron su declaración a mi padre y a mí. Fue un momento de lágrimas incontenibles. Sentí que aún podría haber justicia. Me abrazó un sentimiento de esperanza renovada. El caballero de la justicia había iluminado el sendero.

Un año después, Strassera se presentó en el Congreso de la Nación para participar en una reunión convocada por la Comisión de Justicia de la Cámara de Diputados, que estaba preocupada por la denuncia de corrupción judicial que habíamos presentado debido a la causa armada contra mi padre. Allí volvió a mostrar su inagotable capacidad de lucha. Lo llevaba en la sangre. En esa ocasión estuvo a su lado Gustavo Bossert, ex ministro de la Corte de Justicia de la Nación. Fue una tarde intensa en emociones. Con vehemencia, Strassera recordó que gracias al juez Hooft se había logrado condenar al Almirante Massera. Fue notable ver cómo su presencia, su andar pausado pero firme, generaban admiración y muestras de reconocimiento. Él las recibía con humildad.

El 31 de marzo de 2014 volví a verlo cuando fue a La Plata como testigo en el jury de enjuiciamiento contra mi padre. Yo estaba sentada en la primera fila con mi familia. La sala estaba llena. El caballero de la justicia ingresó firme y digno. Su presencia provocó una conmoción general. Habló con enorme valentía y no permitió que la querella lo avasallara. Su testimonio fue categórico.

Supe que al enterarse del fallo del jury, que confirmó la inocencia de mi padre y lo restituyó en su cargo de juez, celebró por el triunfo de la Justicia.

La última vez que lo vi fue la primavera pasada en Mar del Plata. Vino al juzgado federal a testificar otra vez a favor de mi padre, porque la lucha en los tribunales continúa. Allí, como en otras ocasiones, enfrentó las irreverencias de quienes no querían escuchar lo que él tenía para decir. Sin rodeos y con la convicción que tenía, reiteró todo lo que sabía.

Su partida nos duele. Se fue un hombre lleno de coraje y coherencia. Ahora es un símbolo que nos legó valores tan grandes como necesarios.

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