Un cambio ético

Por Alina Diaconú Para LA NACION
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13 de mayo de 2003  

Si observamos los hechos que han conmovido al mundo (y a nuestro país) en los últimos tiempos, parecería que lo que la humanidad está necesitando para su supervivencia es una verdadera regeneración ética.

La guerra en Irak, los fusilamientos en Cuba, la situación en la Argentina (desde el hambre creciente hasta la manipulación electoral, con votos pagos y bolsones de comida y, ahora, los saqueos entre los pobres inundados que están padeciendo el cataclismo de Santa Fe) nos hablan de un estado de cosas en el que, como dicen los franceses hay algo qui cloche , algo que no anda. O que anda muy, pero muy mal.

Una extraña moral (para no llamarla inmoralidad) parece estar en las cabezas de muchos gobernantes y gobernados.

Si uno está al día con la información internacional, se encuentra llevado a pensar, de una manera maniquea, que hay autócratas buenos y autócratas malos, cuando en verdad para nuestra ética occidental cualquier despotismo debería ser condenable, aunque en algunos casos los autócratas hayan sido elegidos por sus propios pueblos.

Castro no puede ser mejor que Bush, ni Bush mejor que Saddam Hussein. Reconocer esto cuesta mucho, desde lo ideológico. Como costó mucho (décadas) reconocer que Stalin fue tan asesino como Hitler. Y que todas las matanzas son igualmente injustas y abominables. Si miramos las cosas que ocurren en nuestro maltrecho y castigado planeta -la obra de los hombres-, el panorama es desolador. ¿De qué nos sirven la tecnología y la globalización si no podemos evitar la destrucción del medio ambiente, las guerras, la corrupción y la hipocresía?

La ética pretende la realización de los individuos a través de los valores. Y los valores responden a esa conciencia moral (que Kant llamaba "la razón práctica") que no es otra cosa que la voz de la propia conciencia. Es esa sapiencia interna que nos dice: "Tenés que hacer el bien, no el mal". Que conoce los diez mandamientos sin haberlos leído.

Un paradigma triste

García Morente hablaba de la conciencia moral. Decía que ésta contiene principios en virtud de los cuales los hombres rigen su vida. Acomodamos nuestra conducta a esos principios y tenemos en ellos una base para formular juicios morales acerca de nosotros mismos y de cuanto nos rodea.

La ética pretende que el individuo sea perfecto. Y si esto es casi imposible, por lo menos se puede aspirar a estar en constante evolución. La involución ética en la cual estamos sumergidos es algo evidente.

Nuestro país es un triste paradigma. Nos estafan poderes económicos y políticos que suelen mentir, robar y traicionar.

En las últimas elecciones, varios millones de argentinos votaron pensando en la ética, en la verdad, en la justicia. Si bien fue notable, ese voto no fue el ganador. Pero quiere decir, sin embargo, que mucha gente está en esa búsqueda. Frente a poderes cínicos (que, como afirmaba Oscar Wilde, saben el precio de todo y el valor de nada), gran cantidad de personas anhela otra cosa: un cambio de mentalidad, una conducta, cualidades valiosas, cualidades valientes. Es decir, que valgan, que tengan valor, que representen valores éticos.

¿Qué hacer para que este cambio moral se produzca y se reproduzca?

Quizá, como en todas las cosas, empezar por casa, empezar por uno mismo. Comenzando por transformarse uno. Recordando que para que no haya robo, mentira, hipocresía, trampa por parte de los demás, nosotros podemos ser un ejemplo de honestidad, confiabilidad, sinceridad y transparencia, dispuestos a pagar el precio que esto puede conllevar.

Y si somos coherentes en nuestra conducta, intachables, tenemos todo el derecho del mundo a exigirle lo mismo al otro. Si no, ¿con qué cara lo hacemos, con qué autoridad?

En ese sentido, es lo mismo quedarse con un vuelto de centavos que cobrar una coima millonaria. El mal más pequeño engendra el mal mayor.

Para corroborarlo, no hay como ese famoso pensamiento zen que dice que cuando una mariposa aletea en China, un huracán se desata en el Caribe.

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