Un ciclo político que se cierra

Joaquín Morales Solá
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22 de octubre de 2000  

FERNANDO DE SANTIBAÑES le hizo, en el confuso y enredado final de su gestión, una contribución importante a la escritura de la historia. Ahora se sabe, con certeza, que no hubo casualidades ni malentendidos durante la crisis política que ya arrastró al vicepresidente de la Nación y a buena parte de los colaboradores presidenciales.

Fernando de la Rúa y Carlos Alvarez se dicen palabras afectuosas en público y hasta han actuado -y actuarán- como viejos aliados para resolver problemas del Estado. De hecho, los diputados radicales y frepasistas dieron, el jueves último, la primera y mejor prueba de gobernabilidad cuando aprobaron la ley de emergencia económica.

Pero hay algo que parece definitivamente roto en la relación personal entre el Presidente y el ex vicepresidente.

Las vísperas fueron decisivas. Muy pocos conocen la furia que envolvió al Presidente durante las reiteradas exposiciones mediáticas de quien era entonces su vicepresidente; De la Rúa estaba fuera del país y Alvarez, a cargo del gobierno, espoleaba la crisis por los presuntos sobornos en el Senado. Alrededor del Presidente se creyó entonces que Alvarez se proponía disputarle el poder a De la Rúa; es posible que éste haya creído también en esa versión.

En la otra orilla, Alvarez no está mejor: sospechó siempre que los cambios del gabinete se hicieron con el objetivo de limitarlo y de aislarlo a él dentro del gobierno aliancista.

Está seguro, por ejemplo, de que el plan que los consejeros derramaron en los oídos presidenciales consistía en que el delarruismo cooptara al ex ministro de Trabajo Alberto Flamarique y también a la actual ministra Graciela Fernández Meijide y al jefe capitalino Aníbal Ibarra.

No hay una sola confirmación de tales aseveraciones, pero diez días antes de esos cambios Santibañes sostenía entre íntimos que el nuevo gabinete debía contar con los siguientes ingredientes: un rotundo gesto de fortalecimiento del liderazgo del Presidente, la conservación de Flamarique muy cerca de De la Rúa y la disolución del ministerio de Infraestructura para consolidar el poder del ministro de Economía.

¿Acaso De la Rúa no caminó luego en esa exacta dirección? En el programa de televisión de Mariano Grondona, el ex jefe de la SIDE mostró, además, un profundo cuestionamiento político e ideológico contra Alvarez y contra Raúl Alfonsín.En las conversaciones reservadas, en cambio, Santibañes aceptaba la evolución política que había experimentado el ex vicepresidente, pero subrayaba que no estaba siendo acompañado por los militantes del Frepaso y que no se podía borrar, ante los mercados, el pasado progresista del ex vicepresidente. Los mercados preguntan si el poder lo tiene De la Rúa o si está en manos de Alfonsín y Alvarez, solía deslizar Santibañes. Agitaba así la sospecha en el desconfiado Presidente.

En la mañana del viernes, después de enterarse de las declaraciones públicas de Santibañes, Alfonsín levantó el teléfono y le dijo a Federico Storani una frase que resume la suspicacia de muchos radicales y frepasistas: Ahora ya no quedan dudas de que había un sector del gobierno trabajando para romper la Alianza, golpeó. De manera directa o indirecta, culpó en esa conversación a Santibañes y a Antonio de la Rúa (el hijo mayor del Presidente), y confesó que había entrado a dudar sobre la lealtad de Enrique Nosiglia (su viejo protegido) a la idea aliancista.

Santibañes es un economista esquemático, que -como cae de maduro y él mismo lo proclama- sabe muy poco de política. Pero sus consejos incidían en las decisiones del Presidente: ¿es culpa de Santibañes?

Resulta fácil demonizar a las personas cuando han caído de sus iridiscentes cargos, pero no hay entorno que se construya contra los deseos de ningún presidente. Las fórmulas directas y simples de Santibañes encandilaron siempre a De la Rúa; la política es, sin embargo, más compleja.

El costo político para De la Rúa pudo ser mucho menor si se hubiera desprendido de su entrañable amigo cuando amaneció la crisis. Tal vez hasta hubiera evitado la incipiente campaña de sus adversarios (atizada por la parálisis de la economía), que ya lo colocan frente la decisión ingrata de adelantar la entrega del poder; han meneado en los últimos días las normas sobre acefalía presidencial o el adelantamiento de las elecciones presidenciales. El Presidente sabe que de tales climas no se vuelve fácilmente.

El viernes 13 de septiembre, Santibañes hizo, quizá, la última gestión secreta en nombre de De la Rúa. En la noche de ese día comió con Domingo Cavallo, a quien un movimiento empresario, indefinido aún, trata de incorporar al gobierno.

El proyecto no implica el relevo de Machinea de la conducción económica, aunque un arreglo con Cavallo (y la eventual presencia de éste en algún lugar de la administración) colocaría al ministro más cerca de la renuncia que de su actual poltrona.

Hubo otros emisarios -más secretos- que conversaron esa posibilidad con De la Rúa, con Cavallo y con el propio Alvarez. Hablaron en representación de un grupo de empresarios tan importante como preocupado por la evolución de sus negocios.

La idea consistiría en crear un trípode conformado por el poder institucional (De la Rúa), la capacidad de convocatoria social (Alvarez) y la credibilidad en el establishment financiero y empresario nacional y extranjero (Cavallo).

Esa receta, dicen los creadores del bosquejo, sacaría rápidamente a la economía argentina de la larga meseta en la que está desde julio de 1998.

El Presidente ha dado en los últimos días muestras de cansancio por la condición irresuelta de la recesión económica. Para peor, los títulos argentinos cayeron y el riesgo país subió aún más en la última semana.

Las gestiones empresariales con Cavallo cuentan con el entusiasmo de los dos hijos del Presidente, que aconsejan con frecuencia al mandatario, y con cierta simpatía del jefe del Gabinete, Chrystian Colombo. Alvarez no es un adversario de Cavallo (y, por el contrario, el ex vicepresidente suele recordar con respeto al ex ministro), pero su partido es francamente anticavallista. La decisión pertenece sólo al Presidente, respondió Alvarez ante los sondeos por Cavallo. De la Rúa se limitó a valorar la actitud positiva del ex ministro frente a su administración.

Storani podría acompañar a Machinea en una salida del gobierno si por otra puerta ingresara Cavallo; al propio Frepaso le sería difícil permanecer en la administración y Alfonsín pasaría a militar en la oposición, lisa y llana. Esos espacios políticos escasos se ampliarían sólo si se profundizara la crisis de la economía.

Ellos se pueden quedar tranquilos: el propio Presidente le aseguró a esta columna que jamás hará nada que agravie o moleste a Machinea. Y, en efecto, Guillermo Francos, una de las primeras espadas del cavallismo, ha dicho que el ex ministro tuvo muchas conversaciones con hombres del oficialismo en los últimos tiempos, pero que nadie le ofreció nada en concreto.

La vía de Cavallo no es transitable aún. ¿Esperarán acaso De la Rúa y Machinea que se den las condiciones económicas y políticas para su regreso a la gloria? Uno y otro anunciaron que el gobierno tomará la iniciativa en los próximos días porque sencillamente ya no tienen otra salida para su laberinto.

La resucitación de Cavallo y la finitud de Santibañes hablaron también de una economía terca e inmóvil, petrificada en medio de la crisis política.

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