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Un código del espacio público

Por Martín Marcos Para La Nación
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21 de marzo de 2000  

LOS vacíos urbanos, que aquí vamos a llamar el espacio público, no son "lo que quedó sin construir", ni "lo que sobró" o "lo que quedó vacante" en una ciudad. Los espacios públicos son los que estructuran una ciudad, los que le dan carácter y personalidad, los que hacen una ciudad.

Si observamos las fotos de cualquier turista a la vuelta de un viaje, podremos apreciar que cuando ese observador nos muestra a París, Barcelona, Roma o Zurich lo que nos está mostrando es el espacio público de esas ciudades. La proporción será siempre de más de un 80 por ciento de imágenes al aire libre, en el espacio público, y alrededor de un 20 por ciento de interiores.

La imagen que guardamos de una ciudad es su espacio público, son sus calles, avenidas, plazas, parques, fachadas de edificios significativos, esculturas, fuentes, ferias al aire libre, espectáculos callejeros... Cuando decimos que tal ciudad es sucia, no estamos diciendo que sus cocinas son sucias o que no se barren bien los dormitorios: una ciudad es sucia cuando su espacio público no está limpio. Exactamente lo mismo cuando decimos que una ciudad nos gusta, que es amable con el peatón o que está armada para ser disfrutada: siempre estamos hablando del espacio público.

Cualquier catalán o parisino estará orgulloso de su ciudad por sentirse parte activa de ella, protagonista del hecho urbano. En Oviedo, capital del principado de Asturias, un bien diseñado y ubicado papelero en cada esquina nos dice: "La ciudad más limpia no es la que más se barre, sino la que menos se ensucia". Sin lugar a dudas, los principales custodios del espacio público son los ciudadanos, todos sin excepción.

Normas dispersas y desactualizadas

¿Cuáles son los elementos estructurales del espacio público urbano? El mobiliario, los pisos y veredas, la publicidad y las marquesinas, la iluminación, las fachadas de los edificios, el arbolado, el sonido o los ruidos, la limpieza y la calidad del aire. Estos elementos pueden analizarse en cuanto a distintas variables: sus dimensiones, la calidad de los materiales, el diseño, lo prohibido y lo permitido, dónde va cada cosa, qué puede ir aquí pero no allá, etcétera.

Todas estas variables tienen que ser reguladas desde la lógica del interés común, o sea, desde el Estado, y estas regulaciones deben constituir una normativa que, en cualquier ciudad importante del mundo, se llama Código del Espacio Público. Un código que deberá reunir, en nuestro caso, lo que hoy es un conjunto de normas dispersas, desactualizadas e incongruentes en una sola herramienta con un único y jerarquizado órgano de aplicación.

Buenos Aires tuvo durante la primera mitad de este siglo, un gran cuidado por el espacio público. Un testimonio de esto es la exposición "Buenos Aires 1910. Memorias del porvenir", que pudo verse hace unos meses en el Abasto. De aquella época y de aquel cuidado por lo público, nuestra ciudad se ganó la calificación, hoy absolutamente olvidada, de "la ciudad más limpia del mundo". Buenos Aires fue "la París del Sur"; "la reina del Plata", que seducía y admiraba a cualquier visitante. ¡Cómo no admirar una ciudad que en menos de tres décadas inauguró los subterráneos, la Avenida de Mayo, la plaza y el edificio del Congreso, abrió las diagonales, construyó la Costanera Sur, los parques y lagos de Palermo, el Rosedal, el Monumento de los Españoles, la plaza San Martín, la plaza Carlos Pellegrini, la avenida 9 de Julio, el Obelisco, y colocó en sus plazas los mejores ejemplos de la estatuaria urbana!

Alguien podrá decir que eran otras épocas, que Buenos Aires era una ciudad rica. Buenos Aires sigue siendo una ciudad rica, cualquier indicador macroeconómico así lo demuestra, pero tengo la sensación de que el problema está en otro lado. Veamos sólo dos ejemplos.

Las veredas de Buenos Aires se han transformado en un imposible catálogo de males urbanos: postes de publicidad, de televisión por cable y de iluminación; paradas de colectivos por todos lados, de cualquier forma, material y dimensiones; canteros y maceteros puestos y diseñados según la imaginación de cada frentista; pizarras con ofertas que no dejan caminar; floristas y diarieros que nos "permiten" caminar por pasadizos de cincuenta centímetros; empresas de servicios públicos que rompen y después "arreglan" de cualquier manera... Todo esto, en anchos de vereda que en el centro no llegan a dos metros.

Un compromiso militante

Las marquesinas de los locales comerciales son otra "joyita" de este catálogo de la anticiudad. En la absurda guerra de "quiero que mi producto se vea má, las marquesinas de una cuadra entran rápidamente en la lógica de "a ver quién la construye más grande". Por supuesto, todos pierden, porque en la selva de mensajes publicitarios nada se ve, y la violenta polución visual agrega algunos grados más de estrés al desprotegido ciudadano.

El gobierno porteño ha encarado en los últimos años una serie de programas que tienden a recuperar y jerarquizar el espacio público, pero la ciudad toda necesita un acuerdo estratégico que dé prioridad a estas políticas y las respalde, para acortar los tiempos y producir rápidamente acciones en ordenar y regular la publicidad, invertir en mobiliario urbano de primer nivel internacional, ampliar veredas y zonas peatonales, producir toda la obra pública con materiales nobles pensados y colocados para los próximos cincuenta años y no para veinticuatro meses, una agresiva política de arbolado urbano que estudie y diagnostique qué especie hay que plantar en cada sector respetando los diseños originales, un fuerte control de auditoría sobre las empresas de servicios que actúan en el espacio público y, fundamentalmente, una sostenida labor docente sobre los ciudadanos, desde la escuela primaria, que difunda y concientice sobre estos temas.

La defensa y el mejoramiento del espacio público es una de las causas más nobles que se pueden abrazar. Quienes crean en ella deben transformarse en militantes comprometidos, ya que se trata de una lucha difícil y desigual. Por eso, un código del espacio público serio y participativo es un instrumento muy potente que la ciudad necesita para alcanzar estos fines.

El arquitecto Martín Marcos es docente de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo de la UBA y director del Centro Cultural Rector Ricardo Rojas.

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