Un crimen nunca resuelto

En La Profanación (Sudamericana), Juan Carlos Iglesias y Claudio Negrete investigan el robo de las manos de Perón
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30 de junio de 2002  

La historia del cadáver de Perón profanado comenzó cuando el sobrino político del ex presidente fue a visitar la bóveda. Roberto García solía ir a la Chacarita para comprobar si todo estaba en orden, una tarea que compartía con su concuñado, Osvaldo Ramón Rodríguez, casado con Alicia Dora Perón, la otra hija de Mario Perón. Como todos los meses, García fue al cementerio para limpiar el mausoleo. Aquel 29 de junio repitió la ceremonia de costumbre, abrir la pesada puerta, volver a oler el encierro y las flores secas, meterse en ese mundo sin tiempo y a la vez tan íntimo.

Algo raro percibió en la penumbra de la bóveda. Lo sorprendió encontrar cruzada en el altar una escalerilla de hierro portátil. Los tres floreros estaban volcados además de los candelabros y los ornamentos. Al mirar hacia la cúpula de la bóveda, comprobó que la reja superior estaba colgando, las grampas se veían forzadas, los vidrios rotos y esparcidos por todos lados. Bajó al primer subsuelo y vio azorado que el vidrio blindado, por donde se podía ver el féretro de Perón, tenía un agujero de unos veinticinco centímetros con sus bordes oscuros que, a primera vista, parecían haber sido marcados por fuego. No estaban la bandera nacional de ceremonia, ni la gorra del general ni el sable que reposaba sobre el cajón. También faltaba un poema manuscrito firmado por Isabel, dedicado a la memoria de su esposo, y que había sido puesto allí en 1983. Impactado por la violación de la bóveda, de inmediato se dirigió a la comisaría 29 para hacer la denuncia policial. Y empezó a correr el rumor cierto de que habían violado la tumba del general Perón.

A las 7 de la mañana del martes 30 de junio el doctor Jaime Far Suau, a cargo del Juzgado de Instrucción Nº 27, entró en su despacho con la espantosa novedad. Hasta ese momento los diarios y las radios se ocupaban de otros temas: una mujer que había ganado un millón de dólares en el Prode, el viaje del presidente Alfonsín a Houston y la participación de la selección argentina de fútbol en la Copa América. La preocupación era Diego Maradona, que tenía anginas y no podía intervenir en las prácticas previas al partido contra Ecuador.

Para la sociedad era un día normal. Pero para el juez fue el primero de una historia angustiante. La primera orden fue hacia sus dos secretarios, los doctores Daniel Emilio Parodi y Gustavo Bobio. Debían encargarse del operativo para que ese mismo día se hiciera la inspección en el cementerio con la presencia de dos médicos legistas, un equipo de peritos y un experto en ataúdes. Se comunicó de inmediato con el comisario Carlos Zunino, jefe de la comisaría 29, y le dio la orden de que iniciara los trabajos una vez que el cementerio hubiera cerrado sus puertas al público, aproximadamente a las 6 de la tarde, para evitar así que la noticia trascendiera. Poco después de las cinco, dos patrulleros montaron guardia en la puerta de la necrópolis. Llegaron los familiares de Perón; representantes y colaboradores del magistrado, el superintendente de Interior de la Policía Federal, comisario José Scopa, y el jefe de la fuerza, comisario general Juan Angel Pirker. Nadie quería hablar. Sólo el ruido de los grupos electrógenos contrastaba con el silencio penetrante del lugar.

Far Suau fue ganado por una angustia que le invadió el cuerpo como una tromba. Un escozor recorrió sus nervios, dio vuelta por la cabeza, cerró la garganta y lo desarmó. No había más incógnitas, sospechas o palabras ante esa realidad. El juez lloró en medio del silencio y la semioscuridad. El viejo general había sido mutilado sin piedad y estaba ahí frente a sus ojos, sin intermediarios. Al juez le aparecieron como un rayo aquellas imágenes del encuentro que había tenido con Perón durante su exilio español. A principios de los años 70, siendo un joven abogado, acompañó a un amigo hasta la quinta 17 de Octubre, en Madrid, para conocer al caudillo que seguía siendo el gran protagonista de la vida política argentina. Escuchó con atención el largo monólogo, esa retórica imparable que solía practicar con sus visitas hablando de historia, política y anécdotas del poder. Y después recibió de su mano una foto autografiada que guardó como un trofeo irrepetible. Pero ahora, quince años más tarde, la sensación era otra, contradictoria con su memoria. El cuerpo de Perón, el hombre que los había marcado por décadas, estaba frente a ellos en un juego raro del destino, como si el tiempo no hubiese pasado. Estaba igual que en aquellos días de julio de 1974, cuando el país se había enmudecido viendo por televisión al ilustre muerto en el cajón y transformado en una gigantesca casa mortuoria. El recuerdo de lo que había sido invadió las mentes de todos los que estaban apiñados en esa diminuta bóveda para comprobar lo que, hasta ese momento, era una verdad a medias, aunque siniestra. Allí estaba luciendo otra vez sus galas de teniente general con colores azules, rojos y dorados, y la banda presidencial cruzada en su pecho unida al cinturón. Pero ese instante, que pareció durar una eternidad, se rompió cuando las miradas absortas vieron que era un cadáver sin manos. (...) Far Suau empezó a sentir esa angustia apenas bajó la estrecha escalera caracol de mármol blanco que conduce a los subsuelos de la bóveda. Tres urnas estaban colocadas sobre una estantería al lado de la escalera, las viejas fotos familiares y las distintas placas recordatorias, aparentemente no habían sido tocadas. El presagio de lo peor apareció cuando comprobó que el vidrio blindado tenía alrededor de veinte golpes y un agujero en la parte central. Después abrió las cuatro cerraduras de triple combinación del nicho blindado y, cuando eran las nueve y media de la noche, comenzó la apertura de la carcasa del ataúd. A primera vista dio la impresión de que el ataúd estaba cerrado, aunque se comprobó de inmediato que también había sido agujereado.

La maniobra para retirar el cajón de madera del tipo presidencial no fue fácil. El Blindex parecía infranqueable. Los técnicos constataron que los profanadores debieron realizar un gran esfuerzo para remover el vidrio de protección. Además habían roto el mecanismo de los cerrojos, probablemente con palancas, para dar la impresión de que la única forma de acceder a Perón era haciendo un boquete. Los colaboradores de Far Suau debieron retirar por completo el marco metálico con el Blindex. Finalmente, lograron sacar el ataúd y lo apoyaron en dos caballetes. El cuerpo estaba dentro de un cofre de cobre sellado con estaño. Abrieron la tapa de madera, pero les fue imposible desoldar la parte posterior del interior de metal. No tenían espacio para poder trabajar; en un costado se veía el orificio hecho por los profanadores, irregularmente ovalado, de unos treinta centímetros de diámetro en su parte mayor y con sus bordes desflecados hacia afuera. La primera impresión de los médicos forenses fue que las manos pudieron haber sido cortadas con una hoja de sierra o con una sierra eléctrica de mucha precisión.

Far Suau prefirió no manosear el cadáver, ni darlo vuelta, ni sacarlo para revisarlo, y evitó moverlo para comprobar si había sido violado en otras partes. Sólo se animó, con ayuda de quienes lo acompañaban, a desabrochar el pantalón de Perón, bajarlo con sumo cuidado hasta donde pudieran comprobar que sus genitales estuvieran completos y que no hubiesen sido mutilados, un rito de venganza que suelen practicar muchas logias esotéricas.

Finalmente, se acomodó todo nuevamente, se puso la bandera argentina a los pies de Perón y se cerró el cajón. El magistrado hizo tomar fotos de todo lo realizado, escenas que jamás olvidó; y decidió quedarse con las llaves del Blindex de seguridad. Había sido un día difícil. Terminaron de cerrar por completo la tapa metálica del cajón, se guardaron partículas de la piel de Perón que habían quedado sueltas en el ataúd para determinar la fecha exacta en que las manos fueron seccionadas. Se realizó una pericia tanatológica para determinar el estado de momificación de los tejidos, en especial en la zona de la amputación. Querían saber el estado de los muñones, si estaban arcillosos, porosos o húmedos ya sea por el tiempo transcurrido, la momificación o su posible descomposición natural. También se sacaron radiografías para establecer cómo estaban los huesos, su tamaño, porosidad y conservación, y se hicieron peritajes en la Chacarita para detectar si había huellas digitales. Habían empezado a las seis y cuarenta de la tarde y terminado a las once y media de la noche de ese 30 de junio. Se firmó el acta judicial que llevó como fecha el 1º de julio de 1987. La bóveda quedó clausurada.

Pero la operación política de la profanación del cuerpo del general Perón había comenzado mucho antes de ese fatídico 1º de julio. De acuerdo con lo que informaron los propios profanadores, las manos fueron amputadas el diez del mismo mes. Por lo menos así lo dieron a conocer en las tres cartas que enviaron a prominentes dirigentes peronistas. El viernes 26 de junio se encontró en un buzón de la Casa de Catamarca, en avenida Córdoba 2080, una de las tres misivas escritas por los profanadores y dirigida al entonces titular del Partido Justicialista, Vicente Leónidas Saadi. (...)

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