Un día en Venecia

Por Rodolfo Rabanal
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24 de agosto de 2000  

El poeta Joseph Brodsky designó a Venecia como la ciudad del ojo, debido al predominio del agua que cautiva la mirada y la educa, poco menos que en detrimento de los otros sentidos.

Brodsky, que abandonó Rusia en 1972 y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1987, murió hace menos de un lustro en Nueva York cuando tenía 55 años y es probable que haya expresado la voluntad de que sus restos reposaran en Venecia ya que, de hecho, así ocurrió y hoy se puede visitar su tumba en el cementerio de San Michele, una isla de fúnebre prestigio por la que se pasa inevitablemente cuando se va o se viene de Murano. La veneración que Brodsky profesó por Venecia está documentada en un pequeño libro perfecto que se llama "La marca de agua", homenaje en prosa a las puntuales visitas que, cada enero, el poeta hacía a la ciudad de los canales y de los palazzos .

En mayo de este año estuve en Venecia y, eventualmente, me acordé de Brodsky y de los tantos otros poetas que, ya fuese de manera temporaria o permanente, residieron en la pretérita República Serenísima atraídos por una fascinación que no los abandonó nunca y que no dejaron de reflejar en sus obras. Ese mismo mes Brodsky habría cumplido 60 años y casi seguramente los hubiera celebrado en Venecia. Por eso, sus amigos y un grupo de gente ligada de algún modo al poeta y a la poesía viajaron hasta el cementerio amurallado de San Michele y rindieron homenaje en su memoria. Hasta hubo un brindis y un equipo de la televisión registrando la escena. Curiosamente, pasé frente al muelle de San Michele ese día, o un día después o quizás un día antes ignorando, hasta ese momento, que allí estaba la tumba de Brodsky.

Pensaba más bien en las de Stravinsky y Diaghilev, otros dos rusos célebres que allí descansan.

Pero Venecia, como Brodsky muy bien sabía, es un lugar para perderse, es un lugar sin Norte, "sólo hecho de costados" y callejones imposibles que llevan a la distracción permanente o a la conjetura que provoca la luminosa impertinencia de un color en un muro y su correspondiente reflejo en el agua verde.

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