Un diletante profesional

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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24 de diciembre de 2018  

En la historia de una ciudad o de un país, hay personas cuyas existencias habrían caído en el olvido de no ser por un encuentro casi fortuito. Llegaron a ser personajes conocidos, poco menos que inmortales, porque un escritor, un artista o un cineasta los menciona brevemente con el nombre verdadero o el apodo en algunas de sus obras, diarios o cartas. Por ejemplo, José Bianco, el novelista de La pérdida del reino, evoca en Epistolario, que incluye anotaciones de su Diario, a Francisco Murature, hoy casi una sombra desconocida.

Sin embargo, Pancho, como todos los llamaban, fue uno de los animadores de la vida social porteña e internacional desde la década de 1930 casi hasta su fallecimiento, en la década de 1980. Lo encontraron muerto en la bañera de su departamento de la calle Gelly Obes.

Era soltero, vivía solo. Había quedado huérfano en la adolescencia, heredó lo suficiente para no trabajar nunca y, en la década de 1930, se fue a Hollywood a conocer estrellas y a Europa, para ver museos y conectarse con la café society.

No tenía profesión, o quizá sí: era un diletante profesional. Un hombre oxímoron. Siempre fue irresistiblemente simpático.

Como decía de él, con cierta ingenuidad, una elegante señora francesa antes de la Segunda Guerra Mundial: "No conozco una persona menos orgullosa. Él puede ir manejando en su automóvil, ve un marinero, para el automóvil, lo hace subir y se pasa toda la noche con el marinero tomando cerveza. En los hoteles, con las únicas personas con quienes fraterniza es con los ascensoristas. ¡Si hubiera muchos Panchos, no habría comunismo!".

Era de una inteligencia agudísima y de un formidable sentido del humor. Se pasaba el año viajando por iniciativa propia o por invitaciones de millonarias que no podían prescindir de su ingenio y le pagaban meses en las lujosísimas Towers del Waldorf Astoria.

Pancho decía que todo lo que sabía lo había aprendido en la revista Vogue. Por supuesto, se trataba de una boutade. Era un autodidacta de una cultura más bien excéntrica, pero que conocía a los clásicos. Tenía un olfato asombroso e infalible para detectar la calidad y distinguir lo falso de lo auténtico a simple vista.

A fines de la década de 1970 o principios de la de 1980, adquirió en una subasta del Banco Ciudad una cabeza de mármol, de autor desconocido, quizá de principios del siglo XIX, por la que pagó una modesta suma. Lo acompañaba un amigo al que le comentó en voz baja: "Eso es un Canova".

"Eso" era de verdad una obra del gran escultor neoclásico italiano. La vendió algún tiempo después por cientos de miles de dólares.

Pancho llegó a tener cierta amistad con Greta Garbo, una verdadera leyenda, a la que invitó una noche a comer en su departamento de Nueva York para presentarle a un grupo de amigas argentinas. Éstas llegaron antes de "la Divina". Pancho las miró con espanto: todas tenían el mismo maquillaje, corte de pelo y peinado de Garbo en una película recientemente estrenada. El anfitrión arrastró a las argentinas al baño y, a toda velocidad, les hizo lavar la cara y les cambió la coiffure.

En cierta ocasión, Pancho me dijo de un modo irónico, pero que revelaba frustración: "Los que trabajan no saben lo difícil que es no tener necesidad de hacerlo. Porque la gente interesante, creativa, con una vocación, viva de verdad, trabaja doce, quince horas diarias. Los que no lo hacemos no tenemos más remedio que cumplir el mismo horario pero sin hacer nada, matando el tiempo, a la espera de ellos. Del trabajo conozco el relato".

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