Un domingo de sol en el Gran Buenos Aires

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
Bombos y tambores se han instalado en el centro del silencio dominical con un mensaje claro: ¡Aquí estamos!
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15 de mayo de 2012  • 01:54

La mañana invernal amaneció oscura y fría. Pero hacia las 11, se disiparon las nubes y, sobre el mediodía, estalló un sol espléndido que atravesaba el aire limpio y transparente.

Se iniciaron entonces, perezosamente, los ruidos de un domingo en el Gran Buenos Aires.

En la casa quinta, un hombre dispone los trozos de carbón en la parrilla, con dos o tres piñas en el centro para encender el fuego. Sobre la mesa de madera del quincho, ya se encuentran las tiras de asado saladas, una botella de vino abierta y un vaso.

En el potrerito se escuchan algunos lejanos gritos de "gol" o "pasala" o "¡penal, penal!".

En la barriada obrera, a 200 metros de la zona de quintas, el albañil sorbe lentamente su mate. La patrona hierve agua para los fideos. Finalmente, después de trabajar 10 horas diarias de lunes a sábado, ha llegado el ansiado domingo. Será la ocasión de una larga siesta, escuchar el partido por radio, dar una vuelta por la plaza mientras aún hay luz de día y la calle no se ha tornado peligrosa.

Los noviecitos, adolescentes, intercambian mensajes por el celular, acomodando una cita para besarse en algún sitio tranquilo.

En fin, está sucediendo lo normal en el día de los momentos felices. Cada uno en lo suyo, sin un reloj que presiona y angustia.

De pronto, se rompe el silencio y arrancan los bombos.

BUM-BUM-BUM

Son cuatro muchachos que, en una plaza semejante a un terreno baldío mejorado, aporrean fervorosamente dos bombos, un tambor y un redoblante. Con toda el alma.

En la barriada de casitas obreras, el compás abrumador apenas altera la rutina. De cualquier modo, son pocos los días de sosiego en una vivienda humilde rodeada de vecinos ruidosos. Ya se sabe: en la casa del pobre escasean las alegrías y abundan los inconvenientes. En las casas quintas de clase media, los habitantes se miran atónitos y chequean sus relojes: son las 13 horas. La gente se pregunta si este batifondo impresionante durará toda la tarde, atravesando el almuerzo y la siesta, por ejemplo hasta las 18 pm. ¡Efectivamente, así será!

BUM-BUM-BUM

Algunas personas que tienen familiares enfermos o bebes de pecho se acercan al potrerito para preguntar a los percusionistas cuánto durará el "concierto", pero no obtienen respuesta. Entonces imploran un rato de silencio para que descansen los enfermos y los lactantes. Nada.

BUM-BUM-BUM

Este drama involucra a todos los habitantes del GBA, salvo la clase alta. En efecto: los ricos están lejos, en los pocos, inmensos countries selectos, rodeados de muros espesos y muy bien custodiados. Allí no llega ningún ruido. Nadie molesta.

Sólo las quintas de fin de semana, las casas con jardín, las viviendas obreras y las modestas casas de barrio, sobre las calles de asfalto, padecen el asedio.

El sonido de los tambores no corresponde a lo que podríamos llamar "música". Es el redoble que acompaña un ataque de infantería militar, o el fusilamiento de un pobre condenado. Por lo tanto, encierra una amenaza y genera angustia.

Bombos y tambores se han instalado en el centro del silencio dominical con un mensaje claro: ¡Aquí estamos! ¡Ya nadie podrá descansar, ya nadie podrá dormir, ya nadie podrá vivir, porque nosotros somos más fuertes! Es la cultura del aguante, el espíritu de barra brava que ha invadido lentamente el rock, las canchas de fútbol, los partidos políticos, las cuadras concurridas durante la noche y patrulladas por mil "trapitos" que duermen allí, en la misma calle. Se trata de pedir y amenazar, apretar, exigir, llorar, golpear, abrumar, aturdir. Todo lo que hace la barra brava.

Hay que arreglar con ellos, porque si no, no existen sábados ni domingos, clubes ni restaurantes, noches alegres ni días felices. Arreglar.

Si no hay arreglo, gritarán que son pobres, que los demás son egoístas, que la policía los maltrata, que los gobiernos los olvidan, y procederán al incendio, la paliza o el prolijo rayado de los autos estacionados. Con una torva mirada de ruego y amenaza.

Por algo el ladrón, cuando roba una casa, se ocupa siempre de hacer sus necesidades en medio del living. Para que los propietarios, al volver de donde sea, encuentren su fortuna saqueada, su intimidad invadida y un mensaje de odio instalado en plena casa. El mensaje dice: "Esto sos vos. ¡Comételo!".

BUM-BUM-BUM

Los vecinos, exhaustos, cuando ya llevan dos horas de ruido infernal, se deciden a hacer algo.

- ¡Llamá al nueve once!- dice la señora con su siesta sin dormir.

- Para qué – responde el marido –Me piden mi nombre, mi dirección, mi número de DNI, después vienen a casa y, cuando se deciden, ya es de noche y los bombos se fueron a su casa...

BUM-BUM-BUM

Los cuatro muchachos siguen aporreando sus parches, y cada tanto se gritan el uno al otro:

- ¡Aguante, carajo, aguante!

Porque, en el fondo de sus almas, se sienten héroes de una resistencia. La vieja lucha de los resentidos contra los que tienen paz, los que tienen trabajo, los que tienen familia, los que quieren a la gente, los que tienen eso tan aborrecible que algunos llaman "éxito".

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